Reseña: La Doctrina del Shock, de Naomi Klein viernes, 25 de enero de 2008


La doctrina del shock: el auge del capitalismo del desastre
Naomi Klein
Ed. Paidós, 2007


Lo único libre son los precios. En nuestras tierras, Adam Smith necesita a Mussolini. Libertad de inversiones, libertad de precios, libertad de cambios: cuando más libres andan los negocios, más presa está la gente. La prosperidad de pocos maldice a todos los demás. ¿Quién conoce una riqueza que sea inocente? En tiempos de crisis, ¿no se vuelven conservadores los liberales, y fascistas los conservadores? ¿Al servicio de quienes cumplen su tarea los asesinos de personas y países?
Orlando Letelier escribió en The Nation que la economía no es neutral ni los técnicos tampoco. Dos semanas después, Letelier voló en pedazos en una calle de Washington. Las teorías de Milton Friedman implican para él el Premio Nobel; para los chilenos, implican a Pinochet.
Un ministro de economía declaraba en el Uruguay: “La desigualdad en la distribución de la renta es la que genera el ahorro”. Al mismo tiempo, confesaba que le horrorizaban las torturas. ¿Cómo salvar esa desigualdad si no es a golpes de picana eléctrica?



Eduardo Galeano, Días y noches de amor y guerra



Only a crisis –actual or perceived– produces real change.

Milton Friedman, Capitalism and freedom



La historia oficial dice que el triunfo del capitalismo desregulado nació de la libertad, y que los mercados libres irrestrictos van de la mano con la democracia. En La Doctrina del Shock, la periodista canadiense Naomi Klein desmonta este discurso y propone otra lectura. El sistema capitalista -sostiene- se aprovecha de las crisis para imponerse, utilizando indiscriminadamente todas las formas conocidas de coerción.

En este trabajo, la autora de No Logo describe uno por uno los “triunfos” del libre mercado de los últimos treinta años y las situaciones en donde se dieron: golpes militares, hiperinflaciones, desastres naturales, ataques terroristas... y en el medio, un grupo de economistas ortodoxos que aplica una receta de shock económico: despidos, recortes en educación y salud --una batería de medidas tan antipopulares que resulta imposible concebirlas si no es en medio de un escenario caótico.

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Milton Friedman, el principal ideólogo del capitalismo de libre mercado, fundó su movimiento a mediados del siglo XX, un momento en donde el keynesianismo dominaba la escena y que Klein intenta describir. Pero aquí, ni bien comenzado, se encuentra la principal flaqueza del libro: una pintura parcial, ingenua sobre el momento keynesiano. La autora sostiene que, gracias a los regímenes desarrollistas, “el Cono Sur empezó a parecerse más a Europa y Norteamérica que el resto de Latinoamérica y otras partes del Tercer Mundo.” Y agrega:

El desarrollismo fue tan sorprendentemente exitoso en su época que el Cono Sur de Latinoamérica se convirtió en un potente símbolo para los países pobres de todo el mundo: aquí existía la prueba de que con políticas inteligentes y prácticas, implementadas valientemente, la brecha entre el Primer y el Tercer Mundo podía ser cerrada efectivamente.

Esto es una falacia. Es más: como sostiene Walden Bello, “si los neoliberales pudieron llegar desde el páramo del que procedían y quedarse fue porque fueron percibidos como representantes de una alternativa, aunque aún no probada, a unos sistemas económicos en crisis.” Klein omite referirse a la crisis de superproducción de los países desarrollados que desembocó en la crisis del petróleo de 1973, casualmente al año en donde comienza el programa neoliberal. (1)

De cualquier manera, a partir de allí el libro va bien encarrillado. Decíamos: 1973. En aquel momento Friedman tuvo su primera oportunidad en Latinoamérica: la dictadura chilena. Actuando como asesor económico de Pinochet, hizo lo que haría más tarde con tantos otros países: "esperar a que se produjera una crisis de primer orden o estado de shock, y luego vender al mejor postor los pedazos de la red estatal a los agentes privados mientras los ciudadanos aún se recuperaban del trauma, para rápidamente lograr que las 'reformas' fueran permanentes", como describe Klein. ¿Las reformas en Chile? El gasto en salud se recortó al 50%, fueron privatizadas quinientas empresas y bancos estatales, se perdieron 177 mil puestos de trabajo. Su experimento de libre mercado fue tan brutal que incluso el periódico liberal The Economist lo calificó como “una orgía de automutilación”.

