Postales del sacerdocio laico jueves, 17 de noviembre de 2016























—Nos comimos el cortejo de Néstor.
La voz al otro lado de la línea sonaba seca, culposa. La frase era enigmática, pero si algo había aprendido en estos meses era que viniendo de quien venía —uno de los editores de Política de Página/12— no podía sino significar una cosa: que me iban a mandar a cubrir algo de emergencia.
Era viernes al mediodía y lo que nadie en el diario había previsto era que alguien (ahora se sabía que ese alguien era yo, en mi carácter de pasante todoterreno) iba a tener que asistir a los cortejos fúnebres de despedida al ex presidente Néstor Kirchner, muerto dos días antes de un paro cardíaco en su residencia de El Calafate.
Corté la llamada, salí de la sucursal del banco en el conurbano a la que había entrado minutos antes y me organicé para llegar, en tiempo récord, a la explanada de Casa Rosada. Lo que siguió fue un curso acelerado del arte de la crónica. Un literal “poner el cuerpo”. Me abrí paso a los empujones, tomé notas en una libreta del tamaño de una tarjeta de presentación y entrevisté a diez, doce personas con un viejo grabador Sony de cassette mientras caminaba —trotaba— detrás del Volkswagen gris en el que viajaba Cristina Fernández. En el medio se había largado a llover de lo lindo. Recuerdo correr empapado por la 9 de Julio detrás del coche negro que llevaba los restos de Kirchner y que —cábala tonta, deseo bobito de ser parte de la Historia con mayúscula— alcancé a tocar el auto. Llegué a la redacción exhausto y empapado, y escribí la nota sentado en mi computadora con DOS, incubando una neumonía que subía desde mis medias mojadas.

***

El grabador Sony fue una compra de emergencia en San Juan, ciudad a la que me había mandado el diario para cubrir un Congreso Internacional de Ciencia Política. El evento consistía en una serie de conferencias y paneles liderados por una serie de politólogos, algunos marxistas lacanianos y Ernesto Laclau. Mi misión (siempre importante para un pasante cumplir con estos objetivos casi imposibles) era conseguir una entrevista con Laclau, sin más referencias que los días que iba a estar en la provincia y sin más herramientas que un pasaje de avión y un par de noches pagas en un hotel venido a menos, con wi-fi tirando a nulo, que quedaba bien lejos del Centro de Convenciones.
Luego de bancarme un panel sobre política y psicoanálisis en la Facultad de Ciencias Sociales, conseguí el teléfono de alguien que me consiguió el teléfono de alguien que “escoltaba” a Laclau en su visita. Tras stalkearlo a la salida de otra charla, me presenté y quedé en acompañarlo al hotel para la famosa entrevista.
Volvíamos en un auto rojo junto a Laclau y su esposa Chantal Mouffe, cuando el autor de La razón populista comentó que Néstor Kirchner, y no él, iba a cerrar el acto de su honoris causa por la Universidad de San Juan. “Mejor”, le respondió Mouffe, “eso significa que él va a quedarse a escuchar todo tu discurso”. No fue así: al día siguiente, Laclau recibió el diploma y los aplausos de Kirchner, pero al toque el ex presidente y la media docena de gobernadores que lo acompañaban (Gioja, Scioli, Urtubey, entre otros) se esfumaron, llevándose consigo al grueso de la militancia. ¿El resultado? Un público muy escaso —menos de un tercio de butacas ocupadas en el Auditorio Juan Victoria— escuchó el discurso del teórico del populismo. Meses después moriría Kirchner. Y años después, Laclau.

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Mi entrevista para entrar a Revista Debate duró menos de diez minutos.
Como no podía faltar a mi trabajo de entonces —era editor del portal MSN Chile y pasaba mis tardes cubriendo protestas frente al Palacio de La Moneda... desde Buenos Aires— me la agendé en mi horario de almuerzo. Llegué transpirado: el viaje relámpago en la línea B me dejó a cinco cuadras de la redacción, distancia que cubrí trotando porque se me había hecho tarde. (Las escalas más bajas de la cadena alimenticia laboral en periodismo son, ante todo, un desafío físico.) Llegué al séptimo piso del edificio de la revista, a la vuelta de Ministerio de Trabajo, y me recibió el dueño y director de la revista, Marcelo Capurro.
—¿Cómo anda el periodista joven más recomendado de Buenos Aires?
Viniendo de un periodista de raza como Capurro, una buena recomendación valía más que todos los CVs de la galaxia, por lo que aquella bienvenida me dio a entender que ya estaba casi adentro. Pregunté cuánto pagaban.
—Ya le digo exactamente lo que podemos ofrecer —respondió. Del bolsillo de su saco sacó un papelito arrugado y leyó su contenido en voz alta.
La cifra estaba más o menos bien. Además, parecía negocio cambiar portal generalista de Chile por revista de política argentina. Como último tirito, me despedí sugiriéndole que entrara a una página en la que había compilado mis mejores notas.
—No se moleste. Si le digo que voy a leerlas, le miento —me dijo, y hubo algo en su sinceridad que me gustó.

