La obra de arte y la relación con su público sábado, 16 de junio de 2007

A propósito de las "grandes obras" y la creación artística moderna



No podemos hablar de “una cultura” estable e inmodificable: las culturas son mortales y las sociedades, alterables. Teniendo esto en cuenta, podemos constatar que actualmente asistimos a una disminución de la creatividad y la fuerza innovadora en el campo del arte.

Cornelius Castoriadis observa cómo “el periodismo contemporáneo inventa cada trimestre un nuevo genio y una nueva ‘evolución’ en tal o cual campo. Son esfuerzos comerciales eficaces para hacer girar la industria cultural, pero incapaces de disfrazar el hecho flagrante: la cultura contemporánea es, en una primera aproximación, nula.”1

Continúa Castoriadis: “De 1400 a 1925, en un universo infinitamente menos poblado y mucho menos ‘civilizado’ y ‘alfabetizado’ que el nuestro…, se encontrará sólo un genio de primera magnitud por cada decenio. Y he aquí, después de cerca de cincuenta años, un universo de tres o cuatro mil millones de humanos, con una facilidad de acceso sin precedente a lo que, aparentemente, habría podido fecundar e instrumentar las disposiciones naturales de los individuos –prensa, libros, radio, televisión– que no ha producido sino un número ínfimo de obras que, de aquí a cincuenta años, se considerasen como maestras.”2

“Que las obras plásticas, teatrales y cinematográficas sean cada vez más collages de citas de obras pasadas no se explica sólo por ciertos principios posmodernos. Es también porque las artes contemporáneas ya no generan tendencias, grandes figuras ni sorpresas estilísticas como en la primera mitad del siglo”, dirá Néstor García Canclini.3

Castoriadis sostiene que actualmente estamos asistiendo a un nuevo tipo de sociedad, en donde hay algo que muere y algo que nace.

Lo que está por morir –o, al menos, puesto fuertemente en duda– es la cultura occidental tal cual la conocemos. En otras palabras, la cultura capitalista, griego-occidental "como conjunto de normas y de valores, como forma de socialización y de vida cultural, como tipo histórico-social de los individuos, como significado de la relación de la colectividad consigo misma, con aquellos que la componen con el tiempo y con sus propias obras."4

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Lo que hoy consideramos grandes obras no hubiesen sido tales sin grandes públicos. Cuando el arte es genuino, su público no asiste: participa. Castoriadis considera que una obra de arte es genuina cuando se relaciona con los valores de su sociedad y los inviste positivamente. En otras palabras: cuando la obra participa del “espíritu de época”.

En las expresiones artísticas legítimas, el arte y la vida se encuentran integrados, pudiendo hablar incluso de verdaderos climas culturales, como los que se daban en la demos griega y en el teatro victoriano.

"Todas las grandes obras que conocemos han sido creadas en una relación ‘positiva’ con valores 'positivos'. (…) Desde la Ilíada hasta El Castillo, pasando por Macbeth, el Réquiem o Tristán, la obra conserva esa relación extraña, más que paradójica, con los valores de la sociedad: los afirma al mismo tiempo que los pone en duda y los revoca."5

La obra genuina, entonces, es aquella que presenta a una comunidad dándose a conocer frente a sí misma. Aquella que entre en comunión con su público, y en donde el conjunto de la sociedad sepa de qué se trata, de qué habla. El elemento integrador de todas estas dimensiones es lo que Castoriadis llama la paideia, un término griego que el autor recupera para referir a esta idea integradora del arte. Y es que a Castoriadis se interesa por el sentido que esta integración da a sus miembros. Los individuos en una sociedad hacen suyos los valores en la medida en que participan en la construcción de éstos.

Jürgen Habermas afirma: “El arte burgués despertaba, al mismo tiempo, dos expectativas en su público. Por un lado, el lego que gozaba con el arte debía educarse hasta convertirse en un especialista. Por el otro, también debía comportarse como un consumidor competente que utiliza el arte y vincula sus experiencias estéticas a los problemas de su propia vida.”6

Una experiencia estética que no ha sido enmarcada por juicios críticos especializados, puede ver alterada su significación. “En la medida en que esta experiencia es utilizada para iluminar una situación de vida y se relaciona con sus problemas, entra en un juego de lenguaje que ya no es el del crítico. Así, la experiencia estética no sólo renueva la interpretación de las necesidades a cuya luz percibimos el mundo, sino que penetra todas nuestras significaciones cognitivas y nuestras esperanzas normativas cambiando el modo en que todos estos momentos se refieren entre sí”.7

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Sin embargo, hay algo que muere en los tiempos de la modernidad capitalista. ¿Qué es lo que muere? Ante todo, “el humus de los valores donde la obra de la cultura puede crecer”, es decir, las condiciones que favorecen un tipo de sociedad que Castoriadis llamará autónoma, libre: no enajenada. Hoy asistimos hoy asistimos a un momento histórico en donde los individuos toman valores ajenos a ellos, que son presentados como deseables para el conjunto de la sociedad.

Y es que, como se pregunta Castoriadis: ¿cómo puede existir la creación de obras en una sociedad que no cree en nada y que no valora nada verdadera e incondicionalmente?

