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Final viernes, 20 de mayo de 2022

El siguiente es un post del blog Desde el galpón publicado hace tiempo por mi buen amigo Fedefer.

jueves, 20 de diciembre de 2007
Final

Entre el lunes y el miércoles pasados rendí sin sobresaltos dos finales; dos orales que el alumno ejemplar de Comunicación-con-orientanción-en-Periodismo jamás debería tener que dar. Bernetti y Ford.

Cuando hablamos de Bernetti (Jorge), hablamos de "Diseño de la información", la materia más fumanchera y tranqui de la orientación. Fácil, entretenida, sin demasiadas exigencias, es la asignatura que cualquier pelagatos promociona... menos yo. Ese segundo parcial, por alguna elucubración malvada de los zodíacos, fue mi perdición. Todavía me acuerdo del instante fatídico, dos años atrás, en el que se precipitó todo. Todavía me evoco leyendo las dos o tres preguntas, apelotonadas en una de esas irrisorias hojitas demasiado horizontales, mientras iba comprendiendo íntimamente que no, que no las iba a poder contestar. Ni dibujar. Porque uno siempre algo dibuja, alguna teorización arrastrada de los pelos para por lo menos impregnar dos carillas de tinta y decir bue, cincuenta y cincuenta a que un cuatro me pone. Esta vez no. Esta vez fue la conciencia lúcida de que se venía un DOS contundente; antes siquiera de estar escrito, ese DOS ya había tomado forma en el mundo; me pertenecía y yo era el único que lo sabía. Preguntas demasiado puntuales, demasiado general-knowledge, de detalles que nunca había leído o que ya había olvidado. En la materia más fumanchera y tranqui de la orientación. Pero qué se le iba a hacer. Mientras pacientemente hacía tiempo para no quedar tan en evidencia, mientras TODOS mis compañeros escribían FURIOSAMENTE, reflexioné sobre las consecuencias que podría portar semejante chasco. Sí, seguramente iba a pasar por una experiencia inédita en la facultad de Sociales: el final de Bernetti.

Cuando entregué la hoja con dos renglones escritos (andá a saber QUÉ MIERDA ESCRIBÍ), medio como para inspirar compasión medio como para saber, le pregunté al profesor Cánepa si había recuperatorio. Me miró con una cara de perplejidad que me destruyó anímicamente. Me dijo lo obvio. Sí, era obvio, aquella era la última clase; simplemente no había tiempo para más. Digan que en el primer parcial me había logrado sacar un siete (o un ocho) y me daba justo el promedio para ir a final. Sino recursaba y eso, lectores, habría equivalido a una estrepitosa deserción de la carrera para ir a a estudiar turismo y hotelería.

En mi anónimo historial de parciales en la carrera de Comunicación tuve una interesante trilogía de aplazos, pero los otros dos fueron sorpresivos (por lo tanto, admitamos, indeciblemente más crueles). Esta fue la única vez en mi vida en el que supe exactamente la nota que me iba a sacar apenas con mirar las preguntas. Creánme, es una sensación extrañísima. Es ver el futuro. ¿Alguna vez vieron el futuro tan, tan claro? Lo dudo.

Una semana después me entregaron mi dos, ahora sí materializado en una sanguinaria tinta roja, mientras todos los demás se iban felices, abrazándose a la cintura sexy de sus promociones. El impacto psicológico de este fracaso fue de tal magnitud que recién este diciembre, básicamente porque se me vencía, me decidí a afrontar mi destino, sellado aquel día fatídico en el horno del aula uno.

Lunes. El panorama no puede ser más desolador. Aula tres, y un solitario Bernetti en persona (primera vez que lo veo) tomando examen. Las pocas personas que se dan una vuelta vienen, naturalmente, a firmar las libretas. Ni siquiera hay una hoja para anotarse. No, uno pasa y dice "yo vengo a rendir", y Bernetti te toma. Mi primer consuelo es que no soy el único en esta aventura. Una chica, un chico. Salen aprobados con notas como siete y nueve. Entre uno y uno se va acumulando un pequeño ejército de firmadores de libretas. Deberían buscar una alternativa: es feo que te vengan a firmar libreta en la cara mientras vos estás todo ansioso para rendir. Sus muecas irritantemente relajadas parecen decirte "mirá, yo estoy re-tranquilo y re-canchero, charlando con los demás de cualquier cosa, porque promocioné y vos, SÍ, VOS NABO PATÉTICO, TENÉS QUE SENTARTE AHI COMO UN PELOTUDO Y RENDIR, JAJAJA". Es como comer un sanguche de jamón crudo frente a un pendejo que se está muriendo de hambre. No da.

Doy el final más fácil de la historia. Tengo tema, Periodismo y Dictadura. Arranco, mientras Bernetti sin hacer comentarios resopla, refunfuña y rota su cabeza esférica para todas partes sin mirarme (TAN aburrido es tomar final oral??? Porqué no piden una monografía de diez páginas y listo?). Diez minutos después se aburre lo suficiente. Basta pibe. Ocho y a la bolsa. Chau. Es increíble que haya leído tanto, pero TANTO, para un final tan fácil.

Ford. La historia de Ford también tiene sus vericuetos. La cursé al mismo tiempo que Bernetti con mucha mejor fortuna. Un primer trabajo práctico bastante inspirado fue la clave del éxito. Los parciales tuvieron fallas, aunque básicamente no hubo sobresaltos. Pero siempre algo pasa. Ford (que en realidad es Martini, porque Ford está tirado por ahí escribiendo el vigésimonoveno libro sobre inforricos e infopobres) es una materia ligeramente más hinchapelotas que las otras. En los prácticos te piden fichas de cada lectura. Te piden asistencia a teóricos. En esos teóricos te piden que hagas una ficha sobre los contenidos de la clase para dar el presente. Pero esto no es lo peor. Lo peor es que al final del cuatrimestre CUENTAN esas fichas. Y si no entregaste fichas de lecturas (como yo, ¿Qué se piensan, que estamos en tercer grado de la primaria che?) las tenés que entregar todas de una porque sino recursás (que no está bueno eso eh). Y si no fuiste a los teóricos porque no podías o porque son MUY ABURRIDOS (como yo) entonces aunque tengas un diez de promedio, te vas a final. Bueno no, a COLOQUIO.

Fui a coloquio nomás. Con las fichas de lectura zafé porque chamuyé veinte seguidas en el locutorio de al lado (un sauna con computadoras). Pero con los teóricos no hubo caso. A coloquio. Obviamente durante dos años me arrepentiría de no haber ido a los teóricos. Stella Martini sabe mucho, tiene cosas interesantes para decir... pero es TAN ANODINA dando clases, tan CIRUJANA METICULOSA DE DIARIOS y REVISTAS, que te aburrís. Man, un poco de pasión, un poco de puteadas, alguna rabieta de indignación frente al sistema, algún chiste, no te tomés tan en serio lo que hacés porque NO ES TAN SERIO. Pero bueno, tendría que haber ido. Eso me pasa por ser tan impaciente y tan pseudorrebelde.

De todas formas, el coloquio tampoco pintaba tan difícil. El profesor Marcelo Pereyra lo puso en estas palabras (y me acuerdo porque presté MUCHA ATENCION): "El coloquio es como un final pero MUCHO MAS LIGHT. Pueden venir con una zona del programa preparada, con un recorte de diario para comentar alguna noticia, incluso pueden comentar alguno de los trabajos prácticos". Listo, bárbaro, tan malo no debe ser.

Ese diciembre no porque no tenía ganas, pero me presento en febrero. Nadie se presenta en febrero, esa es la verdad. Así que cuando llego al aula resulta que está LA CATEDRA COMPLETA (menos Ford, que ya empezó con el trigésimo libro sobre inforricos e infopobres) deliberando en el interior del recinto. ¿Alumnos? Nada parecido en veinte metros a la redonda. Espero un poco a ver qué onda y al final entro. "Vengo a dar coloquio". Los cuatro fantásticos (Martini, Luchessi, Pereyra y una que ni idea) me miran duramente. "Cómo que venís a rendir, ya tomamos". Al parecer había rendido solo una piba mientras yo estaba por ahí repitiendo mi chamuyo. Me retan, pero me dicen ok, te tomamos. Cómo que me toman, qué ese ese PLURAL. Sí, los cuatro fantásticos, LA CÁTEDRA COMPLETA escuchándome al mismo tiempo en medio de su reunión de planificación. Me asusto un poco, pero qué más da, total solo vengo a dar COLOQUIO; es decir, vengo a comentar lo que hicimos en el trabajo práctico, a relacionar un poquito con dos o tres textos y LISTO, tal como había dicho Pereyra.

Me siento entonces, menos tranquilo que antes pero todavía con cierta confianza. Toma el mando Martini, preguntándome qué preparé. "Bueeeeno yo vengo a hablar un poco del primer trabajo práctico que hicimos con mi grupo, en el cual nos propus". ¡¡CÓOOMO HABLAR UN POCO del TRABAJO PRACTICO!!, salta Martini. Que esto es un final, me dice, que no me podés venir a hablar solo del trabajo práctico, que tenés que tener un conocimiento integral teórico de toda la materia y no se qué.

Pequeño pánico comienza a flotar en el aire. Digo, porque no había leído NADA, solo había retomado el TP y más lo que me acordaba, me mandé. Horrible lo mío, pero bue, es COLOQUIO!. Le explico que yo doy COLOQUIO, porque en realidad mi promedio es para promocionar pero no pude venir a los teóricos... (obviamente, NO PUDE). Y como no pude venir a los teóricos entonces doy coloquio, que es como un final pero mucho más light. Mientras voy relojeando de costado a Pereyra, sentado a mi lado, como para que salte en mi defensa, cosa que obviamente no hace. No, pero bueno, pero yo dije que, en realidad no, que sí que el trabajo práctico, pero no, porque sí, pero no. Bien, o sea que me voy a sacar un dos, pensé. Esto es genial.