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Estuve algo más de un año y medio en Debate, en lo que fue mi regreso al horario de oficina (salvo los jueves, día de cierre, cuando salíamos cerca de las once de la noche). Resigné calle pero aproveché la oportunidad para perfeccionar el fino arte de la entrevista. Le pregunté a Federico Pinedo qué planeaba hacer el PRO para llegar al gobierno, objetivo que allá por 2012 parecía muy lejano (“parto de la base de que tenemos que construir alternativas realistas, y veo tanto a Scioli como a Massa dentro del kirchnerismo,” me dijo el futuro presidente de transición); conseguí la primera entrevista a fondo con José María Arancedo, el sucesor de Bergoglio en el Episcopado, y aproveché para preguntarle si registraba que según el Conicet seis de cada diez argentinos se relacionan con Dios “por su propia cuenta”; entrevisté a Gabriela Michetti en su despacho en planta baja del Senado y le tuve que editar las puteadas. El hecho de que que todos y cada uno de esos reportajes fueran presenciales me permitió conocer cosas como el enojo de cierta diputada del PRO con las estridencias de Laura Alonso, la primera reacción de Juliana Di Tullio tras enterarse de la muerte de Iván Heyn o el fastidio de Felipe Solá porque Massa le derivaba reuniones con dirigentes provinciales de segunda.
En el medio me enteré de internas más pesadas, pero como me dijo Santiago O’Donnell en la primera entrevista que hice para Debate: “Todos los periodistas sabemos muchísimo más de lo que contamos. Nunca cuento todo lo que sé porque no me atrevo y no estoy dispuesto a pagar el costo.”

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A principios de 2013, mientras los sueldos de la revista empezaban a entrar tarde y en cuotas, junté todos mis ahorros y me fui de vacaciones a Europa (¿uno viaja por placer o para irse lejos de los problemas?). El white people problem fue el regreso al laburo: mi vuelo de vuelta se atrasó, la aerolínea me perdió todas las valijas menos la de mano, y llegué sobre el pucho el mismo día que tenia que entrevistar a Florencio Randazzo. Un reportaje que veníamos buscando desde hacía semanas.
Ese día me desperté a las tres de la mañana en un avión cruzando el Atlántico y me puse un documental de Queen en la pantallita del asiento delantero. Diez horas más tarde, entré a la redacción de Viamonte con lo puesto: la misma ropa con la que había embarcado décadas atrás en el Aeropuerto Charles de Gaulle y una mochila gris del tamaño de un Corsa llena de boludeces compradas en el exterior. Se acercaba la hora del reportaje, así que salí de emergencia a pedir un grabador y llegué con lo justo a la Rosada. Pasé la mochila por el control de seguridad, y tanto el policía como yo decidimos ignorar lo que iba mostrando la pantalla de rayos X: mi cepillo de dientes, cantidades ingentes de ropa interior usada y dos docenas de macarons parisinos. Después de esperar tres horas a Randazzo, que estaba en teleconferencia con China (como bien sabe cualquier movilero, la combinación entre frenesí y tiempos muertos es otra característica de las coberturas periodísticas), finalmente conseguí la entrevista con el ministro y le pregunté y repregunté por el soterramiento del Sarmiento. Para cuando salí de Balcarce 50, ya era casi medianoche.

