Obama kills Osama: Nada nuevo bajo el sol lunes, 2 de mayo de 2011




















Semanas después del inicio de los bombardeos sobre Afganistán, Estados Unidos no había capturado a Ben Laden ni a sus cómplices. La Alianza del Norte no había desatado una ofensiva significativa. El régimen de Kabul no había caído. ¿Una simple postergación? Como todas las informaciones están censuradas, resulta difícil evaluarlo. Pero se sabe que los bombardeos provocan cada vez más víctimas civiles, generando una radicalización de las poblaciones musulmanas. (...)

Ben Laden había sido identificado como el inspirador del fallido atentado de 1993 contra el World Trade Center, al igual que de los cometidos en 1998 contra las embajadas estadounidenses en Nairobi y en Dar es-Salam. A falta de pruebas formales, muchos indicios coincidían para responsabilizarlo de los hechos del 11 de septiembre. Desde hacía tiempo se procuraba ubicar sus posiciones en Afganistán y también neutralizar su capacidad financiera. Además, durante un conflicto conviene “personalizar” al enemigo, aun a sabiendas de que Al-Qaeda cuenta con una dirección colegiada. En cuanto al régimen talibán, su impopularidad universal generaba el deseo casi unánime de su derrocamiento. Por último, el territorio afgano, que ya era escenario de la sublevación armada de la Alianza del Norte, quedaría estratégicamente aislado si se garantizaba la neutralidad o el apoyo de sus vecinos. De esta manera, parecían estar reunidas las condiciones políticas y militares para la victoria, a la vez que descartado el peligro de un empantanamiento.

Sobre esa base, el presidente Bush, apoyado por el vicepresidente Dick Cheney, adoptó las medidas que el secretario de Estado Powell puso en marcha. (...)El futuro dependerá de los resultados obtenidos por esa estrategia, que en primer lugar podría salirse de cauce en Afganistán si la instauración de un nuevo régimen se demorara demasiado. Cada día aumentan los bombardeos contra un país que, sin embargo, presenta muy pocos objetivos militares. Es que el objetivo es político: “Si se quiere formar un nuevo poder y por lo tanto debilitar el de los talibán, no hay que aflojar la presión ni un solo día”, afirma Washington.

Pero aunque Washington tenga éxito en su operación en Afganistán, seguramente su guerra no terminará allí. Así lo anunció ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas: “Podríamos llegar a la conclusión de que nuestra autodefensa necesita de una acción extra dirigida contra otras organizaciones o Estados”. (...)

Ya sea al Este del Golfo –en Afganistán y en Pakistán– o al Oeste –en Arabia Saudita y Yemen– o quizás incluso al Norte –en Irak– Estados Unidos se propone recuperar el control sobre los Estados que escapan a su influencia, aunque sea parcialmente, y eliminar todas las fuerzas políticas y sociales susceptibles de oponerse a sus intereses por medio de la violencia. Tal es la “guerra” que decidió librar. Por racionales y calculadas que sean hoy sus opciones estratégicas, los determinantes serán los azares de ese combate. ¿Acaso Washington no admitió por adelantado que la batalla sería larga? Aunque solo prevé victorias, Estados Unidos se lanza a una aventura cuyo horizonte nadie puede vislumbrar.

Paul-Marie De La Gorce, "La guerra de Washington" en Le Monde Diplomatique, Ed. Cono Sur, N° 29, Noviembre 2001

1 comentarios:

Victor dijo...

La muerte más estética del universo, lo que me da bronca es q ahora el yankie cree que puede dormir tranquilo.