La mejor manera de entender el movimiento que Milton Friedman, dice Klein

es concibiéndolo como una ofensiva del capital multinacional destinada a reconquistar la "frontera" colonial, aunque imprimiéndole un nuevo giro. En lugar de hacer campaña por las "naciones salvajes y bárbaras" de las que hablaba Adam Smith y en las que no imperaba la ley occidental (una opción que ya no resultaba practicable en los años setenta del siglo XX), el nuevo movimiento se fijó como propósito el desmantelamiento sistemático de las leyes y las regulaciones existentes para recrear esa alegalidad anteriores. Y allí donde los colonos de Smith obtenían su lucrativa rentabilidad de la apropiación de "terrenos baldíos" a cambio de "una insignificancia", las multinacionales actuales consideran territorio a conquistas y del que apropiarse toda una serie de programas estatales, activos públicos y bienes y servicios que no estén todavía en venta: los servicios postales, los parques nacionales, las escuelas, la seguridad social, la ayuda para los damnificados en los desastres y cualquier otro ámbito que pueda estar administrado públicamente.

Cada capítulo de su libro prueba su tesis en los distintos escenarios en donde avanzó la privatización neoliberal. En Argentina (2), Chile y Uruguay, luego de golpes que lideraron militares asesorados por los Chicago Boys. En Bolivia y Sudáfrica, por gobiernos elegidos democráticamente pero que recurrieron a medidas de emergencia como el estado de sitio, el arresto y el aislamiento de líderes sindicales. En Estados Unidos, con un Reagan inicialmente favorable al control de precios pero comenzando con medidas neoliberales luego de un explosivo combo de desempleo, inflación y recesión (3). En Gran Bretaña, donde Thatcher aprovecha la guerra de Malvinas para elevar su popularidad del 25% al 59% y comenzar a desmantelar el estado inglés.

El caso de Europa del Este es aún más interesante. Allí, no alcanzó con el impacto provocado con la caída del sistema comunista. Los líderes surgidos de aquellos años turbulentos querían una economía socialista democrática (el sindicato Solidaridad en Polonia) o incluso una economía mixta de tipo escandinavo (Gorbachov en Rusia), pero los think tanks occidentales creyeron necesario ir aún más allá: querían derrumbar lo que ellos llamaban “el Segundo Muro de Berlín”, es decir, los elementos estatales aún remanentes para implantar así una economía de mercado sin restricciones.

Ahí radicó la verdadera tragedia de la promesa hecha a los polacos y a los rusos: el hacerles creer que si seguían la terapia de shock, se despertarían pronto en un "país europeo normal". Esos países europeos normales (con sus sólidos sistemas de protección social y laboral, sus potentes sindicatos y su sanidad socializada) surgieron, precisamente, del compromiso entre comunismo y capitalismo. Cuando la necesidad de llegar a un compromiso desapareció, todas esas políticas sociales moderadoras se vieron sometidas a un auténtico asedio...

Los resultados están a la vista: en ocho años, Rusia hundió en la absoluta pobreza a 75 millones de personas. Al mismo tiempo, creó algunos de los empresarios más ricos del mundo.

Drásticas decisiones económicas que hubiesen llevado años de intenso debate (recordemos: se trata de echar a millones de personas, eliminar jubilaciones, privatizaciones escandalosas, otorgar jugosos contratos a multinacionales) aquí se imponen sin más. Klein sabe cuál es el común denominador: “La crisis son, en cierto sentido, zonas 'ademocráticas', paréntesis en la actividad política habitual dentro de los que parece no ser necesario el disentimiento ni el consenso.”

A pesar de lo intrincado de su tesis, la autora se aleja de las teorías conspirativas. Jamás habla de un grupo minúsculo de personajes diabólicos con planes secretos, sino que refiere a una compleja red de sectores empresarios, organizaciones tecnocráticas, políticos débiles o fácilmente corrompibles y un modelo que fomenta el corporativismo y el ascenso individual. Como afirma Klein, la economía neoliberal

parece ser especialmente susceptible de desembocar en procesos de corrupción. En cuanto se acepta que el lucro y la codicia practicados en masa generan los mayores beneficios posibles para cualquier sociedad, no existe prácticamente ningún acto de enriquecimiento personal que no pueda justificarse como contribución al gran caldero creativo del capitalismo porque supuestamente genera riqueza y espolea el crecimiento económico (aunque sea sólo el de la propia persona y sus colegas más próximos). (3)

Klein concluye: “Lo que se busca precisamente con la terapia de shock es abrir una oportunidad para la obtención inmediata de enormes y lucrativos beneficios, pero no a pesar de las ilegalidades, sino, justamente, gracias a ellas.”

Este descenso a los infiernos tiene su capítulo final levemente optimista. Para la autora, hay salida.

Cualquier estrategia basada en la explotación de la ventana de oportunidad que surge a raíz de un shock traumático descansa en gran medida en el elemento sorpresa. Un estado de shock, por definición, es un momento en el que se produce una pausa entre acontecimientos que se están sucediendo a gran velocidad y la información existente acerca de ellos. Jean Baudrillard describió los actos terroristas como un "exceso de realidad": en ese sentido, en Norteamérica, los atentados del 11 de septiembre fueron al principio un acontecimiento en estado puro, realidad rabiosa, aún no procesada por la historia, la narrativa o cualquier cosa que pudiera recortar la distancia entre realidad y entendimiento. Sin una historia, somos intensamente vulnerables frente a aquellos dispuestos a aprovecharse del caos para su propio beneficio: muchos de nosotros fuimos vulnerables después de aquel 11 de septiembre. Tan pronto como disponemos de una nueva historia, una nueva forma de entender la realidad... recuperamos nuestro sentido de la orientación y el mundo vuelve a ser comprensible.

