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Algo sobre el Buenos Aires Herald martes, 1 de agosto de 2017



Tampoco quiero, como Frantz, el héroe de la pieza de Sartre 
'Los secuestrados de Altona', proclamar: 
'Me eché el siglo al hombro y dije: ¡Responderé por él!'

Alain Badiou, El siglo


El Buenos Aires Herald dejó de editarse después de 140 años y no pensaba decir nada.

Sencillo: imaginé que alguien más que sus propios trabajadores iba a encontrar las palabras justas, un requiem para el Herald, y que eso me iba a permitir esquivar el bulto con un mero clic en el botón compartir. Al parecer mi ingenuidad fue excesiva, porque lo que leí en su lugar fue una catarata de comentarios justificatorios. El Herald, dicen cientos de posteos en Twitter y Facebook, cerró porque era un "multimedio cristinista" que "se dejó usar por los K". El Herald, agregan fuentes del Grupo Indalo citadas por La Nación, "no tuvo éxito" a pesar de que la empresa "intentó diversas alternativas para que el proyecto volviera a ser rentable".

No me voy a echar el Herald al hombro porque no soy el Herald, no soy el dueño ni el director y apenas estuve de paso por la redacción el 2,5 por ciento del siglo y medio que el diario estuvo en la calle. Pero tengo dos cosas para decir.


Uno. Los que leyeron kirchnerismo puro y duro es porque no leyeron el Herald. Me permito aclarar la afirmación. Es sabido que el diario, desde 2007, estuvo en manos de empresarios kirchneristas: Sergio Szpolski, Orlando Vignatti y Cristóbal López en sociedad con Fabián De Sousa. Sin embargo, y al menos en los años en los estuve en la redacción de la avenida Paseo Colón, el Herald nunca estuvo realmente en su radar. Lo que significa, entre otras cosas, que el diario -más que el órgano de propaganda kirchnerista que muchos de los que jamás lo leyeron dicen que fue- prácticamente estuvo editado por sus propios trabajadores. Al menos entre 2013-2016, el período que pasé en su redacción, fue un diario de centroizquierda que tuvo como agenda saliente la defensa de los derechos humanos, caiga quien caiga. Esto quiere decir que el diario no sólo editó la mejor nota sobre el nieto de Estela de Carlotto, sino también el Gendarme Carancho de Berni, un reportaje a Belén desde la cárcel en Tucumán o críticas a las dudosas credenciales democráticas de los ministros de Seguridad del entonces gobernador Daniel Scioli. Recuerdo, además, que el medio le dio aire como prácticamente ningún otro a las denuncias contra César Milani. Sintomático de esto es que su última tapa (la que ni sus propios trabajadores sabían que iba a ser la última) critica "el punto de no regreso" del régimen de Nicolás Maduro. ¿Más ejemplos del inexistente ultrakirchnerismo del Herald? Este cronista cubrió críticamente hasta el cansancio el doble estándar del titular del AFSCA, Martín Sabbatella, que vetaba el plan de Clarín mientras aprobaba el de Telefónica. Se desenmascaró a Scioli porque en 2014 su jefe de Gabinete dijo que había docentes que cobraban 44 mil pesos, algo que, demostramos, era falso, lo mismo cuando la provincia de Buenos Aires intentó ocultar la cifra de muertos por las inundaciones. También se cubrió críticamente la distribución de la publicidad oficial, tanto en el gobierno nacional encabezado por Cristina Fernández de Kirchner como en el de Mauricio Macri, por entonces jefe de gobierno porteño. Pero lo más importante de todo es que el diario ni se inmutó cuando Jorge Capitanich levantó esta última nota (en la que revelamos que el multimedios mendocino del ex candidato del PRO Orly Terranova era el tercer grupo que más pauta había recibido por parte del gobierno porteño) o cuando Cristina Kirchner tuiteó contenta la tapa del Herald que analizaba la flojísima denuncia de Alberto Nisman. A los pocos días, tras la muerte del fiscal, una excelente columna de Marcelo J. García con mención en tapa llamaba a Capitanich mentiroso y a Cristina, "commentator-in-chief". Aquellos que emparentan sin más al Herald de los últimos años con cualquiera de los medios favorables al gobierno kirchnerista alimentados en el feedlot de la publicidad oficial (Martín Becerra dixit) deberían aprender a googlear o pasar un poquito más de tiempo en la hemeroteca.


Dos. Me niego a catalogar la muerte del Herald como un problema de mercado, intrínseco al tipo de producto que supuestamente Índalo intentó marketear "sin éxito". Desde la llegada del Grupo (y posiblemente antes), los empresarios o administradores de privilegios que tomaron control del diario no hicieron nada para expandir su llegada al público. La desatención (por no decir el completo abandono) del área comercial con respecto al producto Herald, ya evidenciado en la era Vignatti, se volvió patente tras el desembarco del empresario del juego, pese a la promesa de Francisco "Paco" Mármol, hecha de manera presencial frente a todos los trabajadores de Ámbito Financiero y del Buenos Aires Herald, de que Índalo no venía "a cerrar medios" sino a "potenciarlos". Los hechos demuestran que López y De Sousa compraron un paquete de medios para invertir en algunos, como el canal de noticias C5N, y reventar o dejar morir a los demás. El Herald, se sabe, tuvo nula publicidad y enfrentó gravísimos problemas de distribución. Es mentira que se intentaron "diversas alternativas" para hacerlo viable. El Herald era lo que era por sus trabajadores, quienes en completa soledad -pese al destrato de la oficina de recursos humanos, los atrasos en los pagos, las computadoras con monitores CRT y el nulo presupuesto para viáticos- sacaron todos los días un diario en inglés de 24 páginas con apenas un puñado de periodistas. Y a pesar de todo, la primicia del encuentro entre CFK y Snowden; las primeras palabras del relator de la OEA alertando sobre el decreto de Macri que reventaba la Ley de Medios; la cobertura desde París de la Cumbre del ClimaRossi en pleno furor por la disolución de la SIDE diciendo que la mayor parte de los espías iban a seguir en sus puestos; una entrevista exclusiva a Noam Chomsky, notas de las que todos los que alguna vez pisamos esa redacción nos sentimos muy orgullosos. Y todo eso sin descuidar la cobertura de temas diplomáticos, las noticias sobre la comunidad británica, las entrevistas a expats y las excelentes notas color, como la del cronista que un día se fue a los tours gratuitos en inglés del Gobierno de la Ciudad y eran sólo él y la guía que, me parece, hacían al ADN del diario y demostraban que no estábamos escribiendo un medio para nadie.

El año que viene tendrá lugar en Argentina la cumbre del G-20. Presidentes, ministros, embajadores, economistas y periodistas de todo el mundo llegarán a Buenos Aires para intentar entender a la tercera economía de América Latina. Me pregunto cómo se informarán ahora que el Herald cerró, salvo que tomemos los ocasionales cables de Bloomberg o Reuters como un reemplazo válido al único diario en inglés del país. También me pregunto si no existe "mercado" para un medio de comunicación (impreso o digital, you name it) que le hable a los cinco millones setecientos mil turistas que llegan a la Argentina todos los años, a los argentinos que viven en el exterior, a las comunidades de negocios o a las más de cien embajadas instaladas en Buenos Aires, potenciado con un acuerdo con hoteles, grandes empresas, aerolíneas, centros de convenciones, colegios bilingües, institutos de inglés. Creo haber demostrado que si hoy el país hoy no tiene quien lo narre en inglés no es porque no exista un mercado, sino porque los empresarios que tuvieron la oportunidad de explotar la valiosa marca del Buenos Aires Herald no hicieron otra cosa que ignorarla y maltratarla.

Nada es sagrado martes, 13 de enero de 2015

EN LAS TIERRAS DEL ENEMIGO
por Esteban Podetti


“Papá, ¿puedo jugar con el abuelo?” “Bueno, pero después volvelo a guardar en el cajón”

El humor es degradación. Trabaja con la degradación de los valores, de las personas, del lenguaje y hasta de la autoestima. Al contrario del poeta, que trata de hacer al mundo más bello de lo que es, la misión del humor es rebajar al mundo a un nivel más bajo posible. ¿Por qué? Porque nos hace reir. Porque recordar que nada es tan sagrado nos produce un alivio y (si insistimos en encontrarle un lado noble) de alguna manera nos hermana.
Lo contrario de la degradación es, justamente, el homenaje. El homenaje y la elegía son el terreno del principal enemigo del humor, que es la solemnidad. Y de sus cultores, los recitadores de discursos y los ensalzadores de los valores y los nobles sentimientos. Porque aunque al humorista le gusta sentirse un filósofo o un revolucionario, en realidad es una especie de pibe medio rompepelotas en la edad del pavo: sus enemigos son el jefe tiránico y el dictador, pero también lo son el héroe, el santo, el poeta, el trabajador, la maestra de grado, la madre abnegada y hasta la víctima: la tarea del humor es encontrar el detalle estúpido en la cruzada más intachable y la tragedia más espantosa. En el camino se ofende a un montón de gente y nuestras abuelas nos quitan el saludo, claro, pero esa es la cruz que carga nuestra tarea.
Que un humorista homenajee a otro humorista es completamente contradictorio; va contra la naturaleza misma de nuestro trabajo. El humorista que se presta a un homenaje ha claudicado. Porque entramos a jugar el juego del enemigo (el juego de la frente surcada de arrugas y las palabras altisonantes), con sus armas, sus estrategias y sus ceremonias. He visto suficientes películas de artes marciales para saber que esto es un grave error. Durante un homenaje, el humorista debería ocuparse de lanzar ingeniosas ironías y, si esto no funciona, imitar al difunto con una voz graciosa, o tal vez bajarse los pantalones y mostrar el culo.
Pero claro, somos humanos. El otro día fueron asesinados humoristas por el hecho de hacer su trabajo (sea a causa del fanatismo o de una diabólica estrategia política pro-OTAN, el tiempo dirá) y que yo recuerde es la primera vez que pasa algo así en la historia de nuestro gremio. Y nuestra primera reacción es “¡Homenaje! ¡Homenaje! ¡Duelo! ¡Elegía! ¡Dibujo de lápiz ensangrentado!”
Atribuyamos esta claudicación al shock y el espanto, pero tratemos de recordar que este no es el orden natural de las cosas: Hemos entrado al reino de los plomos alegremente y entregado las armas, la armadura y el rosquete.
¿Qué puedo decir ante esta derrota? Lo único que debería decir un humorista en estos casos: ¡Patapúfete!
(Escribí esto junto al chiste adjunto publicado en Página 12, porque desde luego formo parte del ejército de entregadores del rosquete, quevachaché)

Readymades viernes, 9 de enero de 2015

I do not say that all Muslims are terrorists, but I have noticed that an alarmingly high proportion of terrorists are Muslim. A paranoid or depressive person —of whom we have many millions in our midst— does not have to end up screaming religious slogans while butchering his fellow creatures. But a paranoid or depressive person who is in regular touch with a jihadist 'spiritual leader' is presented with a ready-made script that offers him paradise in exchange of homicide.