“El choque que provoca la obra es despertar. Su intensidad y su grandeza son indisociables de una conmoción, de una vacilación del sentido establecido. Conmoción y vacilación que sólo pueden darse si los valores valen fuertemente y así se consideran. El absurdo último de nuestro destino y nuestros esfuerzos, la ceguera de nuestra clarividencia, no destruían sino ‘educaban’ al público de Edipo rey o de Hamlet –y a aquellos de nosotros que, por singularidad, afinidad o educación, continuamos formando parte de éste– porque era un público que vivía en un mundo donde la vida era al mismo tiempo fuertemente investida y valorizada. Este mismo absurdo, tema preferido por lo mejor de la literatura y del teatro contemporáneo, no puede tener el mismo significado, ni su revelación tomar valor de conmoción, simplemente porque ya no es realmente absurdo, ya no hay ningún polo de no-absurdo al cual pudiera oponerse para revelarse fuertemente como absurdo. Es lo negro pintado sobre lo negro. De sus formas menos refinadas a éstas, desde Muerte de un viajante hasta Fin de partida, la literatura contemporánea no hace más que decir, más o menos intensamente, lo que vivimos cotidianamente.”8

En la sociedad moderna muere la relación esencial de la obra, y del autor, con su público.

El capitalismo –el sistema económico de la modernidad– aprovecha el arte con el propósito de obtener una ganancia económica, es decir, utiliza al arte como un vehículo para cumplir con una serie de intenciones previas que tienen al lucro como principal objetivo. Y cuando el arte es producto, se convierte en el transmisor de valores que son, según Castoriadis, “incompatibles” o “contrarios” a la construcción de una sociedad autónoma.

Dirá Néstor García Canclini: “La internacionalización del mercado artístico está cada vez más asociada a la transnacionalización y concentración general del capital. La autonomía de los campos culturales no se disuelve en las leyes globales del capitalismo, pero sí se subordina a ella con lazos inéditos.”

“En el cine, los discos, la radio, la televisión y el video las relaciones entre artistas, intermediarios y público implican una estética lejana de la que sostuvo a las bellas artes: los artistas no conocen al público, ni pueden recibir directamente su juicio sobre las obras; los empresarios adquieren un papel más decisivo que cualquier otro mediador estéticamente especializado (crítico, historiador del arte) y toman decisiones claves sobre lo que debe o no debe producirse y comunicarse; las posiciones de estos intermediarios privilegiados se adoptan dando el mayor peso al beneficio económico y subordinando los valores estéticos a lo que ellos interpretan como tendencias del mercado; la información para tomar estas decisiones se obtiene cada vez menos a través de relaciones personalizadas y más por los procedimientos electrónicos de sondeo de mercado y contabilización del rating; la estandarización de los formatos y los cambios permitidos se hacen de acuerdo con la dinámica mercantil del sistema, con lo que a éste le resulta manejable o redituable y no por elecciones independientes de los artistas.”9

En el momento histórico actual estamos frente a un panorama cultural chato, el cual no abona la construcción de una cultura trascendental. Resulta difícil encontrarnos con obras que resulten autorreferenciales para el conjunto de la sociedad, que entren en genuina comunión con amplios públicos.

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Estamos asistiendo a un nuevo tipo de sociedad. La transformación que le siga podrá ser enajenante (con fuertes mecanismos de reproducción y sujetos desapropiados de sí mismos), o bien autónoma y libre –es decir, aquella en la que el ciudadano participe críticamente de la conformación de la sociedad y, en última instancia, también de sí mismo.

Hacia este segundo objetivo apuesta Castoriadis al señalar que en el momento actual también hay algo que nace, algo que está naciendo desde hace más de dos siglos. Y es el proyecto de una nueva sociedad, “el proyecto de autonomía social e individual”. Un proyecto que nace “difícil, fragmentaria y contradictoriamente”, pero que a pesar de sus desvíos debe plantearse nuevamente: un planteo que signifique creación política en su sentido más amplio y que proponga “los presupuestos culturales de una transformación radical de la sociedad.”10

El arte, aún después de perdida su aura, todavía puede ser percibido de manera iluminadora. Y es que el proyecto de la modernidad todavía no se ha desarrollado, si lo entendemos –en el campo artístico– como aquel proyecto que intente “volver a vincular diferenciadamente a la cultura moderna con la práctica cotidiana”.11



1. Castoriadis, Cornelius. “Transformación social y creación cultural” en revista Punto de vista N° 32, Buenos Aires, 1988
2. Ibíd.
3. García Canclini, Néstor. Culturas híbridas, Ed. Grijalbo, México, 1989
4. Castoriadis, Cornelius. Op. Cit.
5. Ibíd.
6. Habermas, Jürgen. "Modernidad: un proyecto incompleto" en Casullo, Nicolás. El Debate Modernidad-Posmodernidad, Ed. El Cielo por Asalto, Buenos Aires, 1995
7. Ibíd.
8. Castoriadis, Cornelius. Op. Cit.
9. García Canclini, Néstor. Op. Cit.
10. Castoriadis, Cornelius. Op. Cit.
11. Habermas, Jürgen. Op. Cit.

2 comentarios:

grupo de estudios psicoanalíticos dijo...

Por fin una buena presentación crítica de la crisis del arte, como parte de la crisis de occidente. Justamente el vigor renovador del pensamiento de Castoriadis nos abre camino cuando uno se pregunta en este mundo en que vivimos ¿Qué voy a escribir? o ¿Qué voy a pintar? ¿Algo que se venda o algo que tenga que ver conmigo mismo y con la cultura en la que vivo?
Enhorabuena.

Fede dijo...

Se agradece el comentario. A propósito de la crisis del arte también recomiendo "El arte se repliega en sí mismo" de Peter Sloterdijk, disponible acá.