Madero Este: otro país martes, 17 de julio de 2007

Tan lejos, tan cerca
por Leonardo Torresi
Revista Viva, 15-07-2007



Blanca la camiseta, el pantalón de corderoy, todo blanco en la oficina, Alan Faena, sombrero blanco, se desparrama en su sillón, todo lo largo que es, y en el mismo movimiento, resopla:

– Voy poco a Buenos Aires.

Y sonríe con picardía; aunque invite a abrir la puerta para escuchar a los pajaritos, y a fijar la atención en el palo borracho que plantó en su jardín. El hombre celebra el paisaje como si estuviéramos ante a los Everglades de Florida, aunque es evidente que estamosen Buenos Aires: si ahí nomás vemos la Casa Rosada, y hacia la izquierda el edificio de la CGT, y casi de frente la Aduana; y más allá, no tan lejos, el contorno del edificio Alas, espinado de antenas.

Faena va poco a ese Buenos Aires que vemos con él desde su jardín con sus contornos acentuados por el contraluz. Mientras –nos dice– se ocupa de alumbrar otro Buenos Aires, uno nuevo, en esta franja entre los diques y la reserva ecológica. Puerto Madero Este. El llamado Art District es el enclave aparte dentro del barrio aparte donde proyecta compartir, con quien pueda pagarlo, su aventura espiritual. "Es la joyita de la zona", se ufana. "Es –se le ocurre rápido, como si ya se le hubiera ocurrido muchas otras veces– un principado."

- ¿Y usted vendría a ser el príncipe?
- Te agradezco...

En términos formales de nuestra República, Faena es hoy uno de los 7.000 vecinos de una zona de la ciudad que pocos más transitan, aunque esté tan cerca de todo. Gastada postal de los albores menemistas, declamado "modelo de reurbanización exitosa", desde el bullicio gastronómico de los docks reciclados, el dinero fuerte cruzó los diques y erigió una ciudad nueva donde el barro se sublevaba entre pastizales. En el principio fueron oficinas, pero los vaivenes económicos volcaron los desarrollos hacia los hoteles y las viviendas. Ya instalados, se convirtieron en vecinos muy muy del barrio, que pasan semanas enteras sin salir, al resguardo en un micromundo custodiado: una isla como "sin usar" que invita a recorrerla prevenido como frente a un chiche tecnológico recién sacado de la caja; un barrio con pocos chicos y muchos perritos minúsculos; sin una sola escuela; y un puñado de edificios donde el metro cuadrado promedia los 3.000 dólares.

Por reglamentación, sus calles sólo pueden llevar nombres de mujeres. Pero el barrio se llama como un hombre, el comerciante Eduardo Madero (quien le ganó la compulsa al ingeniero Luis Huergo para construir el puerto, con un proyector que pronto resultó poco funcional). El resto de la historia es más conocida: empezaron los rellenos, nació la Reserva Ecológica y en 1989 se creó la Corporación Antiguo Puerto Madero –mitad del Gobierno de la Ciudad, mitad de la Nación–, que desarrolló las 170 hectáreas.

Y aquí estamos, un viernes frío. Son las 16.35 y el viento hace bailar a los plantines de los maceteros de aluminio. Sobre Olga Cossettini al 700, cuadra peatonal, el silencio es intimidante. Podemos imaginar por este lugar a Onofrio Pacenza, aquel artista que pintaba barrios y calles vacías. En este caso la realidad le ahorraría el acto del despojo: en la cuadra no hay nadie.

Transcurrimos la hora dulce, antes conocida como merienda. En uno de los barcitos esperan Vanesa Leibas y Luis Lehman, joven pareja vecina. Vanesa dirige la web local nuevomadero.com; Luis es empresario. Llegaron en 2004 y hace seis meses subieron a un piso 32 de la torre Le Parc. "Este barrio nos gustaba porque era nuevo. Además es seguro, con espacios públicos de calidad y está a cinco minutos de la Plaza de Mayo", dice Vanesa.

El delivery y los drugstores –donde se puede conseguir un paquete de yerba pero nunca un pollo– cubren las necesidades. "Nosotros resolvemos todo con internet. Desde el súper a los artículos de librería. Hay semanas enteras en las que no salimos del barrio."

¡QUE BELLO ES VIVIR!
Hoy reliquias para las fotos, las viejas grúas con cabina de madera trabajaron de verdad en los años de auge del puerto. Pero ahora son otras grúas las que hacen ruido: trabajan en la obra de las Torres de Yacht, o en las esbeltas Mulieris,
del dique 2, o en el Chateau, edificio ancho y afrancesado. Hay una decena de grandes obras en marcha. La tendencia gira hacia los complejos multipropósito –hoteles, viviendas, oficinas y centros comerciales–, que ocuparán el espacio libre del dique 1. Ahí estarán el complejo +5411, que alojará al hotel Conrad, y el Madero Harbour, con diez cines, un supermercado y hasta un helipuerto.

Los desarrolladores aseguran que tanto los que ponen el dinero como los que compran aún son mayoritariamente locales, aunque los extranjeros ya rondan un 30 por ciento. Muchos compran para especular con el aumento de precio: el metro, en promedio, valía 2.400 dólares en 2005; en 2006 subió a los 2.600 y sigue en ascenso. La proporción actual es de un 60 por ciento de inversionistas contra un 40 de quienes compran para quedarse.

Rodrigo Fernández Prieto, treintañero e hiperactivo, es motor de Intelligent, empresa inmobiliaria. "Vendimos un edificio entero en dos semanas. Sacaban número para comprar departamentos", cuenta. Se le ilumina el gesto cuando habla sobre su proyecto en el dique 1, el complejo Zencity: "Los amenities van a estar al nivel de un hotel de Las Vegas. Va a tener departamentos con piletas privadas y un parque privado con vegetación exótica y hasta cataratas", detalla.