Christopher Hitchens, "Hard Evidence", Slate, 16-11-2009

A favor del Estado martes, 24 de junio de 2014

Soros lo está haciendo bien en el ámbito de la enseñanza, en el trabajo con los refugiados y en lo que se refiere a mantener vivo el espíritu de las ciencias teóricas y sociales. (...) Pero la gente de la Fundación Soros tiene esta ética de la maldad del Estado frente a la bondad de las estructuras cívicas independientes. Lo siento, en Eslovenia yo estoy a favor del Estado y en contra de la sociedad civil. Aquí la sociedad civil equivale a la derecha. En Estados Unidos, tras las bombas de Oklahoma de repente descubrieron que hay locos por todas partes. La sociedad civil no es ese precioso movimiento social, sino una red de mayoría moral, conservadores y grupos de presión nacionalistas contra el aborto y a favor de la enseñanza de religión en los colegios. Una verdadera presión que se ejerce desde abajo.

Slavoj Zizek, entrevistado por Geert Lovink, 20-06-95

La tendencia es inherente a la realidad misma sábado, 7 de diciembre de 2013

Si las ponemos juntas, las dos cartas de Engels sugieren que en la ficción la toma de partido declarada es innecesaria (aunque obviamente no es inaceptable), porque la auténtica escritura realista dramatiza por sí sola las fuerzas más significativas de la vida social, va más allá de lo fotográficamente observable tanto como de la retórica forzada de la "solución política". La crítica marxista va a desarrollar más tarde el contepto de "tendencia objetiva". El autor no necesita volcar sus propias ideas políticas en sus obras porque si revela las fuerzas reales y potenciales objetivamente presentes en una situación, de alguna manera ya está tomando partido. Es decir, la tendencia es inherente a la realidad misma; surge del modo de tratar la realidad social más que de una actitud subjetiva hacia ella.

Terry Eagleton (1976), Marxismo y crítica literaria, Buenos Aires, Paidós, 2013, pp. 106-107

La vida es demasiado corta como para jugar al Candy Crush domingo, 29 de septiembre de 2013































I.

La vida es demasiado corta como para jugar al Candy Crush. Algo así pensaba el otro día mientras iba en el 152 y la cabeza me maquinaba a mil pensando en la jornada de laburo en el diario. Pero antes repasaba las preguntas que le iba a hacer a una fuente para otro trabajo. Y antes imploraba no haberme olvidado de llevar nada para la reserva en la inmobiliaria. Si todo sale bien, me mudo en tres semanas, pienso. Me encanta Villa Urquiza pero queda medio en la concha de dios y la idea es estar más cerca del laburo, de las fuentes y, por qué no, de futuros trámites. El burrito sencillo va solito al corral.


II.

El periodista es un ser multitasking. Alguien alguna vez dijo que el objetivo del socialismo es lograr que todas las personas puedan dividir su jornada en 8 horas de trabajo, 8 horas de sueño, y 8 horas de ocio creativo. Claro que para entonces el capitalismo ya había encontrado la manera de organizar el mundo de otra manera: nueve en el caso de los laburos de oficina (considerando la mentira de "la hora de almuerzo", el bocado mal preparado, peor calentado, engullido a las apuradas, como una hora real de descanso), nueve y media en el caso de algunos ejecutivos medios, o diez en el caso de los empleados del shopping, todo esto sin contar lo que lleva ir y volver al trabajo atravesando el coño urbano, ya sea en el Sarmiento de las 7:55 o en el 206 agarrando la Lugones a las 8 de la mañana. ¡Ah! Pero después, el payoff: el tiempo para consumir y disfrutar. Uno le da al sistema pero el sistema también le da a uno, ¿no es cierto? La cola interminable en el Pago Fácil subventilado, el servicio deficiente de Internet, el pago extra decretado unilateralmente por la tarjeta de crédito, y la inexistente señal de telefonía celular, 59 centavos el minuto excedente. Pasando en limpio, la jornada del laburante bajo el signo del capital dice algo así como nueve horas de trabajo puro y duro (promedio ponderado entre las 6 de los trabajadores del subte, la aristocracia obrera, y los diez de la empleada del local de ropas del Alto Palermo que se queda cerrando la caja), dos horas y media de viajes (un tibio promedio al interior de la clase trabajadora; hay quienes pasan mucho más tiempo todos los días arriba de un tren, una combi o un colectivo), una hora de trámites para mantener los servicios pagos y funcionando (un generoso promedio diario). Quedan poco más de 11 horas y todavía hay que ir al supermercado, llamar al plomero, cambiar la lámpara de la pieza, devolverle aquel llamado a Martín. Y dormir. El archivo de Excel cumple la función de un calendario en permanente mutación, amarillo, verde, gris, rojo, según niveles de urgencia. Entrevista JD, off JPP, llamar a AK, insistirle a LT, se va llenando con cuatro semanas de anticipación, como la agenda de un dentista, sólo que en lugar de atender en mi consultorio, soy yo el que termina yendo a todos lados. Jonathan Franzen tira abajo mi estrategia. "Verá más estando sentado en un sitio que corriendo detrás de algo", escribe, y me deja pensando.

III.

El shopping, el Fútbol para Todos y la Playstation como herramientas de control social. No tengo nada contra ellos. En última instancia la rat race exige rat games, ir al queso, sentir la descarga y volver al queso. Para qué nos vamos a poner moralistas, no tenemos más 16 años y ya nos cansó un poco la Escuela de Frankfurt. Pero he aquí la cuestión planteada al principio y a la que llegamos luego de un desvío (o desvarío). Tres años atrás, el uso del tiempo libre -la Frankfurter Schule se cansó de escribir sobre el tema- de este servidor hubiese sido una mezcla entre las salidas con amigos, la destrucción individual de neuronas (cuatro partidos al hilo en el Winning Eleven, un decir) y el ocio creativo: publicar un ranking de mejores canciones de los noventa, ir a ver una comedia sueca de tres horas a un festival de cine, esas cosas que suelen hacer los hiperescolarizados porteños. Hoy, los usos del tiempo libre son radicalmente distintos. En primer lugar, las salidas con amigos se redujeron a un mínimo histórico: los horarios ya no nos combinan tan bien, alguno del grupo aduce cansancio y cancela, en fin, la vida y todo lo demás. Pero hay más. ¿Para qué escribir en el blog si probablemente exija el mismo tiempo y dedicación que una nota de 700 pesos publicada en medios nacionales? ¿Para qué sentarme a ver una película de dos horas cuando podría estar avanzando ese capítulo sin terminar? Decíamos: la vida es demasiado corta para estar jugando al Candy Crush. O al Winning Eleven. O sentarse a escuchar ese CD que te compraste en enero. O estar escribiendo el post sobre los mejores hits de los ochenta. Casi cualquier cosa es improductiva medida con la vara capitalista de la productividad, que avanza como un cáncer sobre la capacidad de disfrute y que, como el camionero de Duel, te obliga a subirte a la ruta y a correr con el camión detrás soplándote la nuca.





























Una de Hitchens jueves, 28 de marzo de 2013

"Very much against my will, the network that broadcast my documentary on Mother Teresa decided to entitle it Hell's Angel, a rather cheap and sophomoric name. And it's under that unfortunate title that it has since been screened at some film festivals and other locales. When I went to introduce it a few years ago at a showing on the campus of the University of Rochester, I was picketed furiously by a group called the New York Lambs of Christ, a distinctly sheep-like organization. But then the police arrived and told me that I'd require a full security escort because some very dangerous criminal elements had been spotted in the crowd. I didn't believe that the Lambs would resort to bloodshed, and declined the protection. So I was amazed to see, as I pushed toward the hall, a gang of hirsute, leather-jacketed roughnecks yelling at me. The penny didn't drop, so I approached them and asked what they wanted. With some awkwardness, they handed me a notarized 'cease and desist' order, claiming that I had violated their trademark. This was the local chapter of the Hell's Angels. Their honor satisfied, they bestrode their bikes and roared away, leaving me clutching the writ and thinking. It's finally happened. Everybody in this country is a fucking lawyer".

Christopher Hitchens, "The Devil and Mother Teresa", Vanity Fair, October 2001

El Papa y Karl Marx jueves, 14 de marzo de 2013


























A mediados de noviembre de 1848, Cavaignac había enviado a Civita Vecchia una flota de guerra para proteger al papa, tomarlo a bordo y conducirlo a Francia. El Papa debía bendecir a la República honesta y asegurar la elección de Cavaignac para la presidencia. Con el Papa, Cavaignac quería captar al clero, con el clero a los campesinos y con los campesinos a la presidencia. (...) Antes de restaurar al Rey, había que restaurar el poder que consagra a los reyes. Abstracción hecha de su realismo: no hay Papa sin la antigua Roma sometida a su poder temporal y, sin papa, no hay catolicismo; sin catolicismo no hay religión francesa y sin religión, ¿qué sucedería a la antigua sociedad francesa?
La hipoteca que el campesino posee sobre los bienes celestes garantiza la hipoteca que el burgués posee sobre los bienes de los campesinos.