Pero la sigo piloteando. En realidad, estoy entregado. Martini como una maligna ave carroñera se lanza sobre los despojos de mi ignorancia dispuesta a darse un banquete fenomenal. Que las fuentes, que el acontecimiento, que la noticia... Yo solo digo dos boludeces, le pego a un par de respuestas, pero la mayoría del tiempo habla ella. Es una clase. En un momento me pide: "A ver definí comunicación política". Yo no tengo ni la más PEDORRA idea de cómo definir comunicación política. Los demás de la cátedra miran ominosamente. Hacen el gesto de "no" con la cabeza. Pereyra está devastado. Martini, fastidiosa, sabe que no tengo esperanza. Yo también lo sé. NO SÉ NADA.

Entonces el milagro. Martini sufre un súbito ataque de paternalismo compasivo. Está relativamente claro que me tiene que rubricar un dos más grande que un dúplex de Palermo pero el pietismo la conmueve: mirá yo te tengo que aplazar, pero la verdad que por un coloquio, voy a hacer de cuenta que no viniste, yo te tachó acá, andá a estudiar un poco y volvés en mayo. Yo, a estas alturas reducido a una miserable larva, agradezco, asiento, prometo leer todo, todas las unidades, todas las fichas, todos los libros de Ford sobre inforricos e infopobres. Y me voy, habiéndole entregado a los cuatro un lindo papelón para divertimento personal. No volví en mayo. Dejé pasar dos años. La venganza es un plato que se come frío (y en el medio se me vencían cinco finales o algo así).

Miércoles. El momento postergado desde aquella caminata por la cornisa ha llegado. Aula 3. La misma de Bernetti dos días antes. Me anoto cuarto en la lista. El primero en llegar es, justamente, Pereyra. Después llega Luchessi y se ponen tomar (orales, no alcohol). Pereyra se dedica a victimizar a una pobre chica que en un momento se nota que ya no carbura y que es inminente que se largue a llorar. Pereyra se levanta y consulta gravemente con Luchessi. No escucho sus palabras, pero las imagino.

P: "Lila esta piba no da pie con bola. Le pregunté esto, no lo sabe, le pregunté aquello, no lo sabe".
L: "Y a mí qué, clavale un dos, que se joda".
P: "Te parece, pobre, está por llorar".
L: "Que llore, si no sabe que se joda".
P: "Pero pobrecita, no te parece que le de otra oportunidad"
L: "No, pero si querés... bueno, igual si no sabe que se joda".

Algo así. El efecto para quienes esperamos afuera es de terrorismo. Pero yo tengo mi tema aceitado y esta vez no es hablar un poco del trabajo práctico; esta vez es un itinerario teórico que amalgama los principales ejes de la materia para integrarlos panorámicamente en una hipótesis que busca ver reflejados los principales contextos, modelos y abordajes en los desplazamientos de campo que se van dando a lo largo del resto de las unidades, para finalmente comprobrar que el efec. Ok, eso.

Mientras espero, me encuentro en el pasillo con una chica que había cursado esta misma materia conmigo. Yo estoy penando con el final, ella está repartiendo fichas a los alumnos porque ahora pertenece a la cátedra. Mirá vos los distintos caminos que tiene la vida. Me acuerdo de ella básicamente porque está buena. Ella no tiene ni idea de quién soy. Me pregunta el apellido a ver si tiene fichas mías. Yo para seguirle la corriente le contesto. "AH, VOS NO ENTREGASTE NADA" me dice. Qué raro, porque en efecto Pereyra me había dicho lo mismo dos años antes. Le explico quién soy y de dónde vengo, no puede tener fichas mías ahí. Le pregunto si toma final y me dice que sí. ¡Tomame entonces! Le digo. Se rie, jajaja.

Lógicamente, termina tomándome ella. Y Pereyra. Cursé en su comisión, pero a esta altura ya no importa. Y tampoco importa si es coloquio o final, pasaron DOS AÑOS. Pibe, te acordaste tarde me dice Pereyra. Lo que es MUY RARO es que te tome final una chica con la que cursaste ESA MISMA MATERIA. Arranco con mi tema. Le explico al profe más o menos lo que me propongo y el profe entiende más o menos nada. Pero suena interesante, dice. El final transcurre bastante sedoso. Mi tema tiene onda, algunas pequeñas objeciones se le pueden hacer, pero todo bien. Cuando Pereyra está satisfecho, le pregunta a la chica, la chica con la que cursé ESTA MISMA MATERIA, si quiere preguntarme algo. Obviamente le dice que no, que está conforme, porque cómo me va a hacer una pregunta si cursó conmigo ESTA MISMA MATERIA. Pero Pereyra le dice, dale preguntale algo. Ok dice la chica, "para salir un poco de tu tema... (acá pienso: me preguntás sobre la unidad 5 que nunca compré y hasta hace poco me había olvidado que existía y hoy morís)... decime algo sobre fuentes". Bien, está bien. Me tira trampolín para que me zambulla en un chamuyo chamuyero y listo. Fuentes, es fácil eso. Igual la turra pone cara de "mmm, más o menos" y dice que mi respuesta está bien pero no es exactamente lo que ella había preguntado. Pero después cuando termino me hace un gesto de aliento. Cierro el final. Ocho.

Ya es de noche cuando salgo de Ramos. Todavía me quedan tres finales, pero ya no hay nada más que cursar. No caigo, ni pienso mucho en eso. Fueron seis años seguidos viniendo acá una y otra vez, a tantas clases que ya perdí la cuenta. Son las nueve de la noche y es como que me estoy despidiendo del edificio, (y sus pasillos y sus carteles) sin darme mucha cuenta. Si lo pienso, no parece tan lejano ese verano de 2002 en el que vine a inscribirme a las primeras materias, con mi amigo Ricardo totalmente desorientados, tratando de inteligir entre un enjambre increíble de gente cómo era todo el papelerío. No queda tan lejano ese mismo día en que, perdidos, le preguntamos a una chica cómo había que hacer los trámites; y esa chica me pareció tan pero tan linda que cuando volví a casa le escribí una canción. Historias como esa, o como las del final de Bernetti y el final de Ford son solo dos entre muchas, muchísimas, que pasaron en esta fábrica remodelada de Parque Centenario. Historias que parecen volver, pero que evidentemente ya no se van a repetir. Algún día, imagino, las contaré.

Postales del sacerdocio laico jueves, 17 de noviembre de 2016























—Nos comimos el cortejo de Néstor.
La voz al otro lado de la línea sonaba seca, culposa. La frase era enigmática, pero si algo había aprendido en estos meses era que viniendo de quien venía —uno de los editores de Política de Página/12— no podía sino significar una cosa: que me iban a mandar a cubrir algo de emergencia.
Era viernes al mediodía y lo que nadie en el diario había previsto era que alguien (ahora se sabía que ese alguien era yo, en mi carácter de pasante todoterreno) iba a tener que asistir a los cortejos fúnebres de despedida al ex presidente Néstor Kirchner, muerto dos días antes de un paro cardíaco en su residencia de El Calafate.
Corté la llamada, salí de la sucursal del banco en el conurbano a la que había entrado minutos antes y me organicé para llegar, en tiempo récord, a la explanada de Casa Rosada. Lo que siguió fue un curso acelerado del arte de la crónica. Un literal “poner el cuerpo”. Me abrí paso a los empujones, tomé notas en una libreta del tamaño de una tarjeta de presentación y entrevisté a diez, doce personas con un viejo grabador Sony de cassette mientras caminaba —trotaba— detrás del Volkswagen gris en el que viajaba Cristina Fernández. En el medio se había largado a llover de lo lindo. Recuerdo correr empapado por la 9 de Julio detrás del coche negro que llevaba los restos de Kirchner y que —cábala tonta, deseo bobito de ser parte de la Historia con mayúscula— alcancé a tocar el auto. Llegué a la redacción exhausto y empapado, y escribí la nota sentado en mi computadora con DOS, incubando una neumonía que subía desde mis medias mojadas.

***

El grabador Sony fue una compra de emergencia en San Juan, ciudad a la que me había mandado el diario para cubrir un Congreso Internacional de Ciencia Política. El evento consistía en una serie de conferencias y paneles liderados por una serie de politólogos, algunos marxistas lacanianos y Ernesto Laclau. Mi misión (siempre importante para un pasante cumplir con estos objetivos casi imposibles) era conseguir una entrevista con Laclau, sin más referencias que los días que iba a estar en la provincia y sin más herramientas que un pasaje de avión y un par de noches pagas en un hotel venido a menos, con wi-fi tirando a nulo, que quedaba bien lejos del Centro de Convenciones.
Luego de bancarme un panel sobre política y psicoanálisis en la Facultad de Ciencias Sociales, conseguí el teléfono de alguien que me consiguió el teléfono de alguien que “escoltaba” a Laclau en su visita. Tras stalkearlo a la salida de otra charla, me presenté y quedé en acompañarlo al hotel para la famosa entrevista.
Volvíamos en un auto rojo junto a Laclau y su esposa Chantal Mouffe, cuando el autor de La razón populista comentó que Néstor Kirchner, y no él, iba a cerrar el acto de su honoris causa por la Universidad de San Juan. “Mejor”, le respondió Mouffe, “eso significa que él va a quedarse a escuchar todo tu discurso”. No fue así: al día siguiente, Laclau recibió el diploma y los aplausos de Kirchner, pero al toque el ex presidente y la media docena de gobernadores que lo acompañaban (Gioja, Scioli, Urtubey, entre otros) se esfumaron, llevándose consigo al grueso de la militancia. ¿El resultado? Un público muy escaso —menos de un tercio de butacas ocupadas en el Auditorio Juan Victoria— escuchó el discurso del teórico del populismo. Meses después moriría Kirchner. Y años después, Laclau.

