Nolan o Lynch: ingenio o sensualidad martes, 27 de junio de 2017






































Esta semana junto a Patricia terminamos de ver "Westworld", una de las series "prestigiosas" del momento. Dirigida por Jonathan Nolan, "Westworld" llegaba con fuertes recomendaciones por su supuesta originalidad a la hora de contar la historia de un parque de diversiones temático en el Viejo Oeste. Situada en el futuro, la serie de 10 capítulos nos presentaba una historia llena de trampas y giros argumentales apoyados en un score épico que le intentaba imprimir un aire de importancia y solemnidad. Lo que al principio parecía un misterio fascinante fue decayendo con el correr de los capítulos. ¿Los motivos? Como espectador, sentí que me llevaban de las narices hasta la "revelación final", con los escritores resolviendo el problema planteado por el guión a través de una variedad de soluciones "deus ex machina" que, para colmo, iban acompañadas por subrayados y explicaciones. Como explicó Esteban Podetti a propósito de otras películas: "por ejemplo, te muestran la parte de afuera de una casa, y después la parte de adentro y vos pensás que es de la misma casa, y resultan ser dos casas diferentes, pero mal, y después decís 'aaaah, cómo me hicieron entrar. Qué habilidad cinematográfica (suponiendo que digan ese tipo de cosas en su habla cotidiana)'. No, querido. No es así. El tipo no es hábil. Hizo trampa. Un jugador de póker con cartas marcadas no es un 'habilidoso jugador de póker', sino un TRAMPOSO."

El problema con Jonathan Nolan -hermano menor del director de "Inception", otro cerebrito con aires de pseudointelectualidad- es que se apoya únicamente en el ingenio. Todos nos bancamos una película astuta ("The sting", "Los sospechosos de siempre", incluso "Memento"), sobre todo cuando en la pantalla también se respira cine, humor, suspenso. El problema es cuando pasamos a pensar el cine únicamente en términos matemáticos, con un guionista calculador presentando "ecuaciones" a resolver (y para Nolan, mientras más intrincadas, mejor). El resultado final es el mismo que uno tiene al ver "Inception": no bien termina, abombado por la batería de estímulos, uno siente que vio una obra maestra. A las tres semanas uno empieza a pensar que en realidad era una pavada. A los seis meses ya se la olvidó y sabe que no la va a ver nunca más en su vida.

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Por estos días otro director "difícil" divide las aguas. David Lynch, de 71 años, estrenó una nueva temporada de Twin Peaks, ¡26 años! después del final con suspenso de la Season 2. (La serie había sido cancelada por la cadena ABC luego de que la propia cadena apurara al director para que revelara la identidad del asesino de Laura Palmer). De cómo Lynch pudo negociar 18 capítulos más para seguir contando la historia de Twin Peaks merecería un capítulo aparte: solo diremos que la era de HBO, Showtime y Epix (y de Netflix y Amazon, por supuesto) está cambiando radicalmente la forma en la que se produce y se mira televisión.
Los que esperaban un Lynch más domesticado se van a llevar una sorpresa, porque esta nueva temporada / serie limitada es más radical que nunca. Y si bien por momentos extraño el melodrama y el humor inocente que acompañó las primeras dos temporadas de Twin Peaks, abrazo con gusto la oscuridad de esta entrega por parte de un director que aquí está más cerca de "Lost Highway" o de "Inland Empire" que de cualquier otra cosa que puede haber hecho en el pasado.
El contraste con el show "difícil" de Nolan es claro. En "Westworld" no entendemos qué está pasando hasta que llega el director y saca un truco que sólo él sabía (como en "The Prestige") y se nos explica con lujo de detalles qué pasó y por qué fuimos engañados. En la nueva "Twin Peaks" no hay sobreabundancia de información: muy por el contrario, los diálogos y las pistas escasean. Sin embargo, por algún motivo, no estamos en pelotas. En 2007, tras lanzar "Inland Empire" (una atrapante pesadilla de tres horas con Laura Dern y Jeremy Irons), Lynch recomendó no dejarse asustar si en algún momento creíamos no estar entendiendo "la trama". "Los espectadores entienden más de lo que suponen que entienden", dijo.
Anoche, tras ver el episodio 8 -el momento más radical en la historia de la ficción televisiva del siglo XXI- nos quedamos pensando con Patricia de qué iba todo esto. "El origen del mal", dijimos, casi a unísono. Hoy entro a AV Club a ver qué pensaban en Estados Unidos y Erik Adams dice: "this was essentially an origin story". O sea, creemos que no sabemos, pero sabemos. Y en el medio nos dejamos llevar por la sensualidad de las imágenes.
Eso es cine (o televisión).