Karl Marx (1850), Las luchas de clases en Francia, Buenos Aires, Claridad, 2008, pp. 110-111


Humanity is OK lunes, 11 de junio de 2012

"For me, the idea of hell is the American type of parties. Or, when they ask me to give a talk, and they say something like, ‘After the talk there will just be a small reception’ – I know this is hell. This means all the frustrated idiots, who are not able to ask you a question at the end of the talk, come to you and, usually, they start: ‘Professor Žižek, I know you must be tired, but …’ Well, fuck you. If you know that I am tired, why are you asking me? I’m really more and more becoming Stalinist. Liberals always say about totalitarians that they like humanity, as such, but they have no empathy for concrete people, no? OK, that fits me perfectly. Humanity? Yes, it’s OK –some great talks, some great arts. Concrete people? No, 99% are boring idiots" 

Slavoj Zizek en G2, The Guardian, 11-06-2012

Trabajadores martes, 1 de mayo de 2012

Otra poderosa fuente de hegemonía política es la supuesta neutralidad del Estado burgués. En realidad ésta no es simplemente una ilusión ideológica. En la sociedad capitalista el poder político es por cierto relativamente autónomo de la vida social y económica, en contraposición con la organización política en formaciones precapitalistas. (...) La vida económica en el capitalismo no se encuentra sujeta a una supervisión política tan constante; como comenta Marx, en "el monótono impulso de lo económico"; la simple necesidad de sobrevivir es la que mantiene a hombres y mujeres trabajando, separado de cualquier marco de obligaciones políticas, sanciones religiosas o responsabilidades tradicionales. Es como si en esta forma de vida la economía funcionaria "por sí misma", y el Estado político pudiera por lo tanto retirarse a un segundo plano, sosteniendo las estructuras generales dentro de las que se maneja esta actividad económica. Ésta es la base material real de la creencia de que el Estado burgués es fundamentalmente desinteresado, que sostiene la contienda en equilibrio entre fuerzas sociales en lucha; y en este sentido, una vez más la hegemonía es una parte integral de su naturaleza.

Terry Eagleton (1994), "La ideología y sus vicisitudes en el marxismo occidental"

Feliz día a todos los laburantes.


Sinsentido martes, 1 de noviembre de 2011


























Una experiencia de la humanidad universal, del sinsentido del conflicto en el que se hallan comprometidas las partes, puede tomar la forma de un simple intercambio de miradas que lo dice todo. Durante una de las manifestaciones anti-apartheid en la vieja Sudáfrica, cuando una tropa de policías blancos estaba dispersando y persiguiendo a manifestantes negros, un policía corría detrás de una señora negra, bastón de goma en mano. Inesperadamente, la señora perdió uno de sus zapatos; obedeciendo automáticamente sus “buenos modales”, el policía recogió el zapato y se lo alcanzó; en ese momento, ambos intercambiaron sus miradas y se dieron cuenta de la inanidad de la situación. Después de semejante gesto de cortesía, es decir, después de haberle entregado el zapato perdido y haber esperado a que ella se lo ponga, era simplemente imposible para el policía continuar persiguiéndola para golpearla con su bastón; de manera que, después de saludarla con una inclinación de su cabeza, el policía dio la vuelta y se alejó...

La moraleja de esta historia no es que el policía haya descubierto de repente su bondad innata, es decir, no se trata del caso del bien natural ganando por sobre la formación ideológica racista; por el contrario, el policía era, casi con certeza, en cuanto a su posición psicológica, un racista común. Lo que triunfó aquí simplemente fue su formación “superficial” en los modos de la cortesía. Cuando el policía estiró su mano para alcanzar el zapato, este gesto fue más que un momento de contacto físico. El policía blanco y la señora negra vivían literalmente en dos universos socio-simbólicos diferentes, sin comunicación directa posible: para cada uno de ellos, la barrera que separaba los dos universos quedó por un breve instante suspendida, y fue como si una mano espectral, de otro universo, se introdujera en la realidad ordinaria.

Slavoj Zizek, A propósito de Lenin

Imagen © TheFella

Hay que estar siempre on-line miércoles, 19 de octubre de 2011

por Juan Pablo Ringelheim

























Sería posible hacer una historia de dos regímenes de dominación a partir de los modelos telefónicos hegemónicos.

Hubo un tiempo en que el teléfono ocupaba un lugar central y estable en la casa, como el santuario o la cocina-comedor. Cuando sonaba, los miembros de la familia se entregaban a una sutil carrera, como si llegaran noticias del otro mundo. Alguien preguntaba: “¿Quién es?”. Una voz desde el otro lado respondía: “Soy Ricardo, el doctor”. Un nombre y una función social. Había, entonces, un lugar en la casa desde el cual se hacía una pregunta por el ser, y se encontraba una respuesta con una identidad estable. Y también había otro mundo. Un mundo de plena realización religiosa o política: utópico, del que se esperaba una palabra. Esa palabra, si llegaba, regiría la vida de la familia, hoy diríamos: de modo “autoritario”.

En la actualidad nadie pregunta “¿quién es?”. La respuesta a la pregunta por el ser la devela el CallerID. En cambio se le pregunta “¿dónde está?”. Si antes se decía la identidad, ahora se dice el lugar. Estoy yendo, llegando, subiendo: la obsesión por la localización se da en el contexto de un sistema económico en el cual la valorización del producto se da en el movimiento: te mando el trabajo adjunto, está yendo, modificá lo que quieras, enviámelo, lo retoco y se lo envío a los brasileños. Producir es poner en movimiento. La circulación incrementa el valor, y la policía de los gobiernos neoliberales lo indicó tempranamente: circule.

En aquella casa el teléfono permanecía fijo como el lugar del trabajador en la fábrica. En la actualidad, el teléfono es móvil y el trabajador no permanece sino que se mueve, rota en la empresa.

La identidad ya no la da el nombre y la función social sino el lugar en la red: el nick. Y el nick varía de acuerdo con el contexto, las plataformas, el color de la pantalla; varía como un electorado maleable y “transmediático”, surfeando por las ondulaciones de la prensa amarillo PRO.

Quizás el teléfono fijo correspondía a un modelo autoritario donde un más allá metafísico, religioso o político determinaba las acciones familiares. Ahora aquel mundo fue reemplazado por un lenguaje publicitario que evangeliza acerca de lo veloz y lo viejo, de lo limpio y lo peligroso, lo último y lo off-line.

El riesgo del teléfono fijo era el malentendido. Un silencio de más, una palabra de menos, y ¡clack! El teléfono antiguo dio lugar al corte fuerte, relacionado con el teléfono roto. El riesgo del teléfono móvil es el accidente automovilístico. Un volantazo de menos, y ¡crash! El accidente está relacionado con el caos de tránsito, que es un obstáculo a la libre circulación.

El teléfono fijo imponía el reposo del hablante en una silla y un diálogo amplio. El teléfono celular impone el movimiento, se habla caminando y el lenguaje se contrae hasta el calambre. ¿Hay una pérdida de la capacidad reflexiva? Se dirá que asistimos a un cambio de época que deja atrás toda una cultura de lectura y escritura grave, profunda, que pretendía crear una humanidad más reflexiva, pacífica y libre. Y que ese proyecto basado en la palabra fracasó. Se dirá que quienes fabricaron las bombas atómicas habían concurrido a la escuela y leído textos antiguos y modernos; más aún: un mismo cable telefónico puede haber unido a la antigua Atenas con los laboratorios del Proyecto Manhattan. Esto indicaría que la palabra no es un eficaz antídoto contra la barbarie humana. En cambio, las tecnologías digitales, que serían capaces de prescindir de la palabra, del logocentrismo, darían lugar al nacimiento de una nueva cultura fundada en la cooperación.

Pero las tecnologías como el teléfono celular o Twitter no prescinden de una ilustración pesada. Hay manuales tácitos de instrucción cívica destinados a educar sobre la circulación de mensajitos deserotizados, sin el cuerpo, sin la voz del emisor y el destinatario. Manuales tácitos destinados a educar sobre dónde poner el signo de exclamación, que sería la forma vicaria de los órganos sexuales. La mayor instrucción la dan los discursos acerca de la conexión constante: hay que estar siempre on-line: un servicio de disponibilidad obligatorio. Y hay una onda eléctrica que puede estar uniendo la vibración del celular con el cuerpo que se estremece de pánico por una saturación de la atención.

Claro que los teléfonos celulares pueden ser útiles para derrocar a un tirano en Africa o para coordinar la asistencia a una marcha. Habrá quienes vean en las nuevas tecnologías digitales herramientas de formación de comunidad. ¿Quién podría decir lo contrario? Si hasta lo dice la televisión: Comunidad Movistar.

Macri en calzoncillos o el error de lectura del progresismo lunes, 1 de agosto de 2011
















Nuestra idea predominante y espontánea de la identificación es la de imitar modelos, ideales, fabricantes de imagen: es notorio (en general desde la perspectiva condescendiente "madura") cómo los jóvenes se identifican con héroes populares, cantantes, actores de cine, deportistas... Esta noción espontánea es doblemente engañosa. En primer lugar, la característica, el rasgo con base en el cual nos identificamos con alguien, habitualmente está oculto -no es necesariamente una característica encantadora.

Si no damos la importancia debida a esta paradoja podemos llegar a graves errores de cálculo político; recordemos únicamente la campaña presidencial austríaca de 1986, con la controvertida figura de Waldheim en el centro. Empezando por el supuesto que Waldheim atraía votantes a causa de su imagen de gran hombre de estado, los izquierdistas se dedicaron a probar al público en su campaña que no sólo Waldheim era un hombre con un pasado sospechoso (probablemente implicado en crímenes de guerra), sino también un hombre que no estaba preparado para enfrentar su pasado, un hombre que evadía las preguntas cruciales que se le hacían con respecto a ese pasado, en suma, un hombre cuyo rasgo característico era el rechazo a "contemplar" su pasado. Lo que los izquierdistas pasaron por alto es que era precisamente este rasgo con el que la mayoría de los votantes centristas se identificaban. La Austria de posguerra es un país cuya existencia misma está basada en un rechazo a "contemplar" su tramático pasado nazi -al demostrar que Waldheim evitaba la confrontación con su pasado se destacaba el rasgo de identificación preciso de la mayoría de los votantes.