***

Mi entrevista para entrar a Revista Debate duró menos de diez minutos.
Como no podía faltar a mi trabajo de entonces —era editor del portal MSN Chile y pasaba mis tardes cubriendo protestas frente al Palacio de La Moneda... desde Buenos Aires— me la agendé en mi horario de almuerzo. Llegué transpirado: el viaje relámpago en la línea B me dejó a cinco cuadras de la redacción, distancia que cubrí trotando porque se me había hecho tarde. (Las escalas más bajas de la cadena alimenticia laboral en periodismo son, ante todo, un desafío físico.) Llegué al séptimo piso del edificio de la revista, a la vuelta de Ministerio de Trabajo, y me recibió el dueño y director de la revista, Marcelo Capurro.
—¿Cómo anda el periodista joven más recomendado de Buenos Aires?
Viniendo de un periodista de raza como Capurro, una buena recomendación valía más que todos los CVs de la galaxia, por lo que aquella bienvenida me dio a entender que ya estaba casi adentro. Pregunté cuánto pagaban.
—Ya le digo exactamente lo que podemos ofrecer —respondió. Del bolsillo de su saco sacó un papelito arrugado y leyó su contenido en voz alta.
La cifra estaba más o menos bien. Además, parecía negocio cambiar portal generalista de Chile por revista de política argentina. Como último tirito, me despedí sugiriéndole que entrara a una página en la que había compilado mis mejores notas.
—No se moleste. Si le digo que voy a leerlas, le miento —me dijo, y hubo algo en su sinceridad que me gustó.

***

Estuve algo más de un año y medio en Debate, en lo que fue mi regreso al horario de oficina (salvo los jueves, día de cierre, cuando salíamos cerca de las once de la noche). Resigné calle pero aproveché la oportunidad para perfeccionar el fino arte de la entrevista. Le pregunté a Federico Pinedo qué planeaba hacer el PRO para llegar al gobierno, objetivo que allá por 2012 parecía muy lejano (“parto de la base de que tenemos que construir alternativas realistas, y veo tanto a Scioli como a Massa dentro del kirchnerismo,” me dijo el futuro presidente de transición); conseguí la primera entrevista a fondo con José María Arancedo, el sucesor de Bergoglio en el Episcopado, y aproveché para preguntarle si registraba que según el Conicet seis de cada diez argentinos se relacionan con Dios “por su propia cuenta”; entrevisté a Gabriela Michetti en su despacho en planta baja del Senado y le tuve que editar las puteadas. El hecho de que que todos y cada uno de esos reportajes fueran presenciales me permitió conocer cosas como el enojo de cierta diputada del PRO con las estridencias de Laura Alonso, la primera reacción de Juliana Di Tullio tras enterarse de la muerte de Iván Heyn o el fastidio de Felipe Solá porque Massa le derivaba reuniones con dirigentes provinciales de segunda.
En el medio me enteré de internas más pesadas, pero como me dijo Santiago O’Donnell en la primera entrevista que hice para Debate: “Todos los periodistas sabemos muchísimo más de lo que contamos. Nunca cuento todo lo que sé porque no me atrevo y no estoy dispuesto a pagar el costo.”

***

A principios de 2013, mientras los sueldos de la revista empezaban a entrar tarde y en cuotas, junté todos mis ahorros y me fui de vacaciones a Europa (¿uno viaja por placer o para irse lejos de los problemas?). El white people problem fue el regreso al laburo: mi vuelo de vuelta se atrasó, la aerolínea me perdió todas las valijas menos la de mano, y llegué sobre el pucho el mismo día que tenia que entrevistar a Florencio Randazzo. Un reportaje que veníamos buscando desde hacía semanas.
Ese día me desperté a las tres de la mañana en un avión cruzando el Atlántico y me puse un documental de Queen en la pantallita del asiento delantero. Diez horas más tarde, entré a la redacción de Viamonte con lo puesto: la misma ropa con la que había embarcado décadas atrás en el Aeropuerto Charles de Gaulle y una mochila gris del tamaño de un Corsa llena de boludeces compradas en el exterior. Se acercaba la hora del reportaje, así que salí de emergencia a pedir un grabador y llegué con lo justo a la Rosada. Pasé la mochila por el control de seguridad, y tanto el policía como yo decidimos ignorar lo que iba mostrando la pantalla de rayos X: mi cepillo de dientes, cantidades ingentes de ropa interior usada y dos docenas de macarons parisinos. Después de esperar tres horas a Randazzo, que estaba en teleconferencia con China (como bien sabe cualquier movilero, la combinación entre frenesí y tiempos muertos es otra característica de las coberturas periodísticas), finalmente conseguí la entrevista con el ministro y le pregunté y repregunté por el soterramiento del Sarmiento. Para cuando salí de Balcarce 50, ya era casi medianoche.

***

Laburar en un diario —en especial uno falto de personal— tiene pocos momentos estelares y mucho de trabajo duro, áspero, invisible. Esta lección, que ya había aprendido en mi época en Página/12, adquirió nuevos ribetes luego de que me contrataran en el Herald.
Cuarenta minutos para escribir una nota de página entera basada en un cable de ocho líneas; explicarle al lector ese tema que uno no maneja pero que de pronto se volvió importante y sobre el cual hay que dar algo ya; un intento contrarreloj a tres bandas para conseguir la versión del gobierno sobre un tema que a las siete de la tarde parece destinado a convertirse en la apertura del diario, pero que después termina reducido a un cuarto de página. Este fenómeno, moneda corriente en casi todas las redacciones del país ya bien entrado el siglo XXI, en el caso del Herald se intensifica por un detalle: sus periodistas escriben en inglés. Recuerdo aquel lunes lluvioso, en el que nos tocó escribir seis páginas en el idioma de Shakespeare entre tres personas (y por “páginas” me refiero al producto final, tal como llega al lector: cuatro notas en cada una, más fotos, epígrafes, recuadros, títulos, bajadas).
Una vez al año, un periodista veterano del Washington Post venía a la redacción a charlar con nosotros. Una vez al año, nos decía en su perfecto inglés americano: no puedo creer que una redacción así de pequeña logre sacar un diario todos los días.

***

A todo esto, la empresa había dejado de hacer los aportes jubilatorios y de obra social. El pago de sueldos se hacía en el quinto o sexto día hábil del mes siguiente, y los rumores de cierre se convirtieron en moneda corriente en las charlas de redacción. Un día, suena el teléfono.
—Buenos Aires Herald.
—Buenas tardes. Llamaba para averiguar qué periodista iba a estar cubriendo la temporada en Punta del Este.
—Dame un segundo que te averiguo —risas en la redacción, auricular piadosamente cubierto—. Mirá, me parece que no vamos a estar mandando a nadie este año...

***

De tanto en tanto, a todos en la redacción nos tocaba “jugar para Messi”, el periodista estrella que ese día metía una primicia o publicaba una investigación. El resto del tiempo, el rol de la sección Política se parecía más a la corrida desesperada de Mascherano en el minuto 92 para desviar la pelota con lo justo. La propia idea de división del trabajo nos era desconocida: desde subir la pila de diarios a la redacción hasta escribir las notas, plantar las páginas y manejar las redes sociales: todos hacíamos todo.
Cuando fui ascendido a editor (si bien nunca dejé de escribir desde las notas más importantes hasta los recuadros más insignificantes) mi trabajo consistió cada vez más en mejorar el trabajo de los demás, lograr que se luzcan, al tiempo que me borraba de la escena. No era un problema: a los periodistas de mi generación —atravesados por la precarización, la incertidumbre y las pésimas condiciones laborales— no les cuesta demasiado tragarse el orgullo. De hecho, ni siquiera es una decisión consciente. No hay tiempo ni recursos para hacer otra cosa.

***

Cuatro meses costó que Eduardo Duhalde me diera la entrevista para el libro sobre el negocio del juego. Las excusas de su vocero iban cambiando cada semana. “No tuve tiempo de verlo”. “No está saliendo a hablar”. “Después de las elecciones”. Al final, la nunca bien ponderada amenaza del periodista (“bueno, muy bien, escribo que no quiso hablar”) da resultado y me confirman el reportaje para el 23 de diciembre al mediodía, en una oficina del microcentro.
Como no podía ser de otra manera, recibo el llamado mientras salgo junto a otras cuatrocientas personas de la estación Catedral del subte D. “Malas noticias. Vas a tener que ir a hacerla a Lomas”. Testarudo, acepto el cambio de último momento y me tomo un taxi a Lomas de Zamora que me sale un ojo de la cara.
Hace 36 grados a la sombra, no hay luz en la cuadra. Abre el guardia y me hace pasar al cuarto principal, donde me saludan dos de sus nietas (edades aproximadas: cuatro y seis años). La entrevista no sale tan bien —el hombre alega recordar poco, sobreactúa su ingenuidad—, las nenas entran al cuarto sosteniendo una bandeja con dos vasos de Coca fría. Me tengo que ir al diario y no hay chances de que el viaje de vuelta ocurra en transporte público. Mi novia me manda un mensaje, pregunta si está todo bien.
“Sí”, le contesto. “Duhalde me está pidiendo un remís”.

Kids jueves, 11 de junio de 2015

En el 152, pasando Casa Rosada, concentrado en "Born" de María O'Donnell. Un chico me toca el hombro.
-¿Lees todos los días?
-Siempre que puedo -le contesto.
Me doy vuelta para verlo. Pelo negro, pecas, jogging de Boca, botines naranjas. Me dice que tiene 12 años y que está yendo a entrenar.
-A mí también me gusta leer.