Los mejores tweets de 2016 martes, 13 de diciembre de 2016






















Hay poco para decir sobre 2016 que no se haya dicho ya.

Nuestro modesto recap, sin repetir y sin googlear, revela pocas cosas que no conozcamos o recordemos: la recaptura del "Chapo" Guzmán, la temporada de atentados (Bruselas, Estambul, Niza), la muerte de David Bowie, el impeachment a Dilma, Obama en Argentina, el Brexit, el Oscar a Leonardo Di Caprio, Lázaro Báez y las bolsas con guita en el convento, las Olimpíadas de Río, los matones que reventaron la redacción de Tiempo Argentino y el negro futuro del periodismo, la epidemia de Zika, nuevas marchas por el #NiUnaMenos, los Panama Papers, Patricia Bullrich ordenando bajar un pesquero chino, la tercera final consecutiva que pierde la Selección, el Nobel a Bob Dylan, el No a la paz en Colombia, Pokémon Go, la muerte de Prince, el huracán Matthew, la elección de Donald John Trump como presidente de los Estados Unidos, la muerte de Leonard Cohen, Argentina ganando la Copa Davis, el referéndum que pierde Matteo Renzi, la muerte de Fidel, el primer año de la presidencia Macri.

Lo que se impone, también —y en esto tampoco pretendemos ser originales— es la lectura de 2016 como un año de mierda. Por estas pampas damos vuelta a otra página del calendario con una caída 2,5 por ciento del PBI, un desempleo de más del 10 por ciento en los principales centros urbanos y mucha gente pasándola muy mal en una ciudad —Buenos Aires y su coño urbano— cada vez más inviable. (Banderías políticas aparte, porque nuestras críticas a la anterior administración son harto conocidas). ¿Pesimistas? Más bien optimistas con experiencia.

En Twiter Argentina, en tanto, estamos cada vez más memeficados, no podemos explicar nada de lo que ocurre a nuestro alrededor sin recurrir a un chascarrillo visual. ¿Señales de agotamiento? ¿Signo de los tiempos? ¿Será por esto que Twitter Inc está a la venta y no encuentra comprador? Esta sexta edición de los mejores tuits de los últimos doce meses acaso refleje esta tendencia.

Arrancamos con una pequeña yapa: los mejores 10 tuits en inglés de 2016:












Ahora sí: a continuación, el listado definitivo. El criterio de selección es el mismo de siempre: tuits en español, redactados por argentinos (quizá le erre a alguno), no famosos. Pueden agregar sugerencias y recomendaciones en los comentarios.

Hasta el año que viene.