La lección teórica que hay que aprender de esto es que el rasgo de identificación puede ser también una cierta falla, debilidad, culpa, del otro, de modo que cuando destacamos la falla podemos reforzar la identificación sin saberlo. La ideología derechista, en particular, es experta en ofrecer a la gente la debilidad o la culpa como un rasgo de identificación (...)

Slavoj Zizek (1989), El sublime objeto de la ideologia, México, Siglo XXI, pp. 147-148

Bibliografía para cambiar el mundo jueves, 24 de marzo de 2011


por Fietta Jarque en Papeles Perdidos, 19-03-2011

Marx Lounge es una sala de un rojo intenso, silenciosa, con una larga mesa llena de libros y unos sillones que invitan a quedarse, a leer, a pensar. El artista chileno Alfredo Jaar ha dispuesto esta instalación en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (Sevilla) para hacer visible una selección personal de libros, en torno al eje del pensamiento marxista publicados, en su mayoría, en las últimas décadas. Porque, después de la caída del Muro de Berlín y del fracaso del comunismo, las ideas de Karl Marx continúan incitando ensayos, actitudes y debates entre los intelectuales más lúcidos de nuestra época.

"Todos nos alegramos de que el comunismo, el opresivo estalinismo, se acabara en 1990. Pero veinte años después nos estamos dando cuenta de que el Estado de Bienestar también ha llegado a su fin", dice Slavoj Zizek. ¿Hay soluciones? Lo que viene a continuación es la bibliografía que se despliega en Marx Lounge que nos han facilitado los organizadores. Según Jaar, en ella se contienen todas las ideas necesarias para cambiar el mundo actual. Quien no se anime a leerla toda, encontrará seguramente abundantes y apasionantes títulos para despertar la mente.


Bibliografía de Marx Lounge

Bruce Ackerman: Antes de que nos ataquen.
Theodor W. Adorno: Crítica de la cultura y Sociedad II; Minima Moralia; Crítica de la cultura y sociedad, vol.1; Teoría estética.
Giorgio Agamben: Profanaciones; Homo Sacer. El poder soberano y la muda vida; Medios sin fin; La comunidad que viene; Ninfas; Lo abierto; El choque de los fundamentalismos.
Tariq Ali: Conversaciones con Edward Said; Miedo a los espejos; Bush en Babilonia. Louis Althusser: Marx dentro de sus limites.
Samir Amin: El virus liberal.
Mario Amoros Quiles: Compañero presidente.
Benedict R. Anderson: Bajo tres banderas.
Jon Lee Anderson: Che Guevara.
Perry Anderson: Spectrum: De la derecha a la izquierda en el mundo de las ideas.
Hannah Arendt: Hombres en tiempos de oscuridad; Tiempos presentes; Karl Marx y la tradición del pensamiento político occidental; Eichmann en Jerusalén.
Giovanni Arrighi: El largo siglo XX.
Marc Augé: Los no lugares; Ficciones de fin de siglo.
Alain Badiou: El concepto de modelo; El siglo; Segundo manifiesto por la filosofía.
Mijail Bakunin: Dios y el estado.
Paul Barry: Ser ciudadano.
Georges Bataille: La oscuridad no miente; El límite de lo útil.
Jean Baudrillard: Crítica de la economía política del signo; El crimen perfecto; La guerra del Golfo no ha tenido lugar; La ilusión del fin; Cultura y simulacro.
Zygmunt Bauman: Miedo líquido; La cultura como praxis; Vidas desperdiciadas; El arte de la vida; Mundo consumo; Vida líquida; Trabajo, consumismo y nuevos pobres; El tiempo apremia; Modernidad y holocausto; Identidad; Europa: una aventura inacabada; Libertad; La globalizacion.
Ulrich Beck:La sociedad del riesgo; Un nuevo mundo feliz; Qué es globalizacion; Generación global; El dios personal.
Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim: El normal caos del amor.
Antony Beevor: La guerra civil española.
Miguel Benasayag y Edith Charlton: Esta dulce certidumbre de lo peor.
Juan Benet: El aire de un crimen; Volverás a Región; Otoño en Madrid hacia 1950.
Seylalas Benhabib: Reivindicaciones de la cultura.
Walter Benjamin: Crítica de la violencia.
Peter L. Berger y Thomas Luckmann: Modernidad, pluralismo y crisis de sentido.
Alexander Berkman: El abc del comunismo libertario.
Isaiah Berlin: Karl Marx.
Marshall Berman: Aventuras marxistas.
Hakimtaz Bey: Zona temporalmente autonoma.
Jacques Bidet y Gérard Duménil: Altermarxismo.
Pierre Bourdieu: Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción; Contrafuegos; La dominación masculina; Autoanálisis de un sociólogo.
Gerald Brenan: El laberinto español.
Robert Brenner: La economía de la turbulencia global.
Judith Butler: Mecanismos psíquicos del poder.
Massimo Cacciari: El ángel necesario; Geo-filosofía de Europa.
Hernando Calvo Ospina: Colombia, laboratorio de embrujos.
Elias Canetti: Masa y poder.
Noam Chomsky: El gobierno en el futuro.
Pierre Clastres: Sociedad contra el estado.
Daniel Cohn-Bendit: Qué hacer.
Paul Collier: El club de la miseria.
Guy Debord: Comentarios sobre la sociedad del espectáculo; El planeta enfermo; La sociedad del espectáculo.
Regis Debray: Introducción a la mediología.
Gilles Deleuze: Conversaciones; derrames entre el capitalismo y la esquizofrenia.
Gilles Deleuze y Felix Guattari: Rizoma; Mil mesetas, capitalismo y esquizofrenia.
Jacques Derrida: Márgenes de la filosofía; Universidad sin condición.
Terry Eagleton: Ideología: Una introducción; El sentido de la vida; Los extranjeros.
Jon Elster: Tuercas y tornillos.
Modesto Emilio: Venezuela 10 años después.
Friedrich Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.
Hans Magnus Enzensberger: Migajas políticas; ¡Europa, Europa!; Conversaciones con Marx y Engels; El perdedor radical; En el laberinto de la inteligencia.
Jesus Espasandin Lóopez y Pablo Iglesias Turrion (coords.): Bolivia en movimiento.
Daniel Feierstein: El genocidio como práctica social.
Feyerabend: Revocaciones filosóficas.
Norman G. Finkelstein: La industria del holocausto.
Viviane Forrester: Una extraña dictadura.
Michel Foucault: Sobre la Ilustración; El orden del discurso; El pensamiento del afuera.
Nancy Fraser: Escalas de justicia.
Ronald Fraser: Recuérdalo tu y recuerdalo a otros.
Eduardo Galeano: Patas arriba. La escuela del mundo al revés; Las venas abiertas de América Latina; Vagamundo y otros relatos; Días y noches de amor y de guerra.
Julio García Camarero: El decrecimiento feliz y el desarrollo humano.
Nestor García Canclini: Diferentes, desiguales y desconectados.
Marc Gavalda Palacin: Viaje a Repsolandia: pozo a pozo, por la Patagonia y Bolivia.
Susan George: Informe Lugano; El pensamiento secuestrado; Sus crisis, nuestras soluciones.
Paul Ginsborg: Así no podemos seguir.
Juan Goytisolo: Coto vedado; Ella, elle.
Antonio Gramsci: Bajo la mole; Las maniobras del Vaticano.
Ger Groot (ed.): Adelante, ¡contradígame!
Fredric Gros: Foucault. El coraje de la verdad.
Boris Groys: Bajo sospecha.
Felix Guattari: Plan sobre el planeta.
Suelu Rolkik: Micropolítica: cartografías del deseo.
Sergio Guerra y Alejo Maldonado: Historia de la revolución cubana.
Diego Guerrero: Un resumen completo de El capital, de Marx.
Ernesto “Che” Guevara: Diario de Bolivia.
Pepe Gutiérrez-Álvarez: Un ramo de rosas rojas y una foto.
David Harvey: La condición de la posmodernidad.
Robert Harvey: Los libertadores.
Guy Hermet: Populismo, democracia y buena gobernanza.
Fernando Hernández Sánchez: Guerra o revolución.
Diego Hidalgo: Europa globalización y unión monetaria.
Tom Hodgkinson: Cómo ser libre; Elogio de la pereza.
John Holloway: Cambiar el mundo sin tomar el poder.
Fredric Jameson: Documentos de cultura, documentos de barbarie; Las semillas del tiempo; Una modernidad singular.
Robert Kagan: El retorno de la historia y el fin de los sueños.
Mary Kaldor: La sociedad civil global: una respuesta a la guerra.
Ryszard Kapuscinski: El sha o la desmesura del poder; El emperador; Ébano; Cristo con un fusil al hombro; Los cínicos no sirven para este oficio; El imperio; La jungla polaca; Un día más con vida.
Claudio Katz: Las disyuntivas de la izquierda en América Latina.
Naomi Klein: No logo; La doctrina del shock.
Mijail Koltsov: Diario de la guerra de España.
Dirk Kruijt: Guerrillas.
George Lakoff: Puntos de reflexión.
Maurizio Lazzarato: Por una política menor.
Lenin: El Estado y la revolución.
Primo Levi: Trilogía de Auschwitz.
Gilles Lipovetsky: La tercera mujer; La sociedad de la decepción; La era del vacío; El imperio de lo efímero; El crepúsculo del deber; La felicidad paradójica.
Gilles Lipovetsky y Sebastien Charles: Los tiempos hipermodernos.
Enrique Líster: Nuestra guerra.
Karl Lowith: Max Weber y Karl Marx.
Manuel Lucena Giraldo: Naciones de rebeldes.
John Lynch: Las revoluciones hispanoamericanas.
J. F. Lyotard: La condición postmoderna.
Michel Maffesoli: Iconologías.
Herbert Marcuse: El hombre unidimensional.
Juan Marsé: Si te dicen que caí.
Salvador Martí i Puig y David Close: Nicaragua y el FSLN 1979-2009.
Jesús Manuel Martínez: Salvador Allende.
Karl Marx: Escritos de juventud sobre el derecho; Elogio del crimen; A propósito de la cuestión judía; Los debates de la dieta renana; La crisis del capitalismo; El capital; La ideología alemana; La España revolucionaria; Manuscritos de economía y filosofía.
Karl Marx y Friedrich Engels: Manifiesto comunista.
Javier Moro: Senderos de libertad.
Bernat Muniesa: Libertad, liberalismo democracia.
Jean Luc Nancy: La mirada del retrato.
Mary Nash: Rojas. Las mujeres republicanas en la guerra civil.
Antonio Negri: Movimientos en el imperio; La fábrica de porcelana.
Antonio Negri y Michael Hardt: Imperio.
Andreu Nin: La revolución española (1930-1937).
Martha C. Nussbaum: Sin fines de lucro.
Arcadi Oliveres: ¡En qué mundo vivimos!
Luis Ortega: Yo soy el Che.
Amos Oz: Contra el fanatismo.
Thomas Paine: Derechos del hombre.
Peter Pal Pelbart: Filosofía de la deserción.
Raj Patel: The value of nothing.
Thomas Pogge: La pobreza en el mundo y los derechos humanos.
Muruchi Poma: Evo Morales.
Paul Preston: La guerra civil española.
Ignacio Ramonet: Fidel Castro. Biografia a dos voces.
Jacques Ranciere: El desacuerdo. Politica y filosofía.
Gerald Raunig: Mil máquinas.
Jeremy Rifkin: La civilizacion empática; El fin del trabajo.
Eduardo Romero García: Migraciones, fronteras y capitalismo.
Marc Saint-Upéry: El sueño de Bolívar.
Rafael Sánchez Ferlosio: El Jarama.
Yoani Sánchez: Cuba libre.
Jean Paul Sartre: El existencialismo es un humanismo.
Saskia Sassen: Una sociología de la globalización; Territorio, autoridad y derechos.
Cayo Sastre: McMundo.
José María Seco y Rafael Rodríguez: ¿Por qué soy de izquierdas?
Ramón J. Sender: Réquiem por un campesino español.
Richard Sennett: La corrosión del carácter; El respeto; La cultura del nuevo capitalismo.
Jean Serroy y Gilles Lipovetsky: La cultura-mundo. Respuesta a una sociedad desorientada.
Peter Singer: Ética práctica; Repensar la vida y la muerte; Compendio de ética; desacralizar la vida humana; el presidente del bien y del mal.
Peter Singer y Jim Mason: Somos lo que comemos.
Spain Rodríguez: Che, una biografia gráfica.
Gayatri Chakravorty Spivak: ¿Pueden hablar los subalternos?; Muerte de una disciplina.
Pablo Suero: España levanta el puño.
Paco Ignacio Taibo II: Ernesto Guevara, también conocido como el Che.
Goran Therborn: Ciencia clase y sociedad.
Reiner Tosstorff: El POUM en la revolució espanyola.
Alain Touraine: La mirada social.
Leon Trotsky: Terrorismo y comunismo.
Mario Vargas Llosa: Sueño y realidad de América Latina.
Paul Virilio: El accidente original; El cibermundo. La política de lo peor.
Simone Weil: La condición obrera.
Jonathan Wolff: Filosofía política. Una introducción.
Yves C. Zarka (ed.): Deleuze político.
Slavoj Zizek: El sublime objeto de la ideología; Repetir Llenin; Bienvenidos al desierto de lo real; Sobre la violencia; Lacrimae Rerum; En defensa de la intolerancia; Mirando al sesgo; Cómo leer a Lacan.
Slavoj Zizek, Sebastian Budgen y S. Kouvelakis: Lenin reactivado.
Slavoj Zizek, Eric L. Santner y Kenneth Reinhard: El prójimo.