Como operador inmobiliario, conoce bien el perfil de los habitantes: "Lo más común son las personas de entre 40 y 60 años. Matrimonios sin hijos, o que tienen hijos que ya se fueron a vivir solos. Pero de a poco aparecen las familias; la demanda de departamentos grandes es cada vez mayor".

Silvia Bauzá fue la primera vecina de Madero Este. Se mudó de enero de 2001 y es una fan barrio: "Todos los días digo: '¡Qué afortunada que soy!'. Vivir acá una relajación absoluta. Salís a correr o a caminar a las once de la noche y no hay ningún problema... ¡ponés un sanatorio y no salgo más!".

A la altura del dique 2, el terraplén del parque Micaela Bastidas es un obstáculo que se supera subiendo una escalera, pero es una barrera visual al fin. Arriba, césped perfecto, setos de flores maravillosos, mobiliario urbano de máximo diseño y cuidado. Si con su racimo de torres Madero rompió con el horizonte histórico del río –una crítica repetida–, en su interior la contaminación visual es nula. Todo cableado es subterráneo y no hay marquesinas que sobresalgan abunden. Tampoco se consigue bondiolita como la de la Costanera Sur; entonces, Silvia va por ella. Domingo de solazo, antes pasará a buscar a su hijo Alan por la puerta la parroquia de Nuestra Señora la Esperanza, consuelo de los afligidos, que aquí no parecen tantos. La iglesia es un punto de confluencia de clases entre los maderenses los habitantes del asentamiento Rodrigo Bueno, pegadito a los terrenos de la ex Ciudad Deportiva de Boca. "La convivencia es muy buena –pondera el párroco Enrique Eguía–. Hay mujeres del asentamiento que dan catequesis en la parroquia. Y en el último autismo había un chiquito de un piso 35 de una torre y dos chiquitos paraguayos del asentamiento."

En Madero, la gente que llega todos los días para trabajar cuadruplica a la que vive. La Corporación calcula que hacia 2010 la población comercial superará las 45.000 personas y los habitantes fijos serán 17.000. La cantidad de dinero invertido en las obras necesarias para alojarlos no siempre se derrama sobre las condiciones de trabajo: hace dos semanas, el Ministerio de Trabajo suspendió la construcción de una torre porque los obreros trabajaban sin la debida protección antiderrumbes.

Silvia nos acerca la impresión de un pariente que ve en Madero "una mezcla de Boston, por los edificios con ladrillitos rojos, con Miami, por el agua". Otros hablan de una Manhattan argentina. "Diría que por momentos es la Manhattan del subdesarrollo", irrumpe Mirta Fernández, vicepresidenta de la Asociación de Vecinos de Puerto Madero. Pero ¿cuáles pueden ser los problemas en un lugar como éste? Uno es el tránsito en los puentes, que en las horas pico colapsan. "Y además, somos la playa de estacionamiento gratuito del microcentro", se queja la abogada, que fue de las primeras en habitar los docks y ya va por su tercer hogar en Madero. Su departamento, dice, queda enfrente de su estudio.

"A ver –repasa Federico Reynot, socio y dueño de la peluquería Style Lab–... para mí un arquetipo en Madero es un señor de 60 que se cree joven. Que viene con el MiniCooper y entra con el iPod". Un perfume a vainilla inunda este local con butacas blancas como burbujas. Fede vive en el Madero Plaza y su mujer francesa es una de las vecinas extranjeras e este puerto rico. También francés es el director artístico de la pelu. "A veces –amplía – vienen tipos y afuera se quedan dos guardaespaldas. Mejor no preguntar." Tipo viajado, nos deja su sentencia que otros abrigarán: "Hoy la postal de Buenos Aires es Puerto Madero. Afuera, el Puente de la Mujer ya reemplazó al Obelisco."

Y si en Madero unos cuantos caminos conducen a Faena, aquí hacemos ingreso alArt District, con puntual escala en el Faena Hotel+Universe, su nave insignia. Gótico el gran corredor que llama La Catedral; desopilante el bistró tapizado de seda, con dos filas de unicornios en las paredes: "Llegué antes que nadie y fui haciendo un barrio donde sus habitantes pueden ser felices". Su gran misión ahora es el El Aleph, un complejo multifunción diseñado por el famoso arquitecto inglés Sir Norman Foster.

LA JOYERIA DE BUENOS AIRES
En un barrio que se jacta de tener fuerza de seguridad exclusiva. Sus agentes operan con el llamado Sistema Integral de eguridad (SIS). "Siempre hay cien hombres y 5 patrulleros en la calle", explica René Reibel, jefe en la zona. La otra pata de la seguridad es el sistema de cámaras inalámbricas que vigilan calles y parques, con un monitoreo permanente a cargo de la Prefectura. "No hay que relajarse. Puerto Madero es la joyería de Buenos Aires y cada bolso es una notebook", ilustra Leonardo Toiberman, el gerente de New Tech Security, la empresa que aporta la tecnología y sostiene el servicio con lo que pagan los vecinos y las empresas de la zona.

Por si esto fuera poco, en breve el barrio será provisto con botones de pánico que cualquier vecino podrá presionar ante el menor susto. Un operador trilingüe le rogará calma y le pedirá información a través de un parlantito.

"Siento una gran libertad. Lo siento muy mío a este barrio", se alegra el hijo de la primera vecina. Alan estudia relaciones internacionales en la sede de la UCA en los docks, así que todo queda en casa: "¿Qué más puedo pedir? ¡Abren un shopping y no salgo más!".

1 comentarios:

Martín dijo...

Ay pero q envidia! ......not

Orwelliano mal