Angeles jueves, 16 de enero de 2014

pp
te voy a contar una cosa muy rara que nos paso hoy

fp
dale, decime

pp
resulta que eran el mediodia cerca de la una y yo saque una bolsita con papeles a la calle, y escucho que una viejita desde la casa de norma me grita
por favor señora ayuda!
y cruzo y se habia caido y le sangraba mucho, pero mucho la frente

fp
uh

pp
la traigo a casa, ella me cuenta que iba a la casa de la hija que vive en (calle) y (calle)
la sangre caia por la calle y la verda
tenia miedo que se me desmayara o muriera por ahi, en serio
ahi le pego el grito a (hija) mientras le pongo una toalla y la siento en el baño

ibamos a llamar al 911 cuando se me ocurre preguntar si se acordaba el numero de la hija y me dice que si, (hija) llama a la hija mientras yo seguia apretandole le frente

llega la hija y llama a la ambulancia
mientras los de la emergencia dicen que la acostemos y le levantemos los pies y la pongamos de costado por si vomita
el corte era refeo
la señora cuenta que tiene 80 años
seguia sangrando y la ambulancia no llegaba
finalmente llega y le dicen que tiene que ir a coserse porque el corte era regrande y seguia sangrando
finalmente se la llevan en la ambulacia, antes la hija tiene que ir a su casa a buscar la cartera porque habia venido sin nada y a ver a sus hijas que se habian quedado solas
asi que nos quedamos el medico el enfermero, (hija), la señora (que se llama ludmila) y yo

fp
que loco...

pp
luego vuelve la hija y se la llevan
ahi nos pusimos a lavar la vereda porque parecia que habiamos matado a alguien
y casa, que era todo un charco

fp
bueno, la buena accion del dia
todo vuelve (?)

pp
si creo que algo asi
ella me decia que cree en los angeles y que yo era el angel
yo le decia que era por sacar la basura a la hora que no corresponde

y es verdad, porque estaba arriba limpiando los cuartos y los baños sino no la hubiera escuchado

Aceptarlo nos cuesta tan poco sábado, 14 de enero de 2012


Imagen: Chris Hondros/Getty Images


La casa no parece tan pobre y está en un barrio pobre de Monrovia: calles de tierra, casitas de material mezcladas con chozas de madera, mucha gente en la calle aunque son las tres de la tarde y el calor es perfecto. En la casa hay dos chicos de dieciocho que fueron soldados desde los diez hasta los hasta los diecisiete. Los ejércitos de los "rebeldes" estaban llenos de chicos -y recuerdo que Kapuściński me dijo alguna vez que los chicos soldados son los peores, los más violentos, los más desalmados. Los dos usan lo mismo: pantalón corto, chancletas, musculosa, su variedad de músculos. Y me dicen que ahora se aburren, que no saben qué hacer, no tienen nada. Antes era mucho mejor, me dice uno: entonces sí que la pasábamos bien, podíamos agarrar todo lo que queríamos.
-¿Qué cosas?
-Lo que queríamos, ropa, comida, mujeres, plata, todo lo que uno siempre quiere. Y si alguien no quería, pum, lo matábamos.
El tipo tiene un cuerpo increíble, sonrisa ancha, las manos más anchas todavía, ningún respeto por lo políticamente correcto. Cuando le pregunto qué quiere ser en la vida me dice que marine americano, porque ésos sí que tienen las mejores armas y pueden matar sin que nadie les diga nada, ojalá algún día pueda ser un marine americano.
-¿Y cómo te sentías cuando matabas a alguien?
Le pregunto al otro, un chiquitito de pura fibra, ojos muy afilados. Se lo pregunto compungido, hablando bajo, con ese tono correcto compasivo de quien entiende que es duro hablarte de este momento tan difícil pero qué se le va a hacer, no queda más remedio, es por el bien del mundo ya sabés, es bueno que se digan estas cosas.
-Goooood!
Dice el chico soldado, un alarido.
-Good?
-Yeah. Cuando matás a alguien es que el tipo te pudo matar. Entonces vas y lo matás vos, es tan bueno, te sentís tan genial.
Los chicos la están pasando bien: recuerdan los buenos viejos tiempos. Se ríen mucho, se entusiasman, gritan; sólo se quejan de que cuando estaban en la selva casi no tenían mujeres porque tenían que llevárselas todas a su comandante. No sabe lo que cogía ese hijo de puta. ¿Y qué fue de él? Un día lo tuvimos que matar. ¿Cómo que lo tuvieron que matar? Sí, se había vuelto loco, si lo dejábamos seguir nos iba a matar a todos.
-Fue una lástima, era un buen comandante.
Dice el grandote; cuando habla consigue que el inglés parezca una mezcla de swahili y picapiedras. Les pregunto si no tenían miedo de morirse y me dicen que no, que nunca tienen miedo de nada porque uno se muere cuando tiene que morirse, nunca antes, y entonces para qué sirve tener miedo. Todo parece tan perfecto que les pregunto por qué no vuelven a la selva. Me miran como se mira a un caso perdido: porque no hay guerra, man, si hubiera claro que volvíamos. Pero no pierden la esperanza, me dicen, de que en algún lugar, aquí o en otra parte, alguien les dé otra chance.
-Siempre hay alguna guerra que necesita buenos soldados, man, ya nos va a llegar, no te preocupes.

Yo no pensaba preocuparme.

Pero los cuarteles abandonados no tienen techo. Hace unos meses, me cuenta James, cuando disolvieron el ejército porque era una amenaza, los soldados despedidos decidieron que todo lo que había en los cuarteles era suyo y se lo llevaron. Incluyendo los techos.

Así es la vida que tienen, la que tienen, la única que tienen. Yo me paso la vida tratando de hacer la mía interesante, de que valga la pena, de que no se me escurra agüita tonta entre los dedos, y ellos -ellos son tantos, dos tercios, tres cuartos de las personas que viven en el mundo- se la pasan tratando de comer: de alimentarse hoy y despertarse al día siguiente. Ésa es la verdadera división en clases, la más terrible división en clases: los que nos preocupamos por qué vamos a hacer mañana, los que se preocupan por cómo van a comer mañana. Y eso es lo cruel del África: que te lo muestra demasiado. África es obscena, en el sentido más estricto. O pornográfica, si aceptamos que algunos se calientan con estas cuestiones. Si no hubiera triunfado la estúpida corrección política, americanos y europeos y otros varios podrían organizarse tours a Liberia, a Etiopía, a Zambia, a Mozambique para gozar con esa diferencia: corona de sus éxitos. Aunque ya lo hacen, a menudo, vergonzantes, cuando ponen cien dólares o unos euros para los chicos africanos, el hambre en el planeta, el sida en blanco y negro.
Lo cruel, tremendamente cruel del África es que te dice fuerte lo que sabés bajito: que el mundo es una mierda. Y que aceptarlo nos cuesta tan poco.

Martín Caparrós, Una luna

Bafici miércoles, 13 de abril de 2011

por eso, lo vi y le dije, pero che es ésta la guía nueva, el amarillo pro de a poco se va adueñando de todo el lugar, y marilinda 59 años de belgrano sacando como veinte entradas, pero cómo se agotaron para los marziano, hola jorge, sí, al final saqué para la de hendler, los pibes de atrás hablan de herzog como si fuese spielberg y de vincent gallo como si fuese tom cruise, ¿snob yo? snob vos, me dirás mientras te pedís un caffe latte en starbucks y ahí no hay lugar para sentarse porque todos se pidieron alguna boludez de veinte mangos y después robaron wifi para escribir la reseña en su mac book pro, porque no es sólo la entrada sino el café, la gaseosa, el taxi que te lleva hasta tu casa porque es una mac viste y uno no puede andar paséandola por el abasto, me dijeron que hay muchos peruanos, me voy a sentar acá en la alfombra hasta que venga el guardia, ¿tenés uno de esos catálogos? y no, no me banco más la música funcional del shopping, che pero después estas películas se estrenan y nadie las va a ver, ¿qué pasa? sabés que pasa, sebastián -o hernán, que también nombre de gente que asiste a festivales- es un poco como la revista orsai, la gracia está en la escasez, la exclusividad, el ser parte, no sé, para mí que pertenecer tiene sus privilegios, ya lo decía godard, o la american express, ya no me acuerdo, vi tanto cine rumano que ya me marée, ah pero la de béla tarr, qué gusto béla tarr, es un lujo béla tarr, yo estuve acá, yo la reseñé primero, yo tengo esta credencial que es la roja que me da acceso acá, allá, sí la tengo en facebook, está buena, cómo que hoy no hay descuento, cómo que no puedo pasar, pero si son tres y cinco, uh y antes de entrar hay que tirar el café de havanna, hay que tirar la gaseosa, hay que tirar todo y volverlo a comprar en el hoyts porque sino viene la policia, por ahi la metropolitana, a decir que estamos violando la propiedad del dueño del lugar, o sea pochoclín, y si no cumplen les hundimos las táser en los huevos, eso me dijeron, bah, eso escuché, qué onda el corte amélie, ahora la moda es estar en contra del corte amélie, este año está de moda que te guste el bafici, o al menos ir y quejarse, bueno, mejor entro porque esta dura tres horas y dicen que no tiene diálogos, la idea es salir, escribir después en el blog que estuvo fantástica, tirar algún adjetivo onda bucólico o los silencios, cuánto dicen los silencios, por ahí es una metáfora sobre la incomunicación, como iñarritu pero de sri lanka, a ver si un dia me llaman de variety, no sé, se me ocurrió, ¿apago el blackberry? otro tiempo muerto, cuántos turistas, y este de dónde será, tiene cara de oriental pero no sé cuál oriental, por ahí voy a una de las charlas, ¿cómo es ese? no, señora, no hay cine comercial esta semana, no tengo carnet de estudiante, no sé de qué trata, la del mapache ciego, yo escuché que había de un mapache ciego, ¿alguien sabe qué pasa con la del mapache ciego? se hizo tarde de nuevo, dale que no nos van a dejar entrar, me contaron que la de moreno es una garcha, si, película de estudiante de cine, bueno, vamos, que frío que hace en la sala, qué puntaje le voy a poner a esta, bueno, no sé, pasan cosas, o no pasan cosas, pero qué calor en la calle, creo que me equivoqué de salida, a ver dónde hay un taxi, no, no tengo una moneda amigo, la puta madre, donde hay un taxi, yo en la calle y la mac