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Laburar en un diario —en especial uno falto de personal— tiene pocos momentos estelares y mucho de trabajo duro, áspero, invisible. Esta lección, que ya había aprendido en mi época en Página/12, adquirió nuevos ribetes luego de que me contrataran en el Herald.
Cuarenta minutos para escribir una nota de página entera basada en un cable de ocho líneas; explicarle al lector ese tema que uno no maneja pero que de pronto se volvió importante y sobre el cual hay que dar algo ya; un intento contrarreloj a tres bandas para conseguir la versión del gobierno sobre un tema que a las siete de la tarde parece destinado a convertirse en la apertura del diario, pero que después termina reducido a un cuarto de página. Este fenómeno, moneda corriente en casi todas las redacciones del país ya bien entrado el siglo XXI, en el caso del Herald se intensifica por un detalle: sus periodistas escriben en inglés. Recuerdo aquel lunes lluvioso, en el que nos tocó escribir seis páginas en el idioma de Shakespeare entre tres personas (y por “páginas” me refiero al producto final, tal como llega al lector: cuatro notas en cada una, más fotos, epígrafes, recuadros, títulos, bajadas).
Una vez al año, un periodista veterano del Washington Post venía a la redacción a charlar con nosotros. Una vez al año, nos decía en su perfecto inglés americano: no puedo creer que una redacción así de pequeña logre sacar un diario todos los días.

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A todo esto, la empresa había dejado de hacer los aportes jubilatorios y de obra social. El pago de sueldos se hacía en el quinto o sexto día hábil del mes siguiente, y los rumores de cierre se convirtieron en moneda corriente en las charlas de redacción. Un día, suena el teléfono.
—Buenos Aires Herald.
—Buenas tardes. Llamaba para averiguar qué periodista iba a estar cubriendo la temporada en Punta del Este.
—Dame un segundo que te averiguo —risas en la redacción, auricular piadosamente cubierto—. Mirá, me parece que no vamos a estar mandando a nadie este año...

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De tanto en tanto, a todos en la redacción nos tocaba “jugar para Messi”, el periodista estrella que ese día metía una primicia o publicaba una investigación. El resto del tiempo, el rol de la sección Política se parecía más a la corrida desesperada de Mascherano en el minuto 92 para desviar la pelota con lo justo. La propia idea de división del trabajo nos era desconocida: desde subir la pila de diarios a la redacción hasta escribir las notas, plantar las páginas y manejar las redes sociales: todos hacíamos todo.
Cuando fui ascendido a editor (si bien nunca dejé de escribir desde las notas más importantes hasta los recuadros más insignificantes) mi trabajo consistió cada vez más en mejorar el trabajo de los demás, lograr que se luzcan, al tiempo que me borraba de la escena. No era un problema: a los periodistas de mi generación —atravesados por la precarización, la incertidumbre y las pésimas condiciones laborales— no les cuesta demasiado tragarse el orgullo. De hecho, ni siquiera es una decisión consciente. No hay tiempo ni recursos para hacer otra cosa.

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Cuatro meses costó que Eduardo Duhalde me diera la entrevista para el libro sobre el negocio del juego. Las excusas de su vocero iban cambiando cada semana. “No tuve tiempo de verlo”. “No está saliendo a hablar”. “Después de las elecciones”. Al final, la nunca bien ponderada amenaza del periodista (“bueno, muy bien, escribo que no quiso hablar”) da resultado y me confirman el reportaje para el 23 de diciembre al mediodía, en una oficina del microcentro.
Como no podía ser de otra manera, recibo el llamado mientras salgo junto a otras cuatrocientas personas de la estación Catedral del subte D. “Malas noticias. Vas a tener que ir a hacerla a Lomas”. Testarudo, acepto el cambio de último momento y me tomo un taxi a Lomas de Zamora que me sale un ojo de la cara.
Hace 36 grados a la sombra, no hay luz en la cuadra. Abre el guardia y me hace pasar al cuarto principal, donde me saludan dos de sus nietas (edades aproximadas: cuatro y seis años). La entrevista no sale tan bien —el hombre alega recordar poco, sobreactúa su ingenuidad—, las nenas entran al cuarto sosteniendo una bandeja con dos vasos de Coca fría. Me tengo que ir al diario y no hay chances de que el viaje de vuelta ocurra en transporte público. Mi novia me manda un mensaje, pregunta si está todo bien.
“Sí”, le contesto. “Duhalde me está pidiendo un remís”.