Los mejores tweets de 2016






















































































































































































Postales del sacerdocio laico jueves, 17 de noviembre de 2016























—Nos comimos el cortejo de Néstor.
La voz al otro lado de la línea sonaba seca, culposa. La frase era enigmática, pero si algo había aprendido en estos meses era que viniendo de quien venía —uno de los editores de Política de Página/12— no podía sino significar una cosa: que me iban a mandar a cubrir algo de emergencia.
Era viernes al mediodía y lo que nadie en el diario había previsto era que alguien (ahora se sabía que ese alguien era yo, en mi carácter de pasante todoterreno) iba a tener que asistir a los cortejos fúnebres de despedida al ex presidente Néstor Kirchner, muerto dos días antes de un paro cardíaco en su residencia de El Calafate.
Corté la llamada, salí de la sucursal del banco en el conurbano a la que había entrado minutos antes y me organicé para llegar, en tiempo récord, a la explanada de Casa Rosada. Lo que siguió fue un curso acelerado del arte de la crónica. Un literal “poner el cuerpo”. Me abrí paso a los empujones, tomé notas en una libreta del tamaño de una tarjeta de presentación y entrevisté a diez, doce personas con un viejo grabador Sony de cassette mientras caminaba —trotaba— detrás del Volkswagen gris en el que viajaba Cristina Fernández. En el medio se había largado a llover de lo lindo. Recuerdo correr empapado por la 9 de Julio detrás del coche negro que llevaba los restos de Kirchner y que —cábala tonta, deseo bobito de ser parte de la Historia con mayúscula— alcancé a tocar el auto. Llegué a la redacción exhausto y empapado, y escribí la nota sentado en mi computadora con DOS, incubando una neumonía que subía desde mis medias mojadas.

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El grabador Sony fue una compra de emergencia en San Juan, ciudad a la que me había mandado el diario para cubrir un Congreso Internacional de Ciencia Política. El evento consistía en una serie de conferencias y paneles liderados por una serie de politólogos, algunos marxistas lacanianos y Ernesto Laclau. Mi misión (siempre importante para un pasante cumplir con estos objetivos casi imposibles) era conseguir una entrevista con Laclau, sin más referencias que los días que iba a estar en la provincia y sin más herramientas que un pasaje de avión y un par de noches pagas en un hotel venido a menos, con wi-fi tirando a nulo, que quedaba bien lejos del Centro de Convenciones.
Luego de bancarme un panel sobre política y psicoanálisis en la Facultad de Ciencias Sociales, conseguí el teléfono de alguien que me consiguió el teléfono de alguien que “escoltaba” a Laclau en su visita. Tras stalkearlo a la salida de otra charla, me presenté y quedé en acompañarlo al hotel para la famosa entrevista.
Volvíamos en un auto rojo junto a Laclau y su esposa Chantal Mouffe, cuando el autor de La razón populista comentó que Néstor Kirchner, y no él, iba a cerrar el acto de su honoris causa por la Universidad de San Juan. “Mejor”, le respondió Mouffe, “eso significa que él va a quedarse a escuchar todo tu discurso”. No fue así: al día siguiente, Laclau recibió el diploma y los aplausos de Kirchner, pero al toque el ex presidente y la media docena de gobernadores que lo acompañaban (Gioja, Scioli, Urtubey, entre otros) se esfumaron, llevándose consigo al grueso de la militancia. ¿El resultado? Un público muy escaso —menos de un tercio de butacas ocupadas en el Auditorio Juan Victoria— escuchó el discurso del teórico del populismo. Meses después moriría Kirchner. Y años después, Laclau.

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Mi entrevista para entrar a Revista Debate duró menos de diez minutos.
Como no podía faltar a mi trabajo de entonces —era editor del portal MSN Chile y pasaba mis tardes cubriendo protestas frente al Palacio de La Moneda... desde Buenos Aires— me la agendé en mi horario de almuerzo. Llegué transpirado: el viaje relámpago en la línea B me dejó a cinco cuadras de la redacción, distancia que cubrí trotando porque se me había hecho tarde. (Las escalas más bajas de la cadena alimenticia laboral en periodismo son, ante todo, un desafío físico.) Llegué al séptimo piso del edificio de la revista, a la vuelta de Ministerio de Trabajo, y me recibió el dueño y director de la revista, Marcelo Capurro.
—¿Cómo anda el periodista joven más recomendado de Buenos Aires?
Viniendo de un periodista de raza como Capurro, una buena recomendación valía más que todos los CVs de la galaxia, por lo que aquella bienvenida me dio a entender que ya estaba casi adentro. Pregunté cuánto pagaban.
—Ya le digo exactamente lo que podemos ofrecer —respondió. Del bolsillo de su saco sacó un papelito arrugado y leyó su contenido en voz alta.
La cifra estaba más o menos bien. Además, parecía negocio cambiar portal generalista de Chile por revista de política argentina. Como último tirito, me despedí sugiriéndole que entrara a una página en la que había compilado mis mejores notas.
—No se moleste. Si le digo que voy a leerlas, le miento —me dijo, y hubo algo en su sinceridad que me gustó.

