Apuntes para un reincidente o La visita al peluquero viernes, 11 de noviembre de 2005

El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Y que se corta dos veces en el mismo mal lugar.

Mejor malo conocido que bueno por conocer. Así es el lema, ampliamente corroborado en las pocas ocasiones en las que el pelilargo concurre a peluquerías más destacadas (que le cobran el tripe por hacer un corte exactamente igual de malo).

El hombre con cabello largo y desalineado que necesita urgente un corte de pelo (en adelante "La Víctima") evita todas las ocasiones que se le presentan para asistir al peluquero. Sin embargo, tarde o temprano llega el momento en que la porra se hace insostenible y La Víctima comienza a pensar que un flequillo que llega hasta la base de nariz solo queda bien en caso de ser alguno de los bateristas de los Ramones. Como casi nunca es el caso, es hora de ir al peluquero de barrio que tan mal corta pero que tan barato cobra (en adelante "El Verdugo").

Apenas entra a la peluquería, La Víctima se ilusiona con la posibilidad de transmitirle el corte ideal que tiene pensado. Pero es una mera ilusión, ya que La Víctima nunca viene con un corte ideal pensado (y aunque lo tuviera en mente, El Verdugo jamás comprendería).

Los primeros cortes son una pequeña alegría. El pelo que se va podando es realmente necesario eliminarlo, y de a poco la cabeza va perdiendo peso a medida que kilos de quincho se desarman y caen al piso. Muchos se ilusionan con que esta vez, sí, se viene el corte ideal, justo, adecuado.

Pero siempre se olvidan del flequillo.

El flequillo es el punto débil de los pelos lacios. No hay nada más fácil de que se te vaya la mano como los pelos que están ahí en el frente. El tipo siempre viene mesurado, tranquilo, medido con todo... hasta que cae al flequillo. Dos tijeretazos del Verdugo sentencian el estado capilar de los próximos meses. ¿Cómo hacen los tipos para guadañar tanto con un simple movimiento? Gajes del oficio: sólo los más expertos del gremio de los peluqueros conocen la respuesta.

Pasada la sesión de tortura capilar, uno se mira al espejo con una sonrisa amarga y miente un "sí, quedó bien", y procede a retirarse antes de que sea demasiado tarde. Paga (enorme injusticia) y se va, con la cabeza baja, mientras piensa en las burlas que va a ligarse en el laburo y en el grupo de amigos. Despacio, comienza a caminar hacia la comisaría más cercana, en donde se presenta como un juez local y pide orden de captura para su verdugo.

A los cinco meses olvide el incidente y vuelve a la misma peluquería.

1 comentarios:

martin dijo...

crónica de una muerte anunciada