BAFICI 2016: Schneider vs. Bax domingo, 24 de abril de 2016

Schneider vs. Bax
de Alex van Warmerdam
con Tom Dewispelaere, Alex van Warmerdam y Maria Kraakman
Holanda, 2015, 96'

Una de asesinos a sueldo que, sin saberlo, son contratados por la misma persona para aniquilarse mutuamente. Esto ya se ha visto, ¿no? Sin embargo, el holandés van Warmerdam trata de llevarlo a terrenos menos conocidos, con resultados dispares. La parte slapstick es sólida, pero los caminos que van de la comedia al drama (y las subtramas que acompañan el argumento principal) no fluyen todo lo bien que deberían.

7 billies

BAFICI 2016: Bone Tomahawk

Bone Tomahawk
de S. Craig Zahler
con Kurt Russell, Patrick Wilson, Matthew Fox, Richard Jenkins y Lili Simmons
Estados Unidos, 2015, 132'

Nada menos que ¡dos! actores de la segunda temporada de Fargo (Patrick Wilson y Zahn McClarnon, aunque este útimo en un rol minúsculo) aparecen en el debut detrás de cámaras de S. Craig Zahler, un cuarentón que al parecer se devoró las películas de John Ford entre slasher y slasher de Wes Craven. El resultado es un horror western mejor que The Hateful Eight (que tiene sus méritos, pero no es momento ni lugar para ponerse a discutir a Tarantino), destinado a convertirse en película de culto en un futuro no muy lejajo. Los amantes del cine de John Carpenter necesitábamos ver una película así de buena con Kurt Russell.

8 billies

BAFICI 2016: Green Room sábado, 23 de abril de 2016

Green Room
de Jeremy Saulnier
con  Anton Yelchin, Imogen Poots, Alia Shawkat y Patrick Stewart
Estados Unidos, 2015, 94'

Por circunstancias del destino, una banda de jóvenes punks se ve obligada a tocar su set frente a un grupo de neonazis de Oregon. No bien terminado el recital, los muchachos -viendo cómo venía la mano- agarran la guita y enfilan para la salida... pero ya es demasiado tarde. Testigos involuntarios de un asesinato, de repente se encuentran encerrados en el cuarto verde del título y rodeados por una manga de skinheads psicóticos. A partir de ahí es todo tensión, y de la buena. Gran midnight movie.

8 billies

Próxima función: Sabado 23, 20 hs (Gaumont)

BAFICI 2016: Demon sábado, 16 de abril de 2016

Demon
de Marcin Wrona
con  Itay Tiran, Agnieszka Zulewska y Andrzej Grabowski
Polonia/Israel, 2015, 94'

Una boda polaca, la leyenda hebrea del dybbuk y vodka a borbotones: nada puede fallar. Con un presupuesto de dos millones de dólares, resulta difícil ubicar al tercer largometraje de Marcin Wrona en el estante de las películas "independientes". Estamos, más bien, frente a un cine de género diferente, con mucho de thriller psicológico, un toque sobrenatural y una dosis nada despreciable de humor negro (de frutilla, los personajes del cura y del ¿ex? alcohólico son memorables). Algo "epiloguista", es cierto, pero nadie nos quita lo bailado, ni a nosotros ni a los invitados a la fiesta, que por lo que se ve estaban mamadísimos.

7 billies

Próxima función: Domingo 17, 20.30 hs. (Village Caballito) | Entradas

Los 10 mejores libros de 2015 martes, 29 de diciembre de 2015
















A continuación, los mejores 10 libros editados en Argentina durante 2015.

Mención especial I:
Derechos Humanos ® / Santiago O'Donnell (Sudamericana). El título y el prólogo no le hacen justicia a un otrora buen laburo de investigación sobre la historia, las internas y las tensiones con el poder político del organismo de derechos humanos más prestigioso del país. Acá plasmé mis dudas en esta entrevista para el Herald.

Mención especial II.
De la concentración a la convergencia / Martín Becerra (Paidós). El especialista en medios más equilibrado de estas pampas le pasa revista a las políticas de medios en Argentina y la región. Su epílogo, "estado de la cuestión del periodismo", vale el precio de la entrada, y si no me creen lean esta muy buena cita.

10.
Massa. La biografía no autorizada / Diego Genoud (Sudamericana). Además de una mirada crítica sobre el ex Ucedé (con buenos capítulos sobre cómo opera con la prensa y su relación con el artista anteriormente conocido como Jorge Bergoglio) el libro es una excelente radiografía de Tigre más allá del Puerto de Frutos, el casino y las camaritas. Al final incluye una imperdible entrevista con Eduardo Constantini sobre narcos y Nordelta.