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Estuve algo más de un año y medio en Debate, en lo que fue mi regreso al horario de oficina (salvo los jueves, día de cierre, cuando salíamos cerca de las once de la noche). Resigné calle pero aproveché la oportunidad para perfeccionar el fino arte de la entrevista. Le pregunté a Federico Pinedo qué planeaba hacer el PRO para llegar al gobierno, objetivo que allá por 2012 parecía muy lejano (“parto de la base de que tenemos que construir alternativas realistas, y veo tanto a Scioli como a Massa dentro del kirchnerismo,” me dijo el futuro presidente de transición); conseguí la primera entrevista a fondo con José María Arancedo, el sucesor de Bergoglio en el Episcopado, y aproveché para preguntarle si registraba que según el Conicet seis de cada diez argentinos se relacionan con Dios “por su propia cuenta”; entrevisté a Gabriela Michetti en su despacho en planta baja del Senado y le tuve que editar las puteadas. El hecho de que que todos y cada uno de esos reportajes fueran presenciales me permitió conocer cosas como el enojo de cierta diputada del PRO con las estridencias de Laura Alonso, la primera reacción de Juliana Di Tullio tras enterarse de la muerte de Iván Heyn o el fastidio de Felipe Solá porque Massa le derivaba reuniones con dirigentes provinciales de segunda.
En el medio me enteré de internas más pesadas, pero como me dijo Santiago O’Donnell en la primera entrevista que hice para Debate: “Todos los periodistas sabemos muchísimo más de lo que contamos. Nunca cuento todo lo que sé porque no me atrevo y no estoy dispuesto a pagar el costo.”

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A principios de 2013, mientras los sueldos de la revista empezaban a entrar tarde y en cuotas, junté todos mis ahorros y me fui de vacaciones a Europa (¿uno viaja por placer o para irse lejos de los problemas?). El white people problem fue el regreso al laburo: mi vuelo de vuelta se atrasó, la aerolínea me perdió todas las valijas menos la de mano, y llegué sobre el pucho el mismo día que tenia que entrevistar a Florencio Randazzo. Un reportaje que veníamos buscando desde hacía semanas.
Ese día me desperté a las tres de la mañana en un avión cruzando el Atlántico y me puse un documental de Queen en la pantallita del asiento delantero. Diez horas más tarde, entré a la redacción de Viamonte con lo puesto: la misma ropa con la que había embarcado décadas atrás en el Aeropuerto Charles de Gaulle y una mochila gris del tamaño de un Corsa llena de boludeces compradas en el exterior. Se acercaba la hora del reportaje, así que salí de emergencia a pedir un grabador y llegué con lo justo a la Rosada. Pasé la mochila por el control de seguridad, y tanto el policía como yo decidimos ignorar lo que iba mostrando la pantalla de rayos X: mi cepillo de dientes, cantidades ingentes de ropa interior usada y dos docenas de macarons parisinos. Después de esperar tres horas a Randazzo, que estaba en teleconferencia con China (como bien sabe cualquier movilero, la combinación entre frenesí y tiempos muertos es otra característica de las coberturas periodísticas), finalmente conseguí la entrevista con el ministro y le pregunté y repregunté por el soterramiento del Sarmiento. Para cuando salí de Balcarce 50, ya era casi medianoche.