Fin del mundo jueves, 3 de febrero de 2011

"¿Vos creés eso del 2012 y del fin del mundo?", dispara la turista, una rubia rellenita de unos veinte años. La pregunta me saca de la modorra del mediodía, mientras espero mi turno para pedir 100 de queso y 100 de jamón en una despensa marplatense sobre la calle Entre Ríos.
"Sí, claro que sí. Le tengo un re miedo al 2012", responde la empleada, una muchacha de la misma edad y pelo morocho, mientras corta salame. "O sea, no que se va a terminar el mundo ni nada, pero sí que va a pasar algo grosso. Escuchame, con todo lo que le hicimos al planeta..."
"Al menos le voy a tener miedo al 12/12/12"
"Yo el 11 de diciembre, no sé qué voy a hacer, todo el día con miedo voy a pasar"
Termina de cortar.
"Bueno, si no pasa nada nos vemos en 2013...", se ríe la turista.
"Dale, cualquier cosa voy a seguir acá, con la máquina de fiambre", le dice la empleada

Mejor no hablar de ciertas cosas martes, 13 de julio de 2010

Volvía del diario a mi casa en el Subte D. Iba parado, había mucha gente. A la altura de la estación Callao sube un buen grupo de militantes religiosos, los autoconvocados que fueron a la marcha "en defensa de la familia". Las caras tan obvias que son casi torpes: mamá treintaypico tostada, papá Cardón, nena diecisiete pelo largo lacio tantas navidades y ninguna noche buena, hermanita menor que no entiende una goma pero le encajaron un globo naranja y entonces.
A la misma altura se sube un flaco con un amplificador y varios instrumentos. Se presenta como Fermín y se acomoda, como puede, al lado de dos militantes de naranja. El primer tema arranca cuando el pibe pone su boca en el micrófono y susurra: "Yo solo quiero hacerte el amor". El amplificador extiende sus vocales por varios vagones. Las caras de las pro-familia son impagables.
Continúa un segundo tema, de Pappo, y el muchacho anuncia en tono Fito Páez un "break" para pasar la gorra. Se topa con una de las chicas que porta un cuellito naranja y uno de esos palos inflables con la inscripción FAMILIA = MAMÁ + PAPÁ. El flaco pone los ojos en blanco, se da vuelta, sigue juntando monedas y billetes. "A ver los moralistas si me dejan pasar", dice. Pero lo mejor todavía estaba por venir.
El tercer tema es el apropiadísimo "Mejor no hablar de ciertas cosas", de Sumo. Lo canta entero y para la coda el "¡No!" que gritaba Luca Prodan se transforma en una seguidilla de slogans: "No a los homofóbicos. No a los machistas. No a las mujeres más machistas que los machistas". Hay algunos aplausos y los de naranja, tan contentos entre ellos, de repente no saben dónde meterse.

Protestas jueves, 27 de marzo de 2008



Salí de trabajar pasadas las ocho de la noche. Tenía para caminar unas diez cuadras hasta Cabildo, y ni bien el viento post-tormenta me pegó en la cara comencé a escucharlos. Tímidos, dispersos, pero cacerolazos al fin. Doblé la esquina y comencé a caminar por Juramento, mientras el oído me fue orientando hacia la fuente de las protestas: departamentos en cuartos, quintos, sextos pisos de aquella zona del Bajo Belgrano.
La protesta era bastante aislada, asíque cada tanto me volvía a concentrar en la vereda. Unos pisos más abajo, sin televisores en los que seguir la noticia, familias cartoneras restacaban lo que podían de los tachos de basura. La madre del grupo familiar llevaba puesta una musculosa verde, gastada, pero por algún motivo me imaginé que no fue en apoyo al lock-out campestre --como propuso algún publicista amateur. Pasando las vías, la hija de la boliviana que vende verduras hacía su tarea en un cuaderno como podía -porque estaba bastante oscuro. Llegando a Cabildo, apareció la anciana que, tapada con mantas, pedía por favor una moneda. Quizás sobreviva al invierno.

***

Subí al 59 y me puse a leer los apuntes de la facultad. Adelante mío se sentó una chica de unos veinticinco años. De repente, la chica levantó la vista y reconocío a una amiga a la que no veía hacía mucho. Qué hacés, cómo andás, qué es de tu vida. Me interesan ese tipo de charlas: las personas que se ponen al tanto después de mucho tiempo tienen que presentar sus vidas en tres minutos: un ejercicio interesante.
- Che, ¿y en dónde estás?
- En Garbarino
- ¿Y cuánto ganás?
- Y... Con presentismo, mil cien.
- Pero eso es... ¿por seis horas?
- No, ocho -dijo, y se encogió de hombros, antes de bajar la vista.

***

Para cuando me bajé, ya había pensado en algunas personas más con motivos para ir a protestar a Plaza de Mayo. Ojalá pudieran.

¿Quién es el nuevo galán? lunes, 3 de marzo de 2008

El Twingo chocado avanzaba por la Panamericana y la gran ciudad empezaba a quedar atrás. El clima anunciado para la costa no prometía maravillas -de hecho ya se estaba poniendo feo el asunto- pero a veces gana lo más simple, como un alojamiento gratuito y el querer huirle a lo cotidiano. Y en eso andábamos los tres mientras en el auto sonaba Ace of Base grabado en un CD conectado al pasacasette gracias a un viejo casetito adaptador.

Al volante iba Agus, tirando papeles por la ventanilla del acompañante porque la suya no bajaba. (El auto acababa de pasar una verificación técnica oficial y solo acusaba un ruidito extraño, lo cual era una enorme mejoría con respecto al 505 con el que habíamos ido a la costa en enero para luego comprobar que tenía una "autonomía sin necesidad de grúa" de 150 kilómetros.) A su lado viajaba quien suscribe, que continuando un chiste interno marcaba la presencia de los patrulleros al grito de "eh gato" o algún insulto marginal equivalente. En el asiento de atrás viajaban los bolsos -mochilas con tres mudas de ropa- y Felipe -alias El Tio-, que cámara en mano registraba las curiosidades del viaje, como por ejemplo la colectora inundada por la que intentamos pasar (nos mandamos detrás de un camión que nos separaba las aguas mientras El Tío gritaba "¡es Moisés, es Moisés!") y el corte de ruta que nos tuvo clavados tres horas y media en el kilómetro 35.

El Twingo de Agus era un modelo anfibio, no sé si sabían

Autos anfibios 0 kilómetro

La próxima nos llevamos el DVD portátil para el embotellamiento

Ehh rati cobani ehh loco ehh gato

Miramar a esta altura del año y con la pesada lluvia que caía era casi una ciudad fantasma, así que el primer día nos encontró viendo el DVD de la superlativa The Host (que a Agus no le gustó por "bizarra", punta de lanza para todo un debate sobre las reglas de lectura) y algunos partidos de Primera División. Agus estaba en modo "Pedro Picapiedra recién llegado del laburo", viendo TV con las patas arriba de la mesa y lanzando ocasionales pedidos de comida que sonaban como cuando Pedro dice "¡Vilmaaa!". La Vilma de este viaje resultó ser Felipe, que no solo hacía la comida sino que también hacía las compras y lavaba la vajilla. Este servidor, mientras tanto, se ponía el delicioso soundtrack de Kill Bill y Felipe, entusiasmado, servía la mesa cantando "Malagüeña Salerosa".

Esto es vida (burguesa). Nótese los cigarrillos, las botellitas de Stella Artois, la TV 29 y la incipiente buzarda del muchacho Felipe

Buena vista social club

A la noche salimos a la peatonal para comprobar la teoría que sostiene que, en Miramar, quienes cumplen los 15 años son obligados a irse de la ciudad y solo se les permite regresar al cumplir cuarenta. Aburridos, a la una de la mañana agarramos el Twingo y vencimos la niebla y el estado monstruoso de la ruta provincial número uno para llegar a Mar del Plata en tiempo récord, y salimos a un buen bar/boliche. Algunos terminaron la noche un poco más arriba, incluso. Regresamos a "la ciudad de los niños" a un horario más bizarro aún, y cerca de las seis de la mañana comenzó el campeonato de siesta que tuvo por claro ganador a Augusto, que marcó 8 horas 30 y se despertó pasado el mediodía para poner, una vez más, al fútbol televisado. ¿Un sábado a la mañana? Claro: Agus -no conforme con el partido de Arsenal de Sarandí del día anterior- encontró el partido del otro Arsenal, el de la Premier League.

Agus durmió como un chancho todo el viaje

Le siguió un almuerzo gasolero con sendos sandwiches de jamón, queso y tomate y la promesa de meterse al agua sin importar el frío o el clima. El día resultó ser el menos peorcito de la semana, asíque a los diez minutos estábamos toalla en mano y pies en la arena. Dejamos las cosas y corrimos al agua, previo establecimiento de una multa para quien arrugara y no se metiera. El agua estaba... como decirlo... congelada. Tan fría que parecía caliente, o que ya no sabíamos qué parecía, porque no sentíamos nada. Algunos gritos medios histéricos y a los cuatro minutos ya estábamos afuera, secándonos al sol que amagaba con salir.

Cumplida nuestra misión volvimos a La Feliz, esta vez refugiados en la casa del tío de Agus, en donde la previa de la cena incluyó un Carrera de Mente Turista y algún comentario a propósito del peluche de Winnie Pooh que parecía un levantador de pesas de la Unión Soviética. Nueva salida a la noche para terminar, otra vez, descosiendo el colchón a puro ronquido. El domingo nos despertamos cerca de la una, desayunamos unas Variedad con Coca-Cola y emprendimos una vuelta a casa que incluyó todos los climas conocidos en Occidente y más canciones en CD que pusieron en tela de juicio nuestras orientaciones (piensen en una seguidilla del tipo "Girls just want to have fun" - "Lovefool" - "Just a girl"). Aunque la canción oficial del viaje fue la cortina de la serie "Harvey Birdman, Abogado", que a continuación reproducimos en su versión a capella cortesía del Trío Salchicha:

¡$alud! martes, 2 de octubre de 2007

Los institutos de salud privados tienen ese nosequé que me incomoda. Seré yo el extraño, pero me da un poco de cosa ver a las dolencias y a los remedios tan cerca de la caja registradora. Y qué decir de la absoluta preeminencia de La Tarjeta de la Prepaga, llave indispensable para alcanzar el fin de los sufrimientos. La salud y los billetes, juntos, me dan un poco -sólo un poco- de asco.