9.
Las guerras de Internet / Natalia Zuazo (Debate). Economía política aplicada a la red, o periodismo tecnológico más allá de las reseñas de las reseñas de gadgets. Con estilo croniquero, baja "la nube" de un hondazo y nos lleva de las narices al backstage de la red local, donde conocemos (por fin) las granjas de servidores o los cables submarinos de Las Toninas. Libro necesario en tiempos de celebración acrítica de "la magia de Internet". Acá mi entrevista con ella para el Herald.

8.
Cartas de la Wehrmacht / Marie Moutier (ed.) (Crítica). Casi cien cartas de soldados alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, publicadas en orden cronológico. Sus lectores podrán advertir cómo lo más extraordinario (las bombas, los ghettos, la crueldad, el dolor, las masacres) se une a lo más trivial (el "turismo de guerra", los momentos de aburrimiento, las críticas a los jefes), a veces en una misma carta, que podía estar dirigida a las esposas, madres, hermanas o hijos de aquellos que combatían en el frente.

7.
Born / María O'Donnell (Sudamericana). Tiene motivos de peso para haberse convertido en un best seller: aborda un episodio ganchero de una temática popular y lo narra como una película de suspenso. Un buen cronista, de esos que también investigaron "los setenta", señaló que hay capítulos enteros basados en una o dos fuentes de dudosa reputación ("Tata" Yofre, anyone?), lo que posiblemente sea cierto. Pero el plato fuerte del libro es otro: las entrevistas con Jorge Born sobre el rescate más caro de la historia, y es allí donde el libro cumple en su tarea de ayudar a completar la aparentemente saturada narrativa sobre esa década.

6.
Scioli Secreto / Pablo Ibáñez y Walter Schmidt (Sudamericana). Parece imposible entrarle a Daniel Osvaldo, un tipo que no tiene off, ejemplo cabal del WYSIWYG en el que se ha convertido la política argentina de candidatos conservadores salidos de universidades privadas y con relaciones más o menos utilitarias (parasitarias, en algunos casos) con el peronismo. Pero Ibáñez y Schmidt le encontraron al vuelta: le dedicaron años y paciencia al asunto, y el resultado es un libro muy entretenido, muy bien escrito sobre el presidente que no fue. Acá mi entrevista con el buen Pablo Ibañez.

5.
Open / Andre Agassi (Duomo). Adjudicarle este libro a Andre Agassi fue un abuso del marketing. La pluma detrás de este proyecto, y el que hace que Open se eleve por sobre el mar de biografías de estrellas deportivas escritas con los codos, es J. R. Moehringer, ganador del Pulitzer y autor de su propia biografía (The Tender Bar, que estoy promediando y promete). Agassi se abre como nunca antes -de ahí el juego de palabras del título- y cuenta detalles sobre sus adicciones, Brooke Shields, la fama, el tenis (interesante incluso para el que no es fan del deporte, como este servidor), la vida y todo lo demás. La parte sobre The Andre Agassi School for Kids Who Can't Play Tennis Good and Want to Do Other Stuff Good Too es media densa, aunque lo demás es brillante, y como digo, mérito del mejor ghost writer de la década.

4.
El impostor / Javier Cercas (Random House). La historia real de un impostor, el español Enric Marco Batlle, que durante décadas se hizo pasar por superviviente de los campos de concentración nazis. Tras una extensa investigación, el autor de Soldados de Salamina descubre que Marco también se había hecho pasar por antifranquista y mientras cuenta su historia se pregunta, en voz alta, por el Quijote (que también decidió, a los cincuenta años, que una gran historia de aventuras y valentía era mejor que vida gris que había llevado hasta el momento), por la verdad y la mentira y "la industria de la memoria". ¿No será que la izquierda está en declive, en parte, porque abrazó el papel de víctima que le dejaron los demás?

3.
Censores trabajando / Robert Darnton (Fondo de Cultura Económica). A menudo imaginamos al censor como un burócrata amargado que tacha párrafos a diestra y siniestra, algo así como un Edgardo Sorona, vicealmirante del Comfer. No obstante, y aún suponiendo que la caricatura se ajuste a determinados personajes, Robert Darnton cumple con su papel de eximio historiador al mostrarnos que esto no siempre fue así. Tras un repaso por la Francia de los Borbones, la India bajo dominio británico y los últimos años del gobierno comunista en Alemania Oriental, nuestro especialista concluye que, a menudo, el censor trabajaba junto a los autores, cumpliendo el rol que hoy se le adjudica a los editores modernos. El ida y vuelta no estaba exento de presiones, negociaciones y, sí, episodios de abierta censura, pero al terminar de leerlo uno tiene una visión mucho más acabada sobre el tema.