Combatiendo, el capital miércoles, 9 de marzo de 2011

















por Martín Caparrós

Todavía no se animan a sacar avisos en los diarios. Parece que les da como cosa, pero mientras tanto la oferta se difunde de boca en boca: por sólo unos cientos y un poco de paciencia, es posible lanzarse al safari más excitante de la historia. La idea, dicen, se le ocurrió a un galletitero de Munro, pero ahora se difundió y avanza: el comerciante recibe la plata y se hace el oso; el cliente se queda en un rinconcito, cara de nada, y espera: cuando llega el chorro, el cliente saca el magnum 357 y, sin decir ríndete forastero, le pone cinco balas entre los ojos pardos.

A veces el ladrón tarda mucho, días en llegar; a veces, incluso, no llega: los riesgos corren por cuenta del cliente. Pero en general funciona. Y no es fácil encontrar mejores condiciones para practicar caza mayor con blancos casi verdaderos: los ladrones, si están bien vestidos, se parecen mucho a la gente. Después, si alguna vez el tirador corre algún peligro, si alguien le quiere robar el anillo de bodas, va a estar preparado para repeler honestamente la agresión.

–Oiga, éste estaba demasiado gordo.
–Sí, la joda es que se alimentan a fideos.
–Claro, los muy brutos. Espero que la próxima me toque uno más flaco, es un blanco más interesante.

El deporte es el deporte, una escuela para nuestros retoños, la bebida de los pueblos fuertes, y así vamos. El problema es que cada vez hay más que no lo hacen por el placer, sino por el dinero. Lo fuerte es cuando lo hacen por el dinero. Ultimamente, muchos matan para defender los 200 pesos que tienen en la caja, y les parece bien.

Matar para defender los 200 de la caja es demasiado obvio: una metáfora berreta del capitalismo más salvaje. El capitalismo sin ningún disfraz: eso es incómodo.

La historia del siglo es la historia de los disfraces cada vez más lujosos que se fue inventando el capitalismo para subsistir, cuando reclamos y movimientos lo obligaban a disimular su condición: educación, medicina, jubilación, vacaciones, seguro de desempleo, jornadas restringidas, estabilidad laboral y tantos otros. La socialdemocracia, los estados benefactores, los populismos a la peronista son algunas de las formas del asunto. Ahora parece que al estado ya no le da para comprar trapos, y trata de no gastar en disfraces: por eso ha ido privatizando, dejando de disimular, abandonando sus prestaciones. Pero no se esperaba para tan pronto que privatizaran lo que fue el origen de los estados, su razón primera: la administración de la violencia.

En la Argentina, supongo, la idea empezó con los militares de la dictadura: privatizaron la parte de la violencia –las torturas, los asesinatos– que el estado no podía asumir en público. La idea prendió, y ahora buena parte de la seguridad que importa es privada: guardias personales, custodias en barrios e instituciones, policías laborales. Grandes empresas casi monopólicas se hacen cargo de lo que abandona el estado en su naufragio: se apropian de la violencia como se apropian del petróleo o los aviones.

El problema es que estamos en la Argentina, o algo que se le parece mucho, y les ha surgido la competencia del cuentapropismo. Y allí, como los galletiteros no tienen los medios para disimular, el capitalismo se muestra en todo su esplendor.

El menemismo, ya lo dijo Vladimir Ulianov, es la etapa superior del capitalismo: es el capitalismo audaz, desdeñoso, soberbio. Ese capitalismo audaz es el que ponen en acto los almaceneros que matan –y, peor, están dispuestos a morir– para defender los 200 pesos de la caja. Un capitalismo que no necesita disimular nada, que muestra sin tanguita que está dispuesto a matar por la plata a quien sea necesario.

–Mirá, me rompe las bolas tener que matarlo, pero si se llevaba la guita los chicos se me quedaban sin el regalo del día del Niño.
–Ah, no, claro, por los chicos todo.
–Ya lo decía el general: los únicos privilegiados, viste.

Hay una falacia fundadora: que la vida humana es, en sí, por mandato superior, invalorable, más importante que nada. Es falso: vale lo que se quiera pagar, lo que cada sociedad establece que vale –pregúntenle a un americano del siglo pasado cuánto valía la vida de un esclavo negro y podría haber dado cotizaciones muy precisas. Es falso, pero sobre ese mito se asienta la posibilidad de que exista este tejido social. Si queda establecido que una vida de chorro del coño urbano vale 199 con 90, seis pagos con tarjeta, todo se complica. Si los chorros se convencen de que los 200 pesos valen una vida, en una de esas les da por entrar matando: mejor que sea la del otro. Va a ser un problema para algunos, y puede resultar un mal ejemplo, quiero decir: un ejemplo.

El mecanismo capitalista solía ser más astuto: te iban sacando la vida de a poco, en 12 horas diarias 5 días por semana, 11 meses y medio por año, 38 años por vida, y te la pagaban también de a poco, no 200 sino un poco más. Era más pudoroso. Ahora, con el menemismo, la etapa superior del capitalismo, el capitalismo desdeñoso, están tan ensoberbecidos que no tienen tapujos en mostrarse tal como son: que la escuela se la pague el que pueda, que te cure lola, la luz para los iluminados y la vida por 200 pesos. Es interesante que se hayan vuelto tan impúdicos, que se confíen tanto. Se muestran y quizás no se dan cuenta de que se los ve feos, llenos de verrugas, con los pendejos malteñidos de rubio y la prótesis un poco atravesada. Se muestran demasiado. No creo que les convenga. Pero los que saben son ellos.

(julio 1993)

Publicado en Página/12. Recopilado en La patria capicúa


Justicia poética y películas con mensaje viernes, 4 de marzo de 2011

















“But, my dear Sandy, should it ever become known that we've closed our eyes to the deaths, none of us would survive the scandal.”
Arthur Hammond en The Constant Gardener

I. De moralejas y finales felices

A medida que pasan los soportes una tendencia sigue imponiéndose en las narraciones de ficción: la justicia poética, los finales felices. “Creer en la justicia poética, es una forma de creencia como cualquier otra”, explicó alguna vez Mirta Varela. Y agregó: “Yo siempre digo que en Dios no creo, pero en la justicia poética sí. Porque en algo hay que creer, y me parece bastante más entretenida la justicia poética donde el crimen paga, los buenos son buenos y los malos son malos”.