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Mi médico de cabecera es pediatra y yo, por costumbre, sigo yendo. Además el asunto que me convocaba -una suerte de quiste o similar- era de índole dermatológica, y el tipo además de pediatra era, justamente, dermatólogo. Pero se notaba que hace mucho que no iba: el público presente en la sala de espera era ya groseramente más chico que yo. Mientras en la tele pasaban Bambi 2 yo estaba leía unos apuntes de la facultad.
Cincuenta minutos después mi médico me llama. Jorge es uno de esos que de a poquito la fue haciendo bastante bien en ese sistema. Indudablemente un tipo simpático, y muy memorioso -hace años que no me aparecía y se acordaba todo sobre mi vida-, rápidamente identificó el problema y me hizo la receta para el antibiótico. Sorprendentemente, escribió el nombre del genérico -como corresponde. (Creo que incluso podría escribir un ensayo sobre las relaciones incestuosas entre algunos médicos y las grandes farmacéuticas. Será en otra oportunidad). Dado que la causa que nos convocaba fue breve, y el día ya estaba terminando, la charla derivó hacia temas más relajados. Me preguntó qué estaba estudiando, le dije que estaba haciendo Comunicación. "¿Para ser periodista?" "Claro, periodista". Le conté que me pintaba más el lado del periodismo gráfico.
- ¿Columnista de La Nación?
- Bueno, quizás La Nación no.
- ¡Ah, zurdelli! Bueno, Página/12.
- Ahí puede andar...
Después pensé en comentarle que no todas las plumas de La Nación me disgustaban, pero me parecía que iba a desviarse hacia una discusión que excedía largamente el nivel de charla que podía tener con un doctor un día de semana a las siete de la tarde. Ya tenía lo que había ido a buscar, era hora de comprarlo e irme a casa.

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Zona Vital entra cómodamente en el arquetipo de la farmacia posmo: multirrubricidad, colores vivos y luces varias, gigantografías publicitarias de productos de belleza, más golosinas que en el maxikiosco amigo, y al fondo, ocultos, como quien no quiere la cosa, algunos remedios.
Saco número, llega mi turno, me atiende la farmacéutica. Le entrego la receta. Al rato me pregunta
- ¿Qué marca querés? ¿MaxiYupiMegaUltra A, SuperTremendaPlus B, TurboHiperYeah C...?
- ¿El médico no escribió el genérico ahí? Dame la más barata...
Al rato me la trae. Le pago, me da la factura y el remedio.
- ¿Querés algo más? ¿Bayaspirina, Redoxon, antiinflamatorio?
La miro, extrañado.
- No, gracias. ("No soy de los que automedican")
Busqué rápidamente la salida, no vaya a ser cosa que me ofrezcan alguna otra pastilla en oferta. Estos lugares deben ser la ruina de los hipocondríacos.

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Para más información, y a pesar de las tremendas simplificaciones que uno puede esperar en una película de Michael Moore (cuyo público destinatario es claramente otro), recomiendo ver Sicko. Todavía está en cartel.

Museo del Louvre miércoles, 22 de agosto de 2007

El museo del Louvre es una de las galerías de arte más importantes del planeta. Ostenta una colección increíble de pintura y escultura y recorrerlo entero tomaría una semana entera, o más. Entre los 35.000 objetos artísticos en exposición hay antigüedades egipcias, romanas, griegas, orientales, arte islámico, esculturas, artes decorativas, y -por supuesto- la colección de arte pictórico occidental más destacada del globo. Rembrandt, Rubens, Delacroix, Vam Dyck, Rafael, Poussin, David.
Y sin embargo, el único lugar en todo el museo -visitado por más de ocho millones de personas al año- en donde sufrimos amontonamiento, empujones, largas colas e interminables flashes fue la sala en donde está exhibida la Mona Lisa, de Leonardo Da Vinci.

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Creímos que los franceses se la iban a bancar mejor. Que teniendo en exposición diez mil obras de arte capital ni les iba a hacer falta. Pero se ve que sí: ni bien entramos, notamos carteles por todos lados indicando -ya de entrada, ya sin más, cómo si no fuésemos a buscar otra cosa- dónde encontrar la Mona Lisa. Los cartelitos tenían una reproducción de la pintura y todo, como por si acaso.



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El danbrowninsmo ha hecho estragos acá también. La alta cultura pasada por el inevitable, inescapable, infalible filtro de la cultura pop. Esa cultura que tan bien se lleva con el capitalismo de libre mercado.

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Un guardia jovencito, simpático, custodiaba la sala en donde estaba la obra en cuestión. Estaba prohibido sacar fotos, pero qué mas: flashes de todas las nacionalidades estallaban sin cesar, rebotando contra el vidrio que protegía a la célebre pinturita. Me acerqué al muchacho y le pregunté qué tanto había cambiado la sala desde el libro -y la película- El Código Da Vinci:
- Ahora es mucho peor, la verdad. Y eso que hoy es un día tranquilo -destacó-. Hay días en los que realmente uno no puede entrar a la sala.
- ¿Y no le prestan atención al resto de los cuadros, incluso dentro de esta misma sala?
Miré a mi alrededor: había obras de Rafael, de Delacroix. Digamos que no hacía falta ser un experto, ni mucho menos, para que los trabajos destacaran por sí mismos, que dieran ganas de pararse dos minutos a observarlos.
- La verdad que no mucho. Vienen, le sacan la foto a éste, y se van. La Mona Lisa ya era una obra popular pero después del libro...
Revoleó los ojos. Lo saludé y lo dejé custodiando la obra del momento.



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Escribía Martín Caparrós: "El turismo de masas -gran invento de la segunda mitad del siglo XX- es un problema. Por supuesto, ningún espíritu democrático negaría que está bien que muchos accedan a todo lo posible; la contradicción es que la cantidad arruina a aquello a lo que acceden."

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Mientras publico estas líneas, oigo que el flamante presidente electo Nicolas Sarkozy -en una línea sorprendentemente progre- ha propuesto que los museos franceses sean gratuitos. El mandatario sostiene que las exposiciones rebalsan de turistas extranjeros, y que su objetivo es que los propios franceces -poco interesados por los museos locales- comiencen a concurrir a ellos.

Roma - El Vaticano martes, 21 de agosto de 2007

La ciudad en sí es tan linda como París. Las callecitas, los callejones angostos, las veredas finitas, tienen ese nosequé.



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El problema, claro, es haber caído en una época del año en la que los tanos se van a la mirta, y en la ciudad solo quedan los turistas extranjeros.
Como ya le he comentado a varios amigos, la Fontana di Trevi estaba tan llena de turistas con anteojos oscuros y remeras de Roma y mapas en los bolsillos y mochilas enormes que en realidad la escena me recordaba la interminable y ruidosa cola para sacarse la foto con los reyes magos en el patio de comidas de algún shopping porteño.
Sacamos la foto mandatoria y nos fuimos rápidamente.

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El helado de sandía nunca estuvo tan rico como aquella tarde.

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Último día en Roma (y en el continente europeo), otra visita obligada fue la del Coliseo Romano. Se supone que quedó como una de las marketineras "nuevas siete maravillas del mundo". Ya hablaremos de ello en otra ocasión: por lo pronto nos las vamos a tomar un poco a la chacota. Como sostiene mi amigo Fedefer: "No está muy bien mantenido (le faltan pedazos enteros, y alguien se afanó los maceteros de los vomitorios), pero es famoso y vende. Es el único que conozco personalmente y la verdad, la verdad es una cosa ENORME. Tiene más capacidad que la cancha de Platense. La única objeción que se le podría hacer es que allí se torturó y mató a mucha gente, y encima por diversión. No cierra que un monumento de la humanidad sea un ex-centro de tortura con tribunas. No está lindo. Mejor que hagan un museo de la memoria y dejen la maravilla para otros edificios más nobles."

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El hotel tenía dos metros de frente -y no miento. Al lado tenía una suerte de local nocturno con luces de neón y lap dance. Las piezas medían dos por dos. Como si fuera poco, para darse vuelta en la ducha uno tenía que vencer la peor claustrofobia imaginable.
Y a pesar de todo, la vista desde la ventana era tan linda...



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No vimos al papa nazi por ningún lado. Una lástima.

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Adentro de la cúpula que da a San Pedro había un gift shop, por supuesto. A los calendarios llaveros rosarios gorrita vincha y choripán. La cara que más se veía era la de Juan Pablo II. El nuevo todavía no pagó derecho de piso, me parece.
Le quise preguntar al que atendía quién de los dos papas vendía más, pero después me dio un poco de cosa.

Varsovia miércoles, 15 de agosto de 2007

Al aterrizar en Varsovia venía con las expectativas relativamente bajas. Pensaba que a nivel estético las ciudades jóvenes de Europa del Este, sometidas a cincuenta años de realismo socialista, iban a empalidecer frente al esplendor aristocrático, medieval y/o antiguo que ostentaban otras capitales de Occidente. Pero la verdad que la primer nochecita, caminando por las callecitas cerca de la Ciudad Vieja, me di cuenta que esta parte de la ciudad, esta parte del paseo, no tenía nada que envidiarle, por caso, a las mejores calles de Barcelona.

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Día de niebla en Varsovia. A lo lejos se vislumbra el Palac Kultury i Nauki (Palacio de la Cultura y de la Ciencia), un bondadoso regalo de papá Stalin al pueblo polaco, por entonces uno de sus satélites soviéticos. Pero hoy, más que por la niebla, el palacio está tapado por las coloridas banderas del Mc Donald's local y entonces la metáfora se vuelve demasiado obvia, casi torpe.



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Al día siguiente fuimos al terreno que hace siete décadas fue la casa de mis bisabuelos, en pleno centro de Varsovia. De la casa que tenían, bombardeo nazi de por medio, no queda nada. En su exacto lugar hoy vemos una vereda repleta de puestitos precarios. Un polishopping -un bolishopping polaco. Venden souvenirs, gorritas y recuerdos de Polonia.