Y si bien su esperanza está depositada en factores tan heterogéneos como los sindicatos democráticos, los movimientos antiglobalización e incluso los líderes de centroizquierda opuestos al Consenso de Washington... está claro que el propósito del libro es ser, precisamente, la narrativa que vuelva inteligible los últimos treinta años de historia económica. Y he aquí su mayor triunfo.




Lectura suplementaria:

  • Los Felices 90, Joseph Stiglitz, Ed. Alfaguara, 2003. Reseña.
  • Enemigos: Argentina y el FMI, Ernesto Tenembaum, Ed. Norma, 2004. Reseña.


(1) Klein también omite referirse a los factores locales como los sectores medios en EEUU y Gran Bretaña para quienes "la experiencia de tener que ver cómo sus salarios y ahorros disminuían a causa de una inflación de dos dígitos hizo a las clases medias receptivas al mensaje friedmanita", según agrega Bello, quien concluye: "En prácticamente todos los casos, el neoliberalismo encontró una clase media que estaba desencantada con el estado keynesiano o de desarrollo, o que se sintió amenazada por la izquierda, o ambas cosas." Link al artículo de Walden Bello.

(2) En Argentina, los militares remataron buena parte del patrimonio nacional, pero no llegaron a desguazar ni a YPF ni al sistema ferroviario. Esto llegaría con Menem, quien consiguió vender las joyas de la abuela a precio de ganga sólo después de una traumática hiperinflación. Menem se refirió al proceso como de "cirugía mayor".

(3) El libro también dedica su buen espacio a medidas neoliberales que se profundizaron luego del 11 de Septiembre, la Guerra en Irak y el huracán Katrina.

(4) Así Klein desmonta lo que denomina "el mito del tecnócrata", el cerebro economista partidario del libre mercado que, supuestamente, impone modelos de manual "por pura convicción teórica": en Chile, en China, en Rusia, en Argentina, la terapia económica de shock y la corrupción galopante fueron de la mano, y varios de los afiliados a la corriente de la Escuela de Chicago terminaron perdiendo sus puestos en escándalos de corrupción del más alto nivel. Lo mismo cuenta para los supuestos "benefactores" como el filántropo George Soros. Soros estaba comprometido con la causa de la "democratización" del bloque oriental, "pero también estaba poniendo en juego sus propios y evidentes intereses económicos cuando apoyaba el tipo concreto de reforma económica que acompañaba a esa democratización. Tratándose del más poderoso comprador y vendedor de divisas del mundo, tenía mucho de lo que beneficiarse cuando los países instauraran monedas convertibles y levantaran los controles sobre la circulación de capitales. Y cuando los compañías estatales fueron eran puestas a subasta, él era uno de los compradores potenciales".

3 comentarios:

Cinzcéu dijo...

"Sin una historia, somos intensamente vulnerables [...] muchos de nosotros fuimos vulnerables después de aquel 11 de septiembre". Con todo respeto, siempre hay una historia y si bien siempre somos vulnerables (hay cosas más allá de la narrativa), la cuestión es qué historia se pone en juego como criterio de lectura. Porque no hay "acontecimiento en estado puro, realidad rabiosa" (excepto como premisa exclusivamente teórica: secundidades según Peirce) sino fenómenos que desencajan la historia política que se pone a jugar en su lectura.
Quien (aún 6 años después) confiara en "los sindicatos democráticos, los movimientos antiglobalización e incluso los líderes de centroizquierda", seguramente la próxima realidad rabiosa lo llevará por delante cual inesperado tren bala (perdón, pero no puedo dejar de asociar con ese personaje de Peter Capusotto y sus videos que canta "algo está por venir" mientras algo se lo lleva puesto). Pero después venderá otro libro.
Muy interesante artículo. Saludos.

Fede dijo...

Es que justamente, mi estimado Cinzcéu, me pareció interesante señalar que sólo uno de los 16 capítulos del libro cierra con algún tipo de "receta" o de "manual de acción". Es de lo más flojo del trabajo, claro, pero no se trata de eso, sino de los otros quince capítulos, en los que Klein pone el acento en los fenómenos económicos, tan dejado de lado una época donde de las dictaduras sólo nos acordamos de las torturas y donde los liberales argentinos dicen que lo que falló en los 90 fue la "corrupción".
La contribución al derrumbe de este mito es, a mi entender, el aporte más valioso del libro.

Juli dijo...

Mi amor, ya publiqué una nueva entrega del "shankin" de las 50 pelis!!