2.
Clarín. La era Magnetto / Martín Sivak (Planeta). Segundo volumen del opus de Sivak sobre la historia del Gran Diario Argentino que tiene, como frutilla del postre, la entrevista con uno de los hombres más poderosos del país. De la guerra de Malvinas ("el Clarín del '82 es un Clarín muy tramposo", cuenta Sivak en esta entrevista que le hice en julio) al apoyo abierto al gobierno de Néstor Kirchner, La era Magnetto es el retrato minucioso de un diario que vio pasar la hiperinflación, el menemismo, el gobierno de la Alianza (y un extenso período de gracia del que ningún presidente había gozado hasta el momento, veremos si Macri bate el récord), el interregno Duhalde y el mito de que Clarín licuó su deuda con la devaluación, el asesinato de Kosteki y Santillán, el ascenso del kirchnerismo, las ya famosas tapas negociadas con Alberto Fernández. El libro es también el relato de estos mismos hechos desde adentro de una redacción, con todas sus internas, agachadas, éxitos fugaces, el piloto automático de rutinas productivas y todo lo que los periodistas argentinos conocemos más que bien.

1.
Vaca Muerta / Alejandro Bercovich y Alejandro Rebossio (Planeta). ¿Cómo enganchar a la gente con un libro sobre el shale oil? Pensándolo como una buena película o, al menos, como un gran documental. De Texas a Añelo, y de Añelo al piso 30 de la torre de YPF en Puerto Madero, Vaca Muerta es, al mismo tiempo, una investigación periodística, un ensayo de economía política, un libro de divulgación y un storyboard pensado con personajes y conflictos. Por algún motivo nos gustan los libros escritos a cuatro manos, y la dupla Bercovich-Rebossio sacó uno de esos libros que, como el shale, requiren mucha inversión pero cuando sale, es oro (negro) puro.

Los mejores tweets de 2015 martes, 22 de diciembre de 2015

El año más cargado de noticias (y con devaluaciones más intensas) desde 2002 arrancó con Sergio Massa arriba en las encuestas, siguió con Daniel Scioli sintiéndose ganador y terminó con el ¿sorpresivo? triunfo de Mauricio Macri, que al cierre de esta edición aplicaba la primera etapa de su plan económico shock and awe, tal como resumíamos por acá.

Después, lo que sabemos: Charlie Hebdo, el FIFAgate, la marcha por #niunamenos, inundaciones en Córdoba y provincia de Buenos Aires, la muerte de Nisman, la apertura política (pero sobre todo comercial) de Cuba, el Panadero Díaz y el "tiraste gas, abandonaste" que culminó con River ganando la Libertadores y perdiendo el Mundial de Clubes, "el drama de los refugiados" (o el énfasis mediático por la llegada masiva a Europa de personas huyendo de sus países) así como su vinculación con el terrorismo modelo siglo XXI de ISIS, el atentado en Bataclán. El círculo rojo porteño cerraba el año con la declaración de la emergencia en seguridad y al ritmo de Gilda, mientras la etiqueta "prensa oficialista" cruzaba la grieta y se pegaba bien fuerte en el ex sector "independiente".

Este año el listado viene con yapa de previa: las cinco mejores frases políticas de 2015

5. "¿Durán Barba le regala una licuadora al dirigente de PRO que me insulta mejor?"
Martín Lousteau, antes de aceptar trabajar para el gobierno de Durán Barba, 11 de julio

4. "El único bono que conoce, es el de U2"
Aníbal Fernández sobre las críticas de Sergio Massa a las nuevas regulaciones de la CNV, 23 de septiembre

3. "Me encantaría ser Juan Carr, que es muy bueno, es realmente buenísimo. Siempre está buscando a un perrito, a una viejita que se perdió"
Miguel Ángel Pichetto, tras la derrota en las elecciones en Río Negro, 14 de junio

2. "No me hagan hablar mucho que a las 12 me convierto en calabaza"
Cristina Kirchner, 9 de diciembre