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Llueve en Varsovia y de repente la parte vieja de la ciudad me parece todavía más linda.



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Me decepcionó el goulasch. Pedí especialmente recordando el tremendo goulasch que hace mi abuela Aurora, pero se ve que la nona usa la receta croata, o la húngara. La versión polaca del mismo plato está tres escalones por debajo.

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Pedimos un taxi hasta el aeropuerto. El conductor, un bigotudo muy simpático, nos habló durante todo el viaje. Su entonación en inglés era idéntica a la de Borat.
- You like Warsaw? Is good, is good -insistía.
Nosotros le dijimos que sí, un poco para cumplir y otro tanto de en serio. A medida que recorríamos por última vez la ciudad, nos iba indicando:
- Blue building, built for the students, very cheap. 200 złoty a month.
200 złoty eran algo así como 220 pesos. Nada mal, pensé. Y de vuelta por el Palacio de Cultura:
- This was a gift from Stalin, from Rásha, not good, you know, communist.

Dublin jueves, 9 de agosto de 2007

Aeropuerto de Heatrow, en las afueras de Londres. Los tipos se comieron, en los últimos años, media docena de atentados o intentos de, así que las cosas estaban inquietas.
Pasamos las mochilas por los rayos X, pasan todos menos mi mochila. Aparece un guardia inglés y la abre. Tira una latita de cerveza de medio litro -la regla dice: no más de 100 ml de líquido; afuera mi Axe -por el mismo motivo. Lo del desodorante es una tragedia: comprado en Argentina fueron cuatro mangos, mientras que reponerlo en Europa va a costar unos cinco euros. El momento más tenso de la inspección fue cuando abrieron un estuche negro en donde, se suponía, estaba mi cámara digital. Lo abrieron de a poco, con guantes y detector de metales, pero yo ya sabía que no tenía nada adentro. Cuando se encontraron con el vacío, con el cero absoluto, pensé en el "¡¡Ahaa, pequeña broma!!" de los Simpson. Pero no dije nada.
La verdad de la milanesa es que con tanto viaje encima no tuve ni tiempo de poner cada cosa en su debido lugar. Y es que soy olvidadizo, distraído y un poco irresponsable. No sé por qué me paran. ¿No se dan cuenta? Sería un pésimo terrorista.

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Dublin es una ciudad chiquita, tranquila. Contando los suburbios, debe tener algo más de un millón de habitantes. Me gustan este tipo de ciudades: no tan monstruosas como otras metrópolis (Nueva York, Buenos Aires, París, Londres), y cuyos principales paseos pueden hacerse a pie sin problemas. Quizás resulte aburrida en el largo plazo; por lo pronto, para una visita de dos o tres días como la que hicimos, parece ser la ciudad perfecta.



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Los irlandeses no corren riesgo de perder sus tradiciones. Son muy orgullosos de su folklore y, afortunadamente, sus principales íconos no están a la venta.

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Entramos a la fábrica de Guinness, la célebre cerveza stout irlandesa para un tour guiado. Vamos a pagar la entrada y en el mostrador nos atiende un muchacho joven.
- How many of you?
- Five
- Any student IDs?
- No, but we two are students, from Arshentina
- ¡No jodan! Yo también soy de Argentina
El cambio brusco de idioma y de tono me causó mucha gracia. El pibe se llamaba Sergio, vivía en Monte Grande, y hace un año y monedas que se vino a probar suerte en Dublin. Se queja del clima pero está contento con la ciudad, que es tranquila y tiene una buena movida nocturna. Nos hizo precio y nos deseó suerte. Escuchar un "no jodan", bien argento, en Irlanda... me alegró el día.

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El Clarence Hotel es uno de los hoteles más caros de Dublin. Su dueño es ni más ni menos que Bono Vox. A pedido de mi hermana, entramos a tomar una copa, y después a comer. Digamos que si hasta ahora todos nuestros alumuerzos habían sido el equivalente europeo al menú ejecutivo (plato fijo, relativamente barato) las cosas acá se pusieron pesadas y cuando llegó la cuenta pensamos seriamente en saltar por la ventana.
También resultó curioso notar que los otros comensales parecían calcados del estereotipo de cerdo capitalista que Bono, se supone, intenta atraer hacia sus nobles causas.

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El Trinity College es la universidad más antigua de Dublin, y es precioso. Aunque si le ponemos un poco de imaginación a la cosa yo creo que la sede de Parque Centenario de la UBA no tiene nada que envidiarle. (?)

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Temple Bar es la zona de los bares en Dublin. Hay artistas callejeros, locales abiertos hasta tarde, música y otras actividades. Temple Bar es uno de esos lugares en donde se respira buena onda.
En una de las esquinas un joven dibujante ofrece "Amateur Paintings" y abajo exhibe una gorra en donde pibe una monedita pa' los pencils. Nos dio un poco de lástima y la convencí a mi hermana para que posara. El chico se parecía al pibe de Perfume de Mujer y por el retrato que hizo dio la impresión de que recién iba por el segundo año en bellas artes, pero resultó simpático y nos sentimos contentos de colaborar con su "causa".

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Mi hermana le contó a Sergio que había ido al "hotel de U2" pero que no había encontrado a Bono. "¿Bono? Bono está contando los billetes", nos dijo. Y nos comentó que vivía en una zona muy cheta en las afueras de la ciudad. De todas formas, no esperábamos otra cosa.

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Del séptimo piso de la cervecería Guinness se tenía una vista inmejorable de la ciudad. Y era tal cual la imaginaba desde abajo: tranquila pero activa, poblada pero con espacios verdes, industrial pero ciudada. Un equilibrio genial.

Salisbury - Stonehenge lunes, 6 de agosto de 2007



Ayer a la mañana tomamos el tren con rumbo a Salisbury, una pequeña ciudad a unos 120 kilómetros de Londres. Allí se encuentra una catedral que data del siglo XII, la cual posee el reloj en funcionamiento más antiguo de Europa. Hasta ahí nada especial: un lugar por el cual podríamos pasar si estuviesemos al toque, pero que no merecería semejante desvío en nuestros planes. Lo curioso es que quien ordenó a construir la Salisbury Cathedral en 1223 fue un tal Richard Poore. Para quien no sabe amplío: nuestro apellido es, precisamente, ese. Y lo que es más: mi viejo se llama así -Richard Poore.
Mi prima rastreó hace unos años el arbol familiar y llegó a la conclusión de que eran esos mismos. Los Poore vivieron en Inglaterra durante siglos hasta algunos años después la Segunda Guerra Mundial, cuando abandonaron una Europa devastada y se vinieron para Argentina.
Mientras caminaba adentro de la catedral pensé que era muy loco el hecho de que el viejo del viejo del viejo del viejo del viejo del viejo del viejo del viejo del viejo del viejo del viejo del viejo del viejo del viejo del viejo del viejo del viejo del viejo del viejo del viejo del viejo del viejo de mi viejo haya vivido en Inglaterra hace ochocientos años, haya sido un obispo zarpado y haya construido una catedral en donde todavía se celebran misas todos los domingos. Pero todavía me esperaban más sorpresas.



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En la Salisbury Cathedral hay varias placas recordatorias. Algunas de ellas son la de los Poore. Uno de ellos fue a Sudáfrica como soldado del Imperio Británico; otro peleó en la Primera Guerra Mundial. Pensar en cómo uno llegó a este mundo no sólo depende del ya azaroso cálculo de cómo hicieron los padres para conocerse. A medida que uno va subiendo las variables son aún más increíbles. De cómo una guerra, una hambruna, un accidente, una caída, una enfermedad, se combinaron así -y no de otra manera- para que todo terminara instituido como finalmente se dio. Semejante priorización del factor suerte es angustiante para cualquier ser humano. Por eso nos inventamos teorías, relatos, matrices explicativas, para poder pensar que todo tenía un sentido, para tranquilizarnos al menos por un momento y decirnos a nosotros mismos: tenía que darse así. La expresión más acabada de esto es el pensamiento religioso.
Aunque la actitud opuesta -la celebración del caos, la afirmación de la imposibilidad de explicar- se acerca mucho al todo vale posmoderno.

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Mi viejo estaba muy ansioso y en una de esas esperaba a que alguien lo recibiera calurosamente. Pero cuando le contó al tipo que estaba en la puerta que él también era un Poore, el hombre se limitó a decir "Oh, really?" y avisarle que en todo caso podía combinarle una entrevista con el obispo alguna mañana. Eso sí: el obispo estaba de viaje y volvía el 30. Mi viejo le agradeció, se dio vuelta y nos dijo, irónico, "claro, porque no tengo un carajo que hacer el treinta. Decíle que si no estoy tipo nueve, nueve y cuarto, que empiecen sin mí".

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Igual qué bueno que no se les ocurrió hacer una misa por los Poore, o algo así. Hubiese sido un clavo.

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Volvimos al centro de Salisbury y sacamos un boleto que nos llevaría a Stonehenge. El colectivo salía a las tres: ya eran eran las dos y veinte y todavía no habíamos comido. Decidimos entrar en el primer lugar cercano abierto, que resultó ser un restaurant indio.
Los tipos te recibían de a tres y eran muy atentos. Les explicamos que teníamos que comer rápido y enseguida nos trajeron las bebidas y la carta. Mi viejo se pidió una cerveza india, y se la trajeron en un chopp muy bonito. Pedimos distintos tipos de pollo, todos más o menos picantes, y comimos con ganas porque el hambre nos estaba matando. A las tres menos diez, pedimos la cuenta y mientras todos íbamos agarrando las cosas mi viejo lo llamó al mozo y le preguntó si podía comprar el chopp indio.
- Déjeme preguntarle al dueño -dijo, en inglés binladenesco.
A los quince segundos apareció el dueño, y mi viejo repitió el extraño pedido:
- ¿Cuánto pide por el vaso?
El tipo se río.
- ¿Cuánto me da?
- ¿Está bien 5 pounds?
- ¡Ok! -dijo el indio comerciante, mientras se guardaba el billete de cinco. Agarramos el vaso y salimos del restaurant corriendo como en Little Miss Sunshine. Dos cuadras y estabamos en la terminal, subiendonos al micro que ya se estaba yendo.