Su postura es válida, y me gusta recordarla porque le escapa al denuncismo fácil. No obstante, si lo pienso un poco, resulta que el “mensaje feliz” me molesta tanto como “el mensaje triste”. Quizás el problema sea –claro– la idea de que las obras tienen que llevar un mensaje. Algunos le atribuyen a Hitchcock una posible respuesta a los amantes de esa estructura: “Para los mensajes está el correo”. Como recordaba Edgardo Gutiérrez, retomando a Adorno
Si se consideran las obras del propio Brecht, se verá que no es el compromiso lo que les otorga calidad, sino las innovaciones dramáticas en las que desembocó el teatro didáctico, que conducían a la destrucción de la unidad de sentido. Es eso lo que constituye su compromiso y no los contenidos de sus piezas que, en el fondo, decían cosas ya sabidas: que los ricos la pasan mejor que los pobres y que reina la injusticia y la opresión en el mundo. El contexto histórico es, pues, un dato esencial y hay que tomarlo como una condición del compromiso.

II. “Un secreto que va a cambiar el destino del mundo”. O no.

Pensaba en cosas como estas cuando el otro día leí la siguiente afirmación:
El concepto de ideología debe ser desvinculado de la problemática “representacionalista”: la ideología no tiene nada que ver con la “ilusión”, con una representación errónea, distorsionada, de su contenido social. Para decirlo brevemente: un punto de vista político puede ser bastante exacto (“verdadero”) en cuanto a su contenido objetivo, y sin embargo, completamente ideológico. Una ideología, entonces, no es necesariamente “falsa”: en cuanto a su contenido positivo, puede ser “cierta”, bastante precisa, puesto que lo que realmente importa no es el contenido afirmado como tal, sino el modo como este contenido se relaciona con la posición subjetiva supuesta por su propio sujeto de enunciación. Estamos dentro del espacio ideológico en sentido estricto desde el momento en que este contenido –“verdadero” o “falso” (si es verdadero, mucho mejor para el efecto ideológico)- es funcional respecto de alguna relación de dominación social (“poder”, “explotación”) de un modo no transparente: la lógica misma de la legitimación de la relación de dominación debe permanecer oculta para ser efectiva.
La cita de Zizek sirve para entender un poco lo que sucede con los cables del Departamento de Estado filtrados por Wikileaks. ¿Cumplen con el objetivo último de "exponer la verdad"? ¿O de alguna manera comparten cosas que sí, al gobierno norteamericano no le gusta que se expongan, pero cuyo conocimiento público, por más escandaloso que sea, no cambia las coordenadas ideológicas de nadie (ni de los gobiernos ni de los pueblos)?

I know what you did to Arthur. I know you killed him.
Michael Clayton


"¿Y entonces?", agregaríamos nosotros.


















III. Saben muy bien lo que están haciendo, pero lo hacen de todos modos


La clave está en que hoy la denuncia, la exposición de una verdad, no alcanza para derrumbar un edificio ideológico. Como dice Zizek
El punto de partida de la crítica de la ideología debe ser el reconocimiento pleno del hecho de que es muy fácil mentir con el ropaje de la verdad. Cuando, por ejemplo, una potencia occidental interviene en un país del Tercer Mundo porque se conocen en éste violaciones de los derechos humanos, puede ser “cierto” que en ese país no se respetaron los derechos humanos más elementales y que la intervención occidental puede ser eficaz en mejorar la situación de los derechos humanos y, sin embargo, esa legitimación sigue siendo “ideológica” en la medida en que no menciona los verdaderos motivos de la intervención (intereses económicos, etc). La forma más notable de “mentir con el ropaje de la verdad” hoy es el cinismo: con una franqueza cautivadora, uno “admite todo” sin que este pleno reconocimiento de nuestros intereses de poder nos impida en absoluto continuiar detrás de esos intereses. La fórmula del cinismo ya no es la marxiana clásica “ellos no lo saben, pero lo están haciendo”; es, en cambio, “ellos saben muy bien lo que están haciendo, y lo hacen de todos modos”.
En un mundo como el nuestro, una cita como la del principio -la improbable carta de un ministro británico admitiendo un crimen- no generaría mayores cambios en la estructura social. Por eso –y no sólo por querer “pasar un mensaje”– es que estas películas no funcionan: en las democracias posmodernas, la exposición de una denuncia no desata el cambio social. “None of us would survive the scandal”, juraba el ministro ficticio de The Constant Gardener. De vivir entre nosotros, le sorprendería el número de sobrevivientes.

Cinco apuntes sobre el humor político argentino sábado, 22 de enero de 2011

Anotaciones al pasar en el colectivo

I.
El humor es, por definición, antiautoritario: subvierte el orden, cruza lógicas. Por eso, el humor kirchnerista (en última instancia y en muchos casos, la defensa del poder político hegemónico) sólo funciona la premisa de que hoy el Estado combate poderes mayores o "corporaciones". (Decía Fontanarrosa: "lo contrario de lo humorístico es lo pomposo", y citaba "todas esas instituciones que son altamente pomposas: el Ejército, la Iglesia, los círculos intelectuales..."). No por nada, la cuenta falsa de Twitter más graciosa es la de Héctor Magnetto (@HEMagnetto). Las cuentas antikirchneristas no funcionan porque cuestionan a los K desde un lugar conservador, antihumorístico -lo cual implica que es posible un buen humor local no kirchnerista. Pero con otras premisas.

II.
El mejor humor es, siempre, de izquierda.

III.
Por todo esto, el humor kirchnerista funciona con muletas (aunque cabe reconocer que, aceptadas esas premisas, conserva un núcleo cuestionador). Y así y todo, funciona mucho más que el humor macrista (o el menemista, en su momento). ¿Cuál sería la gracia de repetir las tesis de una voz política autorizada, políticamente verosímil para buena parte del electorado y, además, la voz del (todo el) poder económico?

IV.
Barcelona es el mejor diario de izquierda del país. No es cierto que "les pega a todos" (un error de lectura muy común, que olvida algunas sutilezas: ¿desde qué lugar lo corre al Gobierno, o sacude a la izquierda? ¿el mismo que Nik?). Lo dicho y lo no dicho en sus páginas permite trazar un contorno ideológico muy subversivo.
Por eso Rudy y Paz funcionan sólo a veces. Por eso Nik es directamente (un) amargo.

V.
No es que los chistes de Nik "no sean graciosos". Nik es directamente no-gracioso (un-funny). El mapa ideológico en el que se mueve -su defensa de las libertades individuales del jefe de familia pequeño burgués frente a los ataques del sindicalismo, los piqueteros violentos y los políticos corruptos- son directamente reaccionarios. El humor reaccionario (aquel que reacciona contra el cambio, que no sacude verdades) es un oxímoron.

Acerca de la incorrección política miércoles, 19 de enero de 2011

¿Me parece a mí o ahora es "políticamente incorrecta" hasta mi tía Carlota?
por Podeti, 30-06-2005

¿No está bien ya de la cosa esa de la "incorrección política"?

¿No como que ya perdió un poquito la gracia como cuando contás muchas veces el mismo chiste o después de contarlo seguís repitiendo el final o haciendo variaciones medio tentado hasta que los que están cerca tuyo dicen "bueno, sí, sí, ya está, se cortó, se cortó"?

¿Cuántos chistes más se pueden hacer sobre negros, judíos, coreanos, homosexuales, villeros, mujeres, jubilados, feministas, madres solteras, bolivianos, cabecitas, travestis, mendigos, mendigos travestis, niños desnutridos, famosos suicidas, ciegos, genocidios, personas con cáncer, con HIV, con Alzheimer, con operaciones, curas pedófilos, estrellas del pop pedófilas, pedofilia en general, organizaciones ecológicas, jipis y violaciones a los derechos humanos, sobre todo teniendo en cuenta que básicamente es el mismo chiste y que el mensaje subliminal es "mirá cómo no me como ninguna"?

¿No está, ya? ¿No nos pusimos medio cargosos? ¿No que ya hace muchos años que dale que dale que dale con lo mismo?

¿Soy el único que se da cuenta de que South Park es básicamente un refrito de Los Simpsons, Ren y Stimpy y Beavis & Butt-Head, sólo que más berreta, más lento y hecho una década más tarde?

¿No es medio una farsa que la famosa "incorrección política" sea un recurso del 95% de los contenidos de internet, que esté completamente instalada en la radio y en la televisión oficial como para que tan tan tan "incorrecta" no se pueda decir que sea?

Si hay algo "incorrecto", ¿no debería ser respecto de una situación general "correcta" que francamente cada vez parece menos general porque todo el mundo se se subió al carro?

¿No es un poco pobre un chiste cuyo objetivo principal es asustar a nuestra abuelita o a nuestra tía socialdemócrata?

¿Nadie sabe que hace TREINTA Y CINCO AÑOS ya existía este hombre, y que hacía más o menos lo mismo aunque con bastante más gracia y elaboración que lo que tenemos que soportar ahora con una sonrisa boba, asintiendo con la cabeza y diciendo "uuuh, qué hijo de puta"?

¿No se aburrieron? ¿No están aburridos, como en esos momentos de desolación en que escuchamos a un amigo de hace treinta años que cuenta la misma anécdota y encima el muy subnormal lo cuenta de la misma manera, sólo que a él se lo perdonamos porque es un amigo muy querido mientras que a un locutor de la Rock & Pop o de MTV no tengo por qué perdonarle nada, con lo que gana encima?

¿No es hora tal vez de volver a los chistes de elefantes o a los chistes esos cordobeses de "no, si vuá ser una cosa o tal otra", tal vez a aprendernos extensísimos cuentos gauchescos de Landriscina, contados muuuuuuuuuuuuy lentamente ante la mirada atónita de nuestros interlocutores que están esperando que digamos algo gracioso sobre una CATÁSTROFE RECIENTE?

A propósito de Fight Club (El Club de la Pelea) domingo, 2 de enero de 2011





















El verdadero amor y la violencia nunca son absolutamente externos el uno al otro: a veces, la violencia es la única prueba de amor. El club de la pelea de David Fincher, un logro extraordinario para Hollywood, trata sobre este nudo entre amor y violencia.