1. "A Eseverri lo mandamos a espiar, movió la ligustrina, lo vieron, entró a comer asado y no salió mas".
Felipe Solá sobre una de las últimas fugas en el massismo, 14 de junio

Como siempre, el criterio de selección es: tuits en español, redactados por argentinos, no famosos.
Recibimos sugerencias y recomendaciones en los comentarios.


























































































































































Citizen Kang miércoles, 28 de octubre de 2015




















Tal vez sea el cansancio de la campaña, pero desde esta posición no parece que el 22 de noviembre se vaya a jugar el futuro de la democracia popular (o de la República) en Argentina, sea quien gane las próximas elecciones presidenciales.

A pesar de estos años de "febrilidad estancada" (no existe mejor definición para los últimos cuarenta meses del kirchnerismo), colegas, amigos y conocidos han comprado una idea que dice más o menos así: si a partir de diciembre el Poder Ejecutivo queda en manos de la alianza PRO-UCR encabezada por Mauricio Macri descenderán sobre el país una serie de maldiciones, casi todas de índole económica.

Antes de entrar a diseccionar estos futuros planes, una pregunta: ¿Cuál es la alternativa que se le presenta a los votantes en este ballotage? Daniel Osvaldo Scioli, peronista tardío, gobernador saliente de la provincia de Buenos Aires y candidato por descarte de la presidenta Cristina Kirchner, quien no pudo, no quiso o no supo nombrar un sucesor que representara mejor los valores del movimiento político que encabeza.

No se trata solo de su gestion gris al frente de la provincia más poblada del país, ni de su dudoso historial en materia de derechos humanos, ni de los nombramientos cuestionables que propuso en todas las áreas sensibles de gobierno. En términos políticos, el sciolismo es una versión empeorada del kirchnerismo, que retiene todo lo malo y casi nada de lo bueno del partido político que le dio origen. (A tal punto que muchos de los que hoy lo apoyan desde el progresismo o la "izquierda peronista" se conforman con que su gestión no barra con los derechos sociales instalados durante los tres gobiernos Kirchner. Nadie habla de "profundizar" nada en 2016.)

Una posible excepción es el área económica. Pero incluso aceptando que el "equipo económico de Scioli" es mejor que "el equipo económico de Macri" -premisa a la que adhiero, con reservas-, no encuentro aquí una brutal oposición de modelos, como la que podía existir a fines de 2001 entre devaluadores y dolarizadores. El motivo es sencillo: el daño (económico) ya está hecho.

Los intentos, si acaso loables, de "incentivar el consumo" y "proteger a la industria" en un contexto donde el gobierno nacional propuso "vivir con lo nuestro" mientras se mantuvieron e instalaron medidas socialmentre regresivas como esos guiños/compensaciones a la clase media y media-alta llamados dólar ahorro y electricidad a 40 pesos el bimestre en Santa Fe y Scalabrini Ortiz derivó en una moneda prácticamente despojada de su valor, un mercado paralelo de divisas y un Banco Central reventado. Lo que comienza a aparecer como inevitable en el horizonte es que quien sea que reemplace a Cristina Kirchner en el sillón de Rivadavia deberá ajustar (esa es la palabra, tut mir leid) una serie de indicadores macroeconómicos con medidas que se caen de maduras y que serán, inevitablemente, impopulares (y no me refiero únicamente a su efecto en el humor social sino en cómo van a afectar, concretamente, el bosillo del laburante).

Dicho en otras palabras, si Scioli gana, no nos salvamos del ajuste. Si Scioli gana, él será el encargado del ajuste con rostro humano, a la Dilma.

***

La nueva ley de partidos políticos, con su sistema de elección en tres vueltas, fue "purificando" candidaturas. Por primera vez desde su creación, lo que solía ser un festival de narcicismo fue derivando en una oferta más clara de alianzas políticas. No faltaron opciones variadas en la primera vuelta, pero ahora solo quedan tres: Scioli, Macri o blanco/nulo.