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Stonehenge es una de las ruinas prehistóricas mejor conservadas del mundo. El alto rating que ostenta este monumento proviene en su mayor parte del halo de misterio que lo envuelve. Y todos sabemos que el misterio vende: a los arqueólogos, historiadores y curisos de siempre se le suma el equivalente mundial a los que en Argentina miran el canal Infinito.
¿Cómo transportaron las piedras? ¿Las trajo Merlín, el diablo, los extraterrestres? ¿Era un centro arqueológico antiguo? Stonehenge sería como el Uritorco británico. Un poco más vistoso, claro.

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Una joven pareja japonesa está admirando las ruinas de Stonehenge. Al lado suyo, una familia británica (compuesta por mamá, papá y bebé) hace lo mismo. La japonesa mira a la bebé rubia y lanza un grito de alegría. Enseguida, le pasa la cámara a la sorprendida mamá británica y le pide "Picture, picture". ¿Foto de qué? De japonesito y japonesita posando... con la bebé british. Sale la extraña foto y la ponja agradece.Mira a su novio y ambos se ríen.

Londres / 3 domingo, 5 de agosto de 2007

5 de Agosto
Hotel St. Giles
En el hotel seguimos encontrándonos con gente que nos da mucha verguenza ajena. Y estoy hablando de gente grande, eh. Viejas que se suben al ascensor abrazadas porque una de ellas está pasada de copas y la otra le dice -en inglés- algo así como "recatáte que hay chicos"; hordas de cincuentones que parecen salidos de algún grupo de tupperware y que gritan como estúpidos; viejos de pelo blanco y anteojos que saludan a todos los que se bajan del ascensor, se rien de nada y emanan un holor a Jack Daniels o alguno de sus parientes pobres.
Me quiero ir ya de este reservorio de lunáticos.

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Ayer viajé en el famoso tube de Londres y me di cuenta que si le sumaba la estación de Atocha (la semana pasada) y el Ground Zero (en febrero de 2006), estaba a punto de completar el Terrorism Tour. De haber sabido antes, mi diario de viaje podría haber tenido un título más Pro, del tipo "La ruta de Al Qaeda".

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Mi perdición son las librerías de Tottenham Court Road. Hace unas horas entré en una y me clavé en una obra de tapa dura, un librazo sobre el CBGB. Mi primer pensamiento fue "¡Glorioso! 9,90 libras".
Al toque hice el traspaso a pesos: volví a dejar el libro lentamente sobre la mesa.

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Todos estos días estuve comiendo bien y variado. Como muestra un botón: los desayunos continentales, incluso los que parecen inspirados en un continente pobre, superan con creces a mi rompeayuno porteño cotidiano. Sin embargo, en estas jornadas caminé tanto, pero tanto, pero tanto, pero tanto, pero tanto, que creo que bajé de peso. El jean que me compré hace unas semanas ya me queda grande.

Londres / 2 sábado, 4 de agosto de 2007

3 de Agosto
Hotel St. Giles
"And it's like and her face was like and she would go... it's not that it's bad but she would have lots of boots... sometimes she'll talk like um and it's like ... she's flying tonight... because oh! actually flies, she's crying and it's like..."

En esta interminable conversación entre un numeroso grupo de quinceañeras yanquis en un hotel de Londres, escuché no menos de cien veces la palabra "like" -y no es una hipérbole. Para cuando se fueron a dormir, yo todavía estaba luchando con la clave del acceso a internet.

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La noche en Camden los viernes a la noche es sencillamente gloriosa. Por fin cortamos con la rutina hecha para turistas, y con mi hermana nos fuimos a la noche a ver a una banda under que habíamos escuchado en MySpace y que tocaba en un club por la zona.
Mientras que la salida en París había sido una escapada a un boliche del tipo Wild On, -básicamente un reviente yanqui en donde Francia era solo el decorado de fondo-, la noche en el Barfly fue una experiencia londinense de principio a fin. De lo mejor del viaje, lejos. Prometo una crónica extendida para cuando tengas las fotos.

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4 de Agosto
Hotel St. Giles. Mientras escribo estas líneas hay un hombre sacándole fotos a un grupo de cincuentonas gordas con antifaces rosas. La escena es decadente: lo juro. Yo no sé qué tipo de convenciones se celebran en este hotel, y calculo que no quiero enterarme.

Paris (B-Sides) viernes, 3 de agosto de 2007

Ideología: En casi todos los barrios céntricos de París se ven autos caros -terriblemente caros, escandalosamente caros- estacionados, en la calle, a la noche. En otras palabras: los dueños llegan con la coupé, entran a sus deptos, se van a dormir y dejan su Porsche estacionado en la puerta. Nadie los roba, escupe, raya o toca.

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El boliche al que fuimos era bastante internacional, y nos era más fácil hablar en inglés. Al rato de estar ahí, me fui a quemar la consumición que venía con la entrada. "Got the screwdriver?" tiré, a ver si el negro enorme que oficiaba de barman lo ubicaba. Efectivamente: salió un riquísimo vodka con jugo de naranja. Atrás mío un grupo de orientales bailaba marcha: sentí un poco de gracia y otro tanto de verguenza ajena.

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En París hay líneas de subte que van un poco por arriba, un poco por abajo, y que tienen vagones de dos pisos. Fue divertido viajar en ellos.



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Decimocuarto viaje en subte en cinco días. (Esto de que los taxis no lleven cinco personas nos está cagando la vida.) Mientras esperamos en el andén escuchamos a unos tipos a los que identificamos como típicos argentos. Oído al pasar:
- Nah, no es lo mismo un puto que un homosexual.
- ¿Vos decís?
- Si. Todos los putos son homosexuales, pero hay homosexuales que no son putos.
La alta filosofía seguía su curso y llegó el subte. Subimos, y atrás nuestro, estos dos muchachos. Otra mujer más hablaba español -les preguntó algo- y nos dimos cuenta que todos los que estábamos en ese vagón en ese subte de París éramos hispanoparlantes. Curioso.
- ¿De dónde son? -disparó la mujer, mapa en mano.
Resultó ser que los pibes eran dos uruguayos, y la mina que les hablaba una mexicana. Cada uno alardeó un poco sobre su hogar de nacimiento y preguntó si el otro había ido -la mexicana fue a Punta del Este, los uruguayos a Cancún.
Con respecto al viaje actual, la mexicana comentó que estaba por unos días, porque su padre tenía una casita en el sur de Francia. Los uruguayos la pasaban mejor, parece: según escuché, se vinieron por cuarenta días. La mexicana tenía voz de Doña Florinda:
- ¿Y ustedes estudian?
- Administración de empresas -respondieron los uruguayos, que después -dijeron- se iban a Italia y a Grecia.

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Londres



Lo primero que vi de Londres -pero lo primero primerísimo, lo primero de a de veras, lo primero de en serio- fue que es muy caro. Sólo déjenme decirles que la libra esterlina cotiza a poco más de dos dólares es de decir por encima del 6 a 1.
Londres: contigo, pan y cebolla.

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Londres es, según investigaciones recientes, la segunda ciudad más cara del mundo.

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A veces me aburro con las visitas clásicas -el puente, el palacio, la cabina telefónica. Los locales los consideran cosas viejas, pintorescas pero relativamente inservibles, clásicos para la guilada que viene a gastarse sus buenas libras. De repente me siento con ganas de hacer acá lo mismo que haría un londinense -excepto laburar, claro. El domingo juega el Manchester contra el Chelsea: parece lindo. Pregunto por los tickets. La joda se llama 90 libras -por si no quedó claro, quinientos cincuenta pesos. ¿Conclusión? El domingo a la tarde espero poder verlo en algún barcito. La cerveza no cuesta media luca -todavía.

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Ayer fuimos a comer al restaurant del hotel. La moza, una treinteañera muy simpática, parecía demasiado políglota para haber nacido en algún país anglosajón. Le preguntamos.
Resultó ser que la tal Rocío -así se llamaba- era colombiana, y se vino a Europa hace cinco años. Empezó en Italia, se casó con un tano más o menos guitudo, y hace tres cayó en Londres. Luego se separaron, y ella se quedó acá, laburando de mesera. Cinco años y este trabajo -como la argentina que nos atendió en Barcelona.

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¿Alguien me puede decir quién carajo sacó los shampoos de todos los hoteles de Europa y los reemplazó con inutilizables "shower and hair gels"?

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"¿De compras aquí?", nos pregunta Rocío: "¡Ni forma! Ni para el que trabaja acá. Aquí todo es expensive. Pues ni forma de gastar el sólido aquí", nos advierte.

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Las comunicaciones son un afano. No hay forma de contactarse con la gente que uno quiere si no es dejando un riñón en el camino. Me fue imposible hablar con mi amigo Agus en su cumpleaños y no pude llamar a Juli desde que llegué -suerte que ella compra tarjetas y me viene contactando ella a mí. Pensé que en ese sentido daría más o menos lo mismo irse de vacaciones "lejos" o "muy lejos" -y no.

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Hay cámaras de seguridad por todos lados. Las siglas de CCTV alertan sobre la presencia de un circuito cerrado de vigilancia y los lentes omniscientes invaden la ciudad. Bares, pubs, licorerías, calles, monumentos, plazas y parques están monitoreados de sol a sol, de lunes a lunes. ¿Quién vigila, cómo funciona el sistema? Le pueden preguntar al difunto Foucault.

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No a la 24. Todos los locales que ostentan muchas banderas inglesas y venden memorabilia nacional son atendidas por indios. Guan tisher, ten pauns. Para imaginarse la escena, ver el capítulo en que van a deportar a Apu.

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Del buen dia al bonjour al good morning al por favor al s'il vous plait al please al gracias al merci al thank you al cuanto cuesta al combien coute al how much a la cuenta al l'addition al the check. Hasta ahora venimos bien. Eso sí: no me pregunten cómo voy a hacer en Varsovia.