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Laburar en un diario —en especial uno falto de personal— tiene pocos momentos estelares y mucho de trabajo duro, áspero, invisible. Esta lección, que ya había aprendido en mi época en Página/12, adquirió nuevos ribetes luego de que me contrataran en el Herald.
Cuarenta minutos para escribir una nota de página entera basada en un cable de ocho líneas; explicarle al lector ese tema que uno no maneja pero que de pronto se volvió importante y sobre el cual hay que dar algo ya; un intento contrarreloj a tres bandas para conseguir la versión del gobierno sobre un tema que a las siete de la tarde parece destinado a convertirse en la apertura del diario, pero que después termina reducido a un cuarto de página. Este fenómeno, moneda corriente en casi todas las redacciones del país ya bien entrado el siglo XXI, en el caso del Herald se intensifica por un detalle: sus periodistas escriben en inglés. Recuerdo aquel lunes lluvioso, en el que nos tocó escribir seis páginas en el idioma de Shakespeare entre tres personas (y por “páginas” me refiero al producto final, tal como llega al lector: cuatro notas en cada una, más fotos, epígrafes, recuadros, títulos, bajadas).
Una vez al año, un periodista veterano del Washington Post venía a la redacción a charlar con nosotros. Una vez al año, nos decía en su perfecto inglés americano: no puedo creer que una redacción así de pequeña logre sacar un diario todos los días.

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A todo esto, la empresa había dejado de hacer los aportes jubilatorios y de obra social. El pago de sueldos se hacía en el quinto o sexto día hábil del mes siguiente, y los rumores de cierre se convirtieron en moneda corriente en las charlas de redacción. Un día, suena el teléfono.
—Buenos Aires Herald.
—Buenas tardes. Llamaba para averiguar qué periodista iba a estar cubriendo la temporada en Punta del Este.
—Dame un segundo que te averiguo —risas en la redacción, auricular piadosamente cubierto—. Mirá, me parece que no vamos a estar mandando a nadie este año...

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De tanto en tanto, a todos en la redacción nos tocaba “jugar para Messi”, el periodista estrella que ese día metía una primicia o publicaba una investigación. El resto del tiempo, el rol de la sección Política se parecía más a la corrida desesperada de Mascherano en el minuto 92 para desviar la pelota con lo justo. La propia idea de división del trabajo nos era desconocida: desde subir la pila de diarios a la redacción hasta escribir las notas, plantar las páginas y manejar las redes sociales: todos hacíamos todo.
Cuando fui ascendido a editor (si bien nunca dejé de escribir desde las notas más importantes hasta los recuadros más insignificantes) mi trabajo consistió cada vez más en mejorar el trabajo de los demás, lograr que se luzcan, al tiempo que me borraba de la escena. No era un problema: a los periodistas de mi generación —atravesados por la precarización, la incertidumbre y las pésimas condiciones laborales— no les cuesta demasiado tragarse el orgullo. De hecho, ni siquiera es una decisión consciente. No hay tiempo ni recursos para hacer otra cosa.

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Cuatro meses costó que Eduardo Duhalde me diera la entrevista para el libro sobre el negocio del juego. Las excusas de su vocero iban cambiando cada semana. “No tuve tiempo de verlo”. “No está saliendo a hablar”. “Después de las elecciones”. Al final, la nunca bien ponderada amenaza del periodista (“bueno, muy bien, escribo que no quiso hablar”) da resultado y me confirman el reportaje para el 23 de diciembre al mediodía, en una oficina del microcentro.
Como no podía ser de otra manera, recibo el llamado mientras salgo junto a otras cuatrocientas personas de la estación Catedral del subte D. “Malas noticias. Vas a tener que ir a hacerla a Lomas”. Testarudo, acepto el cambio de último momento y me tomo un taxi a Lomas de Zamora que me sale un ojo de la cara.
Hace 36 grados a la sombra, no hay luz en la cuadra. Abre el guardia y me hace pasar al cuarto principal, donde me saludan dos de sus nietas (edades aproximadas: cuatro y seis años). La entrevista no sale tan bien —el hombre alega recordar poco, sobreactúa su ingenuidad—, las nenas entran al cuarto sosteniendo una bandeja con dos vasos de Coca fría. Me tengo que ir al diario y no hay chances de que el viaje de vuelta ocurra en transporte público. Mi novia me manda un mensaje, pregunta si está todo bien.
“Sí”, le contesto. “Duhalde me está pidiendo un remís”.