Es cierto que la opción por esta versión peronista-conserva del FpV parece prometer -si no a partir de sus expertos, por su base corporativa de apoyos- una transición más moderada hacia (digámoslo como si fuésemos economistas pro-mercado) una macro sincerada, con el kirchnerismo emocional como guardián del modelo político. Pero en el paquete vienen otras cosas que, si se piensan en frío, no son mejores que lo que ofrece el macrismo. ¿O acaso Sergio Berni es mejor que Guillermo Montenegro? ¿O Ricardo Casal va a ser mejor ministro de Justicia que cualquiera que nombre Macri excepto, digamos, Martín Ocampo? ¿Alejandro Granados no es más o menos (o igual de) peligroso que cualquier outsider o famoso sin experiencia como los que el macrismo gusta "sumar" a su "equipo"?

Por otra parte, creer que el macrismo y su equipo pro-mercado va a barrer en cien días con "los logros sociales de los gobiernos populares de Néstor y Cristina" es (1) olvidar que Cambiemos seguirá siendo una fuerza minoritaria en el Congreso y deberá negociar, en el mejor de los casos, un gobierno de coalición con Sergio Massa, quien tiene su propia base de apoyos industriales y sindicales opuestos a cambios bruscos y, sobre todo (2) subestimar el tejido social que el kirchnerismo ayudó a construir en todos estos años. Por otro lado, la salida "institucionalista" del gobierno de CFK, con nuevos derechos sociales consagrados por ley, parece haber sellado las conquistas que los alarmistas parecen más preocupados en mantener. ¿Que habrá tensiones si el PRO resulta vencedor y comienza a circular su propio relato? Sin dudas. Ahora bien, no quiero sonar provocador, pero que ciertas organizaciones de la sociedad civil y de derechos humanos se vean obligadas a andar en bici sin rueditas resulta, cuanto menos, un desafío interesante a futuro.

(Una disgresión: en los últimos días, algunos personajes de Tuiter Argentina parecen entusiasmados con la idea de que una victoria macrista "desabroche del presupuesto público" a los "artistas K" y se pueda desarrollar el arte por el arte sin un star-system que, en algunos casos, es cuasi-parasitario. Me permito dudar: el PRO ha dado sobradas pruebas de que existen prácticas similares en su administración. De hecho, hablamos de un fenómeno que atraviesa a casi toda la clase política argentina y que también ocurre en el caso del periodismo, el sistema de medios y la publicidad oficial, aunque este último tema excede el espacio de estas líneas).

Mi punto es que si el scioli-kirchnerismo pierde el ballotage, lo habrá perdido antes del día de la elección, un poco como en 2013, cuando decidió llevar a Martín Insaurralde en provincia de Buenos Aires para mimetizarse con el rival político de turno. (La ironía última de tener que vender tus "ideales" para ganar, y encima no ganar). Las últimas dos grandes medidas del kirchnerismo -el plan Procrear y la estatización de YPF- datan de hace tres años. Ley de rendimientos decrecientes: hay muchísimo más estado (recursos, ministerios, nuevos tribunales) para muchísimos menos avances. Como ese intento desesperado por mantener, ni siquiera reducir, el índice que muestra que uno de cada tres trabajadores no está registrado o las cincuenta cadenas nacionales para inaugurar una fábrica de bochas de inodoro con una inversión de un millón de pesos. El lejano recuerdo de la tarjeta SUBE (2009) como una de las últimas medidas que le solucionan los problemas a la gente. Hipótesis: la potencia creadora del gobierno está tan en baja que casi le hacemos un favor si forzamos una renovación.

De la vereda de enfrente, lo que ya sabemos: que no hay futuro ni esperanza posible con Patricia Bullrich, Laura Alonso, Silvana Giudici, Prat-Gay, la alianza del Pacífico y el salto sin paracaídas a la "economía creativa".

Los doce años de gobiernos Kirchner terminan con un ambiente político, económico y periodístico denso, casi tóxico, y hay elementos para ganar y para perder gane quien gane las próximas elecciones (que haya más de lo segundo que de los primero es mi apreciación personal, que no todos comparten), por lo que la prescindencia es ciertamente una opción. Se entiende que varios no lo vean así y estén, por estos días, militando activamente el voto a favor de uno y otro, cosa que respeto, pero por todo lo expuesto no deberíamos comprar at face value ninguno de los dos "modelos" propuestos. O como dice uno que yo sé: "El drama del sobrepolitizado es que para seguir discutiendo se tiene que inventar un Scioli y un Macri que no existen".

No desperdiciemos saliva que, pase lo que pase, en julio de 2016 todos vamos a estar diciendo:
- A mí no me miren, yo voté por Kodos.