El insomne héroe de la película (Edward Norton) sigue el consejo de su doctor y, para descubrir cómo es el verdadero sufrimiento, comienza a visitar un grupo de autoayuda de víctimas de cáncer. Sin embargo, pronto descubre que tal práctica de amor al prójimo descansa en una posición subjetiva falsa, y se involucra en un ejercicio mucho más radical. En un vuelo, se encuentra con Tyler (Brad Pitt), un joven carismático que le explica la nulidad de su vida, llena de fracasos y de la cultura vacía del consumo, y le ofrece una solución: ¿por qué no pelear entre ellos, pegándose hasta quedar deformes? Gradualmente, se desarrolla un movimiento entero a partir de esta idea: se llevan a cabo peleas nocturnas secretas en los sótanos de los bares por todo el país. El movimiento se politiza rápidamente, organizando ataques terroristas contra grandes corporaciones.

En el medio, hay una escena intolerablemente dolorosa, digna de los más bizarros momentos de David Lynch: a fin de obligar a su jefe a que le pague por no trabajar, Norton se tira al suelo en la oficina, pegándose hasta sacarse sangre, antes de que llegue la seguridad del edificio; delante de su jefe avergonzado, el narrador actúa así sobre sí mismo la agresividad de los jefes hacia él.

¿Qué simboliza esta autopaliza? La identificación escatológica del sujeto, que equivale a adoptar la posición del proletario que no tiene nada que perder. El sujeto puro sólo surge a través de esta experiencia de autodegradación radical, cuando provoca al otro a sacudirlo de un golpe, vaciándolo de todo contenido, de todo soporte simbólico que podría conferirle un mínimo de dignidad. Por consiguiente, cuando se golpea delante de su jefe, su mensaje es: “Sé que usted quiere pegarme, pero, usted ve, su deseo de pegarme es también mi deseo, así que, si usted fuera a pegarme, estaría cumpliendo el papel de sirviente de mi deseo masoquista perverso. Pero usted es demasiado cobarde para actuar su deseo, así que lo haré por usted – aquí lo tiene, lo que usted realmente quiso. ¿Por qué está tan avergonzado? ¿No está listo para aceptarlo?”. Crucial es la brecha entre la fantasía y la realidad: el jefe, claro, nunca habría pegado efectivamente a Norton, él meramente estaba fantaseando con hacerlo, y el efecto doloroso de la autopaliza de Norton pivotea sobre el hecho mismo de que él actúa el contenido de la fantasía secreta que su jefe nunca podría actualizar. El pegarse a sí mismo demuestra que el amo es superfluo: “¿Quién lo necesita para aterrorizarme? ¡Puedo hacerlo yo mismo!”. Es así que sólo a través de golpearse primero a sí mismo, uno puede liberarse: la verdadera meta de esta paliza es sacar lo que en mí me ata al amo.

Slavoj Žižek, “A propósito de Lenin”

Qué puede hacer la izquierda jueves, 11 de noviembre de 2010

"La izquierda se enfrenta a la difícil tarea de enfatizar que estamos tratando con la economía política -que no hay nada 'natural' en estas crisis, que el sistema económico global existente se apoya en una serie de decisiones políticas- al tiempo que es plenamente consciente de que, mientras nos mantengamos dentro del sistema capitalista, la violación de sus reglas efectivamente causa fallas económicas, dado que el sistema obedece a una lógica propia".


Qué puede hacer la izquierda
(What is left to do?)

por Slavoj Zizek
New Left Review #64, 2010





















Durante las protestas de este año contra las medidas de ajuste de la Eurozona (en Grecia y, en menor escala, Irlanda, Italia y España) dos historias se han impuesto. La predominante, alentada por el establishment, propone una naturalización despolitizada de la crisis: las medidas son presentadas no como decisiones fundadas en elecciones políticas, pero como imperativos de una neutral lógica financiera: si queremos estabilizar nuestras economías, tenemos que tragar la píldora amarga. La otra historia, la de los trabajadores, estudiantes y jubilados que protestan, ve a las medidas de austeridad como otro intento más del capital financiero internacional de desmantelar los últimos resabios del Estado de bienestar. Desde una de las perspectivas, el FMI aparece como un agente neutral de orden y disciplina; desde la otra, como un agente opresivo del capital global.

Hay un momento de verdad en ambas. Uno no puede dejar de notar la dimensión del superego en la manera en la que el FMI trata a sus estados miembros —los reta y castiga por deudas impagas mientras simultáneamente les ofrece nuevos préstamos, que todo el mundo sabe que no podrán devolver, llevándolos aún más al fondo del círculo vicioso de la deuda que genera más deuda. Por otra parte, la razón por la que esta estrategia funciona es que el Estado que pidió el préstamo, plenamente consciente de que jamás deberá devolver todo el monto de la deuda, espera beneficiarse de ello en última instancia.

Pero si bien cada historia tiene un grado de verdad, ambas son, en el fondo, falsas. La historia del establishment europeo esconde el hecho de que los enormes déficits crecieron por los masivos salvatajes al sector financiero y los ingresos decrecientes del gobierno durante la recesión; el gran préstamo a Atenas será usado para pagar la deuda griega a los grandes bancos franceses y alemanes. El verdadero objetivo de las garantías de la Unión Europea es ayudar a los bancos privados, ya que si cualquiera de los estados de la Eurozona entra en quiebra, ellos recibirán un fuerte golpe. Por otra parte, la historia de los manifestantes refleja una vez más la miseria de la izquierda actual: no hay un contenido positivo o programático en sus demandas, sólo un rechazo generalizado a comprometer el Estado benefactor existente. La utopía aquí no es un cambio radical de sistema, pero la idea de que uno puede mantener un Estado benefactor dentro del sistema. Acá, una vez más, uno no debería perder de vista el grado de verdad del argumento contrario: si nos mantenemos dentro de los confines del sistema capitalista global, las medidas para exprimir más dinero de los trabajadores, estudiantes y jubilados son, efectivamente, necesarias.

Uno a menudo escucha que el verdadero mensaje de la crisis europea es que no sólo el Euro sino todo el proyecto de la "Europa unida" está muerto. Pero antes de firmar su certificado de defunción, uno debería agregar un giro leninista al asunto: Europa ha muerto, sí, pero ¿cuál Europa? La respuesta es: la Europa post-política del acomodamiento al mercado mundial, la Europa rechazada repetidamente en los referendums, la Europa de los expertos y tecnócratas de Bruselas, la Europa que se presenta a sí misma como la fría, matemática, razón europea contra la corrupción y la pasión griegas. Pero, utópico como pueda parecer, aún hay lugar para otra Europa: una Europa repolitizada, fundada en un proyecto emancipatorio compartido; la Europa que dio nacimiento a la antigua democracia griega, la revolución francesa, la revolución rusa. Por eso uno debe evitar la tentación de reaccionar a la actual crisis financiera regresando a los Estados-nación plenamente soberanos, una presa fácil para el capital internacional que circula libremente, que puede enfrentar a los Estados entre ellos. Más que nunca, la respuesta a cada crisis debe ser más internacional y universal que la universalidad del capital global.





















Un nuevo período


Una cosa es clara: luego de décadas del Estado de bienestar, cuando los ajustes eran relativamente limitados y venían con la promesa de que las cosas pronto volverían a la normalidad, ahora entramos en un período de estado de emergencia económica permanente: toda una forma de vida. Junto con ella aparece la amenaza de medidas de austeridad más salvajes, recortes en beneficios, menos servicios educativos y de salud y trabajos más precarios. La izquierda se enfrenta a la difícil tarea de enfatizar que estamos tratando con la economía política —que no hay nada "natural" en estas crisis, que el sistema económico global existente se apoya en una serie de decisiones políticas- al tiempo que es plenamente consciente de que, mientras nos mantengamos dentro del sistema capitalista, la violación de sus reglas efectivamente causa fallas económicas, dado que el sistema obedece a una lógica propia. Entonces, aunque estemos claramente entrando en una nueva fase de explotación, facilitada por las condiciones del mercado global (terciarización, etc), también deberíamos tener en cuenta que esto se impone por el propio funcionamiento del sistema, siempre al borde del colapso financiero.

Sería inútil, entonces, sólo esperar que la crisis actual sea limitada y que el capitalismo europeo continúe gareantizando un estándar de vida relativamente alto para cada vez más personas. Esto sería de hecho una política extrañamente radical, cuyo principal objetivo es que las circunstancias continúen volviéndolo inoperaitvo y marginal. Es en contra de este razonamiento que uno debe leer el slogan de Badiou, mieux vaut un désastre qu’un désêtre, mejor un desastre que un no-ser; uno debe tomar el riesgo de ser fiel a un Evento, aun si el evento termina en un "oscuro desastre". El mejor indicador en la falta de confianza que la izquierda actual tiene sobre sí misma es su miedo a la crisis. Una izquierda verdadera se toma en serio a una crisis, sin ilusiones. Su concepción es que, a pesar de que las crisis son peligrosas, son inevitables, y que son el terreno en el cual las batallas deben ser dadas y ganadas. Por lo cual hoy, más que nunca, el viejo dicho de Mao Zedong es pertinente: "La naturaleza está en completo caos. La situación es excelente".

Hoy no faltan anti-capitalistas. Estamos presenciando una sobrecarga de críticas a los horrores del capitalismo: investigaciones periodísticas, reportes televisivos y best-sellers sobre compañías que contaminan el medio ambiente, banqueros corruptos que continúan llevándose gruesos bonos mientras sus empresas son rescatadas por el dinero público, talleres esclavos donde los niños trabajan largas horas... Existe, sin embargo, un truco detrás de toda esta crítica, despiadada como puede parecer: lo que no se cuestiona, por definición, es el marco liberal-democrático en el cual estos excesos deben ser combatidos. El objetivo, explícito o implícito, es la regulación del capitalismo —a través de la presión de los medios, investigaciones parlamentarias, leyes más duras, investigaciones policiales honestas— pero nunca cuestionar los mecanismos institucionales liberal-democráticos del sistema legal burgués. Esto sigue siendo la vaca sagrada, que incluso las formas más radicales de "anti-capitalismo ético" (el Foro Social Mundial de Porto Alegre, el movimiento de Seattle) no se atreve a tocar.




















Estado y clase


Es aquí donde el concepto clave de Marx sigue siendo válido, quizás más que nunca. Para Marx, la cuestión de la libertad no está en la propia esfera política, tal como sostienen las instituciones financieras cuando quieren pronunciarse sobre un país —¿Tiene elecciones libres? ¿Son los jueces independientes? ¿Existe una prensa libre de presiones? ¿Se respetan los derechos humanos?. La clave a la libertad real reside más bien en la red "apolítica" de relaciones sociales, del mercado a la familia, donde el cambio necesario para una mejora efectiva no es la reforma política, sino una transformación en las relaciones sociales de producción. No votamos quién posee qué, o sobre las relaciones entre los trabajadores y la dirección en una fábrica; todo esto es relegado a procesos que suceden por fuera de la esfera de lo político. Es ilusiorio esperar que uno puede efectivamente cambiar las cosas "extendiendo" la democracia hacia esas esferas, por ejemplo, organizando bancos "democráticos" bajo control popular. Los cambios radicales en este dominio quedan por fuera de la esfera de los derechos legales. Semejantes procesos democráticos pueden, por supuesto, tener un rol positivo. Pero siguen siendo parte de los aparatos del Estado burgués, cuyo propósito es garantizar el el funcionamiento sin trabas de la reproducción capitalista. En este preciso sentido, Badiou tenía razón cuando decía que el nombre del enemigo final no es capitalismo, el imperio de la explotación, sino la democracia. Es la aceptación de los "mecanismos democráticos" como el marco elemental que previene una transformación radical de las relaciones capitalistas.

Fuertemente ligada a esta necesidad de desfetichización de "instituciones democráticas" es la desfetichización de su contraparte negativa: la violencia. Por ejemplo, Badiou propuso recientemente ejercer "violencia defensiva" a través de la construcción de dominios libres, alejados del poder estatal, sustraídos de su dominio (como el movimiento Solidaridad en sus comienzos), y sólo resistiendo por la fuerza los intentos de aplastar y reapropiarse de estas "zonas liberadas". El inconveniente de esta fórmula es que se apoya en una distinción muy problemática entre el funcionamiento "normal" de los aparatos del Estado y el ejercicio "excesivo" de la violencia estatal. De hecho, el ABC de la lucha de clases sostiene que la vida social "pacífica" es sólo una expresión de la victoria (provisoria) de una clase —la dominante. Desde el punto de vista de los oprimidos, la propia existencia del Estado, así como del aparato de dominación de clase, es un hecho de violencia. Similarmente, Robespierre argumentaba que el regicidio estaba justificado no por probar que el Rey haya cometido un crimen específico; la misma existencia del Rey es un crimen, una ofensa contra la libertad del pueblo. En este mismo sentido, el uso de la fuerza por los oprimidos contra la clase dominante y su estado es siempre, en última instancia, "defensivo". Si concedemos este punto, "normalizamos" el Estado y aceptamos su violencia como apenas un problema de excesos contingentes. El slogan liberal clásico —de que a veces es necesario recurrir a la violencia, pero que nunca es legítima— no es suficiente. Desde la perspectiva radical-emancipatoria, uno debería darla vuelta: para los oprimidos, la violencia siempre es legítima —dado que su propio estatus es el resultado de la violencia— pero nunca necesaria: es siempre una cuestión de consideración estratégica el usar o no la fuerza contra el enemigo.

En resumen, el tema de violencia debe ser desmistificado. Lo que estuvo mal con el comunismo del siglo XX no fue su recurrencia a la violencia per se —la toma del poder estatal, la guerra civil para mantenerla— sino su modo más amplio de funcionamiento, que volvió a este tipo de recurrencia a la violencia algo inevitable y legitimado: el Partido como el instrumento de la necesidad histórica, etc. En una nota a la CIA, aconsejándoles sobre cómo desmoronar el gobierno de Allende, Henry Kissinger escribió brevemente: "Hagan gritar a la economía". Algunos ex oficiales de los Estados Unidos hoy admiten abiertamente que la misma estrategia se aplica en Venezuela: el antiguo secretario de Estado, Lawrence Eagleburger, dijo en Fox News que la economía venezolana "es la primera arma que tenemos contra Chávez, y la que deberíamos estar usando: las herramientas para empeorar la economía, de manera tal que su popularidad caiga en el país y en la región". Está claro que en la actual situación de emergencia económica no estamos lidiando con ciegos procesos del mercado sino con intervenciones estatales y financieras estratégicas y altamente organizadas, un intento de resolver la crisis a su favor —y en tales condiciones, ¿no puede haber medidas defensivas?

Estas consideraciones sacuden la cómoda posición subjetiva de los intelectuales radicales, quienes continúan con los ejercicios mentales que los deleitaron durante el siglo XX: la urgencia por volver catastróficas las situaciones políticas. Adorno y Horkheimer vieron catástrofe en la culminación de la "dialéctica del iluminismo" en el "mundo administrado"; Giorgio Agamben definió a los campos de concentración del siglo pasado como la "verdad" de todo el proyecto político occidental. Pero recuerden la figura de Horkheimer en Alemania occidental en la década del '50. Mientras denunciaba el "eclipse de la razón" en la moderna sociedad de consumo, simultáneamente defendía esa misma sociedad como la única isla de libertad en un mar de totalitarismos y dictaduras corruptas. ¿Qué pasaría si, en realidad, los intelectuales llevan vidas seguras y cómodas y, para ganarse la vida, construyen escenarios de de catástrofe radical? Para muchos, sin duda, si una revolución tuviera lugar, debería ocurrir a una distancia segura —Cuba, Nicaragua, Venezuela— para que, mientras sus corazones se regocijan pensando en eventos bien lejanos, pueden seguir avanzando con sus carreras. Pero con el actual colapso de adecuados Estados de bienestar en las economías industriales, los intelectuales radicales podrían alcanzar un momento de verdad cuando deban hacer sus aclaraciones: ¿Querían un cambio real? Ahí lo tienen...

En el dominio de las relaciones socioeconómicas, nuestra era se percibe a sí misma como una etapa de madurez en la que la humanidad ha abandonado los viejos sueños utópicos y aceptaron los contornos de la realidad —es decir: la realidad socioeconómica capitalista— con todas sus imposibilidades. El mandamiento "no podés" es su mot d'ordre: no podés embarcarte en grandes actos colectivos, que necesariamente terminan en terror totalitario; no podés aferrarte al viejo Estado de bienestar, te quita competitividad y lleva a la crisis económica; no te podés aislar del mercado global sin caer preso del espectro del juche norcoreano. En su versión ideológica, la ecología también aporta su propia lista de imposibilidades, llamados umbrales máximos —no más de dos grados de calentamiento global— basados en "opiniones de los expertos".

Es crucial distinguir aquí dos imposibilidades: el real-imposible del antagonismo social, y la "imposibilidad" que subraya el campo ideológico dominante. La imposibilidad es aquí redoblada, sirve como una máscara de sí misma: es decir, la función ideológica de la segunda es ofuscar la realidad de la primera. Hoy, la clase dominante quiere hacernos aceptar la "imposibilidad" de un cambio radical, de abolir al capitalismo, de una democracia no reducida a un juego parlamentario corrupto, para volver invisible el real-imposible del antagonismo que atraviesa las sociedades capitalistas. Este real es "imposible" en el sentido de que es el imposible del orden social existente, su antagonismo constituyente; lo cual no quiere decir que este real-imposible pueda ser abordado o radicalmente transformado.

Es por ello que la fórmula de Lacan para superar una imposibilidad ideológica no es "todo es posible" sino "lo imposible sucede". El real-imposible lacaniano no es una limitación a priori, que debe ser tomada en cuenta de manera realista, sino el dominio de la acción. Un acto es más que una intervención en el dominio de lo posible -un acto cambia las propias coordenadas de lo que es posible y crea, por ende, sus propias condiciones de posibilidad. Es por eso que el comunismo también concierne a lo Real: actuar como comunista significa intervenir en lo real del básico antagonismo que subyace al capitalismo global.























¿Libertades?


Pero la pregunta presiste: ¿Qué significa esta afirmación programática sobre hacer lo imposible cuando nos confrontamos con una imposibilidad empírica, el fiasco del comunismo como una idea capaz de movilizar a las masas? Dos años antes de su muerte, cuando era claro de que no habría una revolución en Europa, y sabiendo que la idea de construir el socialismo en un sólo país no tenía sentido, Lenin escribió:

¿Y si la completa desesperanza de la situación, al multiplicar los esfuerzos de los trabajadores y campesinos, nos ofrece la oportunidad de crear los requisitos fundamentales de la civilización de manera diferente a la de los países de Europa occidental?

¿No fue ésta la prédica del gobierno de Morales en Bolivia, del gobierno de Chávez en Venezuela, del gobierno maoísta en Nepal? Llegaron al poder por medio de elecciones "limpias", no a través de la insurrección. Pero una vez allí, usaron su poder de una manera "no estatal", al menos parcialmente: movilizando directamente a sus militantes, evitando la red representativa del sistema de partidos. Su situación es una causa "objetivamente" perdida: básicamente, todo el rumbo de la historia está en contra suya, no pueden apoyarse en ninguna "tendencia objetiva" empujando a su favor, todo lo que pueden hacer es improvisar, hacer lo que pueden en una situación desesperada. Así y todo, ¿no les da esto una libertad única? ¿No estamos —la izquierda hoy— todos en la misma situación?

Nuestra situación es la opuesta a la del clásico escenario de principios del siglo XX, en la que la izquierda sabía lo que debía hacer (establecer la dictadura del proletariado), pero debía esperar pacientemente su momento de ejecución. Hoy no sabemos lo que debemos hacer, pero debemos hacerlo ya, porque las consecuencias de la inacción podrían ser desastrosas. Estaremos obligados a vivir "como si fuésemos libres". Debemos arriesgar y tomar medidas en el abismo, en situaciones totalmente inapropiadas; debemos reinventar aspectos de lo nuevo, sólo para poder mantener funcionando el engranaje y mantener lo bueno de lo viejo —educación, sistema de salud, servicios sociales básicos. En resumen, nuestra situación es como aquello que Stalin dijo de la bomba atómica: no apta para cardíacos. O como dijo Gramsci, caracterizando la época que comenzó con la Primera Guerra Mundial, "el viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos".

Traducción